descarga1“Durante cerca de 75 años, los acuerdos multilaterales establecidos después de la Segunda Guerra Mundial han salvado muchas vidas, han expandido la economía y el progreso social, defendido los derechos humanos y han ayudado a evitar una tercera conflagración global”, Antonio Guterres, Secretario General de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en la celebración del Día Internacional del Multilateralismo, 24 de abril de 2020.

Este pronunciamiento laudatorio de su Secretario General contrasta, en parte, con la impresión que a mucha gente nos deja mirada desde fuera. De entrada, al lado de esa triunfante imagen oficial, se puede colocar fácilmente esta otra: una institución dominada por los Estados económica y militarmente más poderosos, con una burocracia terriblemente pesada y costosa, que soporta sin escrúpulos el colonialismo de los viejos imperios (Malvinas, Gibraltar, entre otros), que sigue respetando —contra todo derecho y contra la legalidad que ella misma propugna— el neocolonialismo geográfico en Palestina o la República Saharaui, por ejemplo. Es la parte fea de la mayor institución mundial, pensada como “espacio de encuentro de la humanidad”, y convertida, sin embargo, en “instancia privada” —para legitimar los propios intereses— por el abuso de poder y privilegios de unos pocos Estados miembros con derecho a veto.
No sería justo proyectar solo, por nuestra parte, el lado negativo de una institución tan importante y compleja. A nadie puede resultarle indiferente algo que es de toda la humanidad. Dedicarle un editorial en Redes Cristianas es ya un signo de la importancia que nos merece. El mundo estaría, sin duda, en peores condiciones sin su existencia. Pero lo que nos importa de verdad en su 75 aniversario no es el balance de los fracasos y éxitos que haya ido acumulando en su historia, sino su “razón de ser”, su finalidad, es decir, aquello para lo que fue constituida y es causa de su existencia.
50 países firmaron el 24 de octubre de 1945 en San Francisco (EE.UU), cuatro meses después de finalizada la II Guerra Mundial, la Carta de las Naciones Unidas. —“Nosotros los pueblos de las naciones del mundo” reza el preámbulo de este documento fundacional—. Y fueron mayormente dos los objetivos a perseguir en los pueblos del mundo por esta Carta de San Francisco: desactivar los conflictos bélicos mediante la instancia de una ley universal, y erradicar el hambre y la pobreza en las naciones del mundo mediante el reconocimiento del carácter común de los bienes de la tierra. Para esas fechas, la humanidad aun no había tomado suficiente conciencia de los problemas medioambientales de hoy (deforestación, sequía y escasez de agua dulce, consumo abusivo y residuos, contaminación del aire, cambio climático, desaparición de las especies, etc.) que están destruyendo el planeta. Han sido el proceso histórico de la humanidad y el despliegue de su economía posterior los que han obligado a incluir este tercer motivo a la institución nacida en San Francisco.
Honradamente, tenemos que decir que los objetivos fundacionales de la Carta no se han cumplido: ni se ha acabado con las guerras entre las naciones, ni se ha erradicado el hambre entre los pueblos. No está en nuestro propósito trasladar aquí los datos que la misma institución da sobre estos ámbitos. Para nuestro propósito baste recordar que los Estados más poderosos, enfundados “en armas de destrucción masiva”, han impuesto, contra todo derecho, “su propia ley” invadiendo, anexionando y destruyendo países enteros a lo largo y ancho del mundo; y que los grandes “trust”, unidos a las instituciones surgidas en Bretton Woods, han monopolizado la economía y el comercio mundial esquilmando, empobreciendo y matando de hambre a pueblos y continentes enteros. Basta con esto. ¿En qué situación, nos preguntamos ahora, van a salir, si es que salen algún día, estos mismos pueblos dominados y empobrecidