VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

Alandar

La espiritualidad, comprendida como apertura al Espíritu y desarrollo de la propia dimensión espiritual, despierta todo un potencial liberador en las mujeres. Pero, si nos acercamos a la Historia para ver si ha ocurrido así, vemos un movimiento de vaivén: cuando hay un episodio que desencadena un proceso de liberación, surge poco después un movimiento de reclusión de las mujeres, un intento desesperado de varones e instituciones por controlar esa libertad.

Las mujeres creyentes tenemos conciencia de ser libres y, al mismo tiempo, experimentamos que somos prisioneras.

Somos libres porque tenemos conciencia de que “estemos donde estemos, allí está Dios también”. Tal y como afirmaba Madeleine Delbrêl: “Si vas hasta el fin del mundo, encuentras el rostro de Dios; si vas hasta el fondo de ti misma, encuentras al propio Dios”. Esta presencia es fuente inagotable de espiritualidad y liberación.

Cárceles espirituales

Pero, al mismo tiempo, tocamos los barrotes de las cárceles en las que nos han ido encerrando a lo largo de la Historia. Algunas de estas cárceles son:
• Impedir la lectura directa de la Palabra y su interpretación. En su lugar, los varones ponen en boca de Dios los rasgos de identidad de las mujeres. Quienes han vivido o viven la religión como esclavos, con corazón de siervos, necesitan atar, controlar, prohibir, castigar…
• La reclusión física, en el hogar o bajo clausura, para que la cosmovisión llegue censurada y filtrada.
• La censura de la experiencia de Dios. La palabra experiencia significa “atravesar, ir a través de…”. Cuando tenemos una experiencia es como si estuviéramos realizando una travesía en la que adquirimos conocimientos, nos comprendemos nuestro propio ser y comprendemos lo que nos rodea.

Las mujeres han tenido y tienen experiencias religiosas que han sido censuradas, descalificadas y castigadas. Unas veces por defecto y otras por exceso. Por defecto, porque se ha pedido a las mujeres que vivieran la religión “varonilmente”, que “sufrieran virilmente”. Vivir como mujeres era sinónimo de caer en la blandura, no interesaban ni su experiencia ni sus virtudes. Teresa de Jesús se dirigió al Señor, al que consideraba un juez justo “y no como los jueces del mundo, que –como hijos de Adán y, en fin, todos varones– no hay virtud de mujer que no tengan por sospechosa”. Sobran los comentarios.

Por exceso, ya sea en el modo de describir la propia experiencia de Dios –como las beguinas, de quienes hablaremos a continuación–, en el afán de salir a predicar por los caminos, como Catalina de Siena o en el deseo de fundar una congregación religiosa “con patrones masculinos”, como Mary Ward. Pero los excesos han sido severamente castigados con la hoguera, amenazas o la cárcel.

Liberaciones espirituales

Así, a lo largo de la historia, encontramos ejemplos significativos de la unión entre mujer, espiritualidad y liberación. En el Cristianismo, las beguinas (s. XII-XV) hablaron de Dios narrando su experiencia en primera persona. Tuvieron la osadía de servirse de los patrones de la literatura cortés y de los trovadores para hablar de Dios, llegando al corazón de sus oyentes y lectores. Dejaron a un lado el latín, para acercarse al pueblo a través de las lenguas vernáculas y, con paso firme, se adentraron en los caminos vedados de la mística. Varias de ellas, entre los 37 y 43 años de edad, sintieron de cerca la muerte, lo que les impulsó más todavía a reorganizar su vida como mujeres amadas por Dios.

Esta corriente espiritual les llevó a vivir fuera de las instituciones de su tiempo (el hogar y el convento), y fuera de la tutela de los hombres. El pueblo, las reconoció como “maestras espirituales” y se dirigió a ellas para que le guiaran y acompañaran. La Iglesia comenzó reconociendo que estas mujeres, cuando escribían, podían estar inspiradas por la gracia divina y por la caridad, pero no podían habar de Dios en público ni dirigirse a los hombres. Cuando vieron en ellas una amenaza para el orden religioso y social de su época, la máquina de la Inquisición se puso en marcha. Como ejemplo recordaremos que en 1310 fue quemada en la hoguera Margarita Porete. Su libro “El espejo de las almas simples”, no consiguieron hacerlo desaparecer y ha llegado hasta nosotros.

