dic 172016
 

escanear0001Envueltos como estamos en las “redes de la globalización”, cada día nos sorprenden más aquellos acontecimientos y situaciones de la vida  que se escapan a su control y vocación totalizante. La globalización es como un dogma o una  verdad no definida pero impuesta en la práctica; pretende asimilarlo todo,  y convierte, a su vez, en  herejía los comportamientos disidentes que se escapan a su credo oficial.

Lo ocurrido hace unos meses en el Reino Unido con el brexit o la  victoria inesperada de Donald Trump, aunque tienen lecturas diversas, pueden presentarse también como ejemplos heréticos contra esa vocación holística de la globalización. Son consecuencia de esa rebeldía frente a la verdad establecida por el establishment económico, político y mediático, aunque tampoco pueden ocultar intereses mezquinos injertados en lo que pretende ser su proyecto político disidente. Por más que representen el sentir mayoritario entre las minorías organizadas, también hay en ellos encubrimiento y manipulación de la verdad.

Para señalar estas rebeldías se está poniendo de moda en estos días la palabra posverdad. Frente a la opinión teledirigida, considerada moneda en curso pero devaluada, la posverdad quiere abarcar esos fenómenos donde triunfa el sentimiento colectivo de rechazo a lo “ya visto” y donde se apuesta por lo diferente aunque no siempre sea mejor. Y estos comportamientos causan siempre sorpresa. Curiosamente, y en dirección contraria,  en nuestros lares es sorprendente cómo regiones y personas de clase media y baja, castigadas por los recortes del gobierno actual —surgido de  un partido que no acaba de despejar la sospecha de corrupción—, siguen presas de la verdad oficial,  apoyándola contra sus propios intereses. En sentido contrario en el campo religioso y en positivo,  aún perdura la sorpresa del papa Francisco, elegido contra el sentir mayoritario de la jerarquía católica.

De cara a la Navidad, y aunque no nos entusiasme demasiado la palabra posverdad, hay en ella un algo de  rebeldía contra lo ya visto y oído, de vocación holística y de sorpresa que puede acercarnos a la comprensión del  incomparable significado de la primera.  Porque,  más allá de lo que actualmente supone la Navidad como reencuentro familiar y de consumo incontrolado, la Navidad esconde algo que ni la fortaleza de la secularización (que ha venido azotando con dureza a la sociedad española en las últimas décadas) ni la multiplicación de las religiones (fenómeno creciente en nuestros días)  han  podido sofocar. Se trata, en última instancia, de la atrevida intuición del espíritu humano que ha llegado a descubrir, contra toda evidencia lógica, la presencia del Misterio en la fragilidad de la propia carne.

Así de sencillo y lapidario lo refleja Juan en su evangelio: Verbum caro factum est et habitavit in nobis” (el Misterio se hizo carne y habitó en nosotros). Hallazgo éste tan sorprendente y rebelde frente a todas las representaciones anteriores del Misterio que,  antes de ser reducido  a una mera propuesta moral —consecuencia lógica de la que hacen gala las religiones—, supone un plus o ensanchamiento del horizonte antropológico del ser humano. Desde esta rica y revolucionaria intuición, lo inmanente se da la mano con lo transcendente, lo finito con lo infinito. Se derriban así, desde este mito o sueño superior, los límites que había estado levantando una anterior antropología limitada y finalista.

Este sorprendente despliegue que anuncia la Navidad,  fruto expansivo de la dimensión poética que anida en el espíritu humano, es celebrado con gozo, ternura y jovialidad, por multitudes que habitan actualmente el  planeta tierra. Pero, aun para quienes creen y aceptan la belleza de este poema, la Navidad seguirá siendo siempre un desafío y un reto a la propia identidad humana. ¡Feliz Navidad!

   
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