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La vieja ciencia y nuestra conciencia humana han estado compiladas en una antigua filosofía llamada metafísica, una concepción casi fundamentalista de la realidad puesto que concibe el ser de lo real como fundamento inamovible. Esta ha sido la base de una visión del mundo de tinte inmovilista, tanto en la religión y la moral, como en una cosmovisión de carácter estereotipado. Nuestra vieja filosofía afirmaba que los seres se fundaban en el ser, un ser estático o inmutable porque no se mudaba o cambiaba, un ser inmóvil que se enfrentaba al devenir plural de lo real desde su abstracta unidad transreal. Aquí el ser era el trasunto de un Dios absoluto y absolutista, que regía el mundo con mano de plomo.

Tanto la ciencia contemporánea como la cultura posmoderna han criticado esta versión inmutable del ser de lo real. La ciencia en nombre del evolucionismo biológico y cósmico, la posmodernidad en nombre del devenir político y social de la humanidad, incluso la teología desde el propio cristianismo crítico. Ha sido el amigo G.Vattimo quien más se ha esforzado en debilitar dicha filosofía esclerótica del ser, hasta el punto de pagarlo con su propia debilidad actual. Pienso que tanto la ciencia como la posmodernidad tienen razón en su crítica, pero su alternativa se ha pasado al extremo contrario, ya que la ciencia se ha refugiado en cierto positivismo, y a veces en una nueva metafísica misticoide. Por su parte, la posmodernidad se ha decantado mayoritariamente por un incierto relativismo.

El problema radica en que al rechazar el viejo ser como fundamento de los seres, estos se tambalean y con ellos nosotros; al rechazar al Dios tradicional, la sociedad padece un cierto vértigo de desmoronamiento; al desfundamentar el mundo de todo fundamento, el mundo parece ir a la deriva; y al relativizar todo absoluto se recae en un insufrible relativismo. La crítica posmoderna al viejo fundamentalismo está bien lograda, pero su alternativa no sirve cuando recae en el relativismo que todo lo desdibuja y diluye. La cuestión está en que el auténtico ser de los seres y por tanto el ser de lo real no puede definirse como absoluto, pero tampoco desdefinirse como relativo o relativista.

Como vengo diciendo desde siempre, el ser de lo real y su verdad no son absolutos pero tampoco relativos, sino relacionales. El ser es la relación de los seres, la complicidad de la realidad, su junción o juntura, su intersección radical. Ello respeta lo que nos dice la nueva ciencia física, que la realidad es entrelazamiento e interrelación, de modo que lo físico resulta “diafísico” por cuanto atravesado de una relacionalidad omnímoda. Podríamos hablar entonces de una nueva conciencia que cabría denominar como “diafísica”, según la cual la realidad física no es ya estática sino dinámica, no es cósica sino energética, no está detenida o fijada sino que es emergente y evolutiva. Esta conciencia evolucionista se desmarca así tanto del conservadurismo involucionista como del progresismo revolucionario, al percatarse de que lo que no evoluciona o bien involuciona o bien revoluciona hasta reventar.

Según la nueva física, nuestro cosmos comparece distensionado entre su expansión o apertura y su impansión o retracción. Por su parte, la realidad física está transida por fuerzas de cohesión que atraen y unen las moléculas a modo de pegamento o enlace. Todas las partículas materiales y cuerpos se atraen mutuamente por su masa, lo que introduce una polaridad tensional en el cosmos. Junto a las fuerzas de atracción que impiden la disgregación de lo real, comparecen las fuerzas de repulsión que impiden la reclusión de lo real. El campo electromagnético, como es bien sabido, está constituido por la combinación y equilibrio dinámico de las fuerzas atractivas y repulsivas entre las partículas, de modo que las cargas de distinto signo se atraen, mientras que las cargas del mismo signo se repelen. Esto funda una especie de lógica coimplicativa o coimplicacional.

Esta lógica científica implica una nueva mentalidad para repensar la realidad diafísicamente, así pues interrelacional y tensionalmente. Pero esta dinámica de la realidad eclosiona en el hombre, el cual encarna la dialéctica de los contrastes relacionalmente, mediando el ser y el devenir, la expansión y la impansión, la atracción y la repulsión, lo corporal o material y lo anímico o espiritual. Por cierto que la vieja filosofía ya había entrevisto semejante composición de los contrarios, así por ejemplo cuando concibe el ser como una especie de energía ondulatoria que atraviesa al ente concebido como una especie de masa corpuscular, o cuando concibe la potencia abierta junto al acto realizado, o bien al Dios como amor y atractor del universo junto al diablo como distractor o disipador de la energía aglutinante.

Conste pues aquí nuestro último tributo para Aristóteles, hoy en día recuperado por M.Heidegger, al revisar el ser clásico no ya como fundamento cerrado, sino como fundación abierta. Ahora un tal ser es relacional, y puede fungir como el trasunto de un Dios implicado en su propia evolución.

   
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