VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

Lupa Protestante

Con Manuel Cerezo vengo manteniendo una relación de amistad desde hace varios años. Nos empezamos a tratar en el seno del Consejo Evangélico de Madrid, a raíz de mi nombramiento como Secretario ejecutivo en el año 2001; él ejercía ya como vocal de la Junta Directiva que me propuso para el cargo. Ambos fuimos muy pronto conscientes de que partíamos de diferentes sensibilidades evangélicas, pero siempre hemos sido capaces de superar las discrepancias que esta realidad pudiera provocar, en un clima de respeto mutuo.
Hubo un momento en el que, con ocasión de formar equipo en la preparación del I Congreso Protestante de Madrid, y con motivo de mi radical empeño en que se denominara “protestante” por razones obvias y algunas otras discrepancias de enfoque, especialmente a la hora de plantear el controvertido tema de la familia, conseguí frenar su dimisión, porque siempre creí que su presencia en el CEM y en el Comité de Congreso era una aportación necesaria y difícilmente sustituible; finalmente consensuamos incluir ambas denominaciones: protestante y evangélico, como dos términos complementarios, y el tema de la familia se ajustó a gusto de todos.

En la actualidad seguimos trabajando juntos, él como Secretario ejecutivo y yo como Presidente del Consejo Evangélico de Madrid. En todo este tiempo quiero dejar constancia de que Manuel Cerezo ha recorrido un largo camino en lo que hemos venido en llamar el ecumenismo evangélico o protestante, habiéndose convertido, por vocación personal y por el respaldo de la Asamblea del CEM, en el defensor de los valores protestantes/evangélicos dentro de la Comunidad de Madrid; defensor y portavoz de la oikoeumene protestante madrileña, expresada con una sola voz, a pesar de la diversidad de manifestaciones eclesiales y matices doctrinales que la caracterizan.

¿Y a cuento de qué traigo a colación este testimonio de índole intimista? Pues lo hago a raíz de dos hechos: 1) La viñeta de El Roto que hoy nos sirve de pórtico a la reflexión (El País, 12 de octubre de 2006); y 2) Una frase que Cerezo me espetó así, como el que no quiere la cosa, hace unos días, haciendo alusión al recorrido llevado a cabo en su propia experiencia vital, tema del que ya habíamos hablado en otras ocasiones. “Cuando fundamos nuestra iglesia1 -me dice-, nos sentimos tan desvinculados del concepto “evangélico” o “protestante” a causa del trato que recibimos de algunas iglesias, que adoptamos el nombre de “Iglesia Cristiana Maranatha”; posteriormente crecimos, maduramos, y asumimos nuestra identificación con el movimiento evangélico, recuperando el nombre de “Iglesia Evangélica”.

Este testimonio alentador del actual Secretario ejecutivo del CEM, que va acompañado de un notable esfuerzo personal encaminado a llevar a la “casa común” del protestantismo madrileño a las múltiples iglesias emergentes de extracción pentecostal y carismática2 de la Comunidad Autónoma de Madrid, que tan poco entusiasmadas han mostrado hasta ahora por hacer causa común con las iglesias “históricas”, me hizo recordar la viñeta de El Roto en la que se presenta un bosque en el que únicamente quedan los muñones de los árboles, y la justificación sarcástica e hiriente del promotor inmobiliario de turno: “Talamos los árboles para poder ver el bosque”.

Obviamente, no es necesario talar el bosque, no es preciso arrasar los árboles que forman nuestro bosque evangélico, tan diverso, tan plural en sus formas, tan rico en especies, con la equívoca disculpa de que así podremos contempla mejor nuestra realidad individual. Formamos bosque si nos mantenemos erguidos, unos junto a otros, manteniendo nuestra propia identidad, pero ofreciendo una imagen de conjunto. Y será tan solo si cuidamos y mantenemos el bosque de esa biodiversidad evangélico-protestante, aprovechando los aportes de unos y de otros, como podremos dejar de ser invisibles en la sociedad española y la única forma de hacernos respetar fuera del reducido espacio de nuestra iglesia local.

Cuando Cerezo tiene que dar respuesta a las preguntas curiosas de los representantes de la Administración con los que es preciso relacionarse para defender y acrecentar los intereses de las iglesias, tiene que hacer las mismas filigranas, el mismo encaje de bolillos que me tocó a mí hacer anteriormente, explicando nuestra identidad de iglesias locales, con matices denominacionales, con énfasis teológicos diferentes, pero defendiendo que somos un pueblo en marcha, que formamos una gran familia, que como pueblo mantenemos como señas de identidad los grandes principios de la Reforma y que, además, nos identificamos con los símbolos de fe de la Iglesia primitiva. Somos la Iglesia de Jesucristo que se manifiesta de formas diferentes, pero sin perder los vínculos teológicos heredados de la Reforma que, a su vez, los recupera de la Iglesia apostólica; y añadir que somos los creadores del ecumenismo, un ecumenismo que no se impone, sino que respeta las diferencias y fomenta el trabajo en común.

La respuesta a las demandas sociales y espirituales de nuestro tiempo no es talar ese bosque que hemos heredado de las generaciones pasadas y que con tanto sacrificio y renuncias ha ido formándose. La respuesta es conocer nuestra historia y defender y acrecentar la herencia recibida. No hay nada nuevo que inventar, en lo que a la iglesia se refiere. Tenemos padres, abuelos, bisabuelos…; nos contempla una larga pléyade de generaciones de cristianos que aportaron sus defectos y virtudes, con los que formamos una larga historia de Cristianismo que suma cerca de dos mil años.

Únicamente hay que talar los árboles de la intolerancia, del fanatismo y de todo tipo de fundamentalismos que pretendan hacer de nuestra iglesia, de nuestra fe, un reducto cerrado, fortificado, predispuesto a combatir a los diferentes. La fe se propone, no se impone y la hermosura del bosque es contemplarlo con sus ramas, con sus hojas y con sus frutos.

   
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