Otro ejemplo lo encontramos en el Judaísmo, religión que, a lo largo de la Historia, ha prohibido a las mujeres que estudiaran la Torá porque se les consideraba incapaces de comprenderla. Se decía “Más vale quemar la Torá que enseñarla a las mujeres”. Sin embargo, una mujer judía, Nejama Leibowitz (1905-1997), ha sido una de las principales profesoras de Torá del siglo XX. Una mujer sabia, que despertó el amor a esos libros sagrados en multitud de personas. Lo más curioso de su pedagogía es que hacía preguntas incisivas y provocadoras. Se acercaba a los textos sagrados no sólo a través de sus profundos conocimientos bíblicos sino a través del estudio literario y psicológico de la Torá. Ella, y otras mujeres judías semejantes, han demostrado lo que ha perdido el Judaísmo al rechazar la interpretación femenina de la Torá durante siglos.

Asimismo, en el Islam, ni velos ni celosías han conseguido apagar “la sed” de mujeres musulmanas que han hundido las raíces de su ser en el Manantial y han sido maestras de espiritualidad, libres y liberadoras. Rabi’a al-’Adawiyya (713?-801) fue una mujer musulmana, sufí, llamada “Corona de los hombres”, por el camino de santidad que recorrió. Se dedicó al ascetismo y gnosticismo del Islam. Fue poetisa y mística. He aquí dos textos que muestran la hondura de su pensamiento y la libertad de su espíritu: “¡Oh Dios mío! Todos los bienes que me has reservado en este mundo, dáselos a tus enemigos, y los que me hayas reservado en el otro mundo dáselos a tus amigos, porque a mí, Tú me bastas.”, “¡Oh mi Señor!, si Te adoro por miedo del Infierno, quémame en el Infierno, y si te adoro por la esperanza del Paraíso, exclúyeme de él, pero si te adoro por Ti mismo no me apartes de Tu belleza eterna”. Pero ¿dónde hunden las raíces de su ser las mujeres musulmanas del siglo XXI que quieran vivir espiritualidad y liberación, estrechamente unidas?

Pasos que liberan

Las grandes religiones muestran caminos para salir de la cárcel y, al mismo tiempo tienen mecanismos para introducir en las más profundas mazmorras. Depende de muchos factores el que nuestro “viaje” sea de entrada o de salida. Salimos “de la cárcel” gracias a:
• La experiencia de ser hijas amadas de Dios, imagen suya, salvadas gratuitamente, sin condiciones. Esta experiencia nos libera del lastre de sentirnos hijas de Eva, impuras, indignas, inferiores, etc.
• La lectura de la Palabra en clave de encuentro, de un encuentro que reestructura toda la vida, personal y comunitaria.
• Las redes de mujeres, que nos vamos dando la mano unas a otras, a través del tiempo, rompiendo fronteras.
• La comprensión y vivencia de la espiritualidad como compromiso con las personas más débiles.

Para terminar traemos las palabras de otra mujer, Tahirih, que luchó por la igualdad de las mujeres en la comunidad baha’i y por ello fue condenada a muerte: “Me podéis matar como queráis, pero no podéis matar la emancipación de las mujeres”. A comienzos del siglo XXI nos pueden seguir negando a las mujeres el presbiterado, la interpretación de la Torá o del Corán. Pero no pueden impedirnos que entrelacemos mujeres, espiritualidad y liberación. No se puede parar esta gran corriente que está presente en las grandes religiones y favorece el hermanamiento de género, el ecumenismo y el diálogo interreligioso. No se pueden poner puertas al mar.

(*) Artículo de Marifé Ramos y Grupo Mujeres y Teología de Madrid

   
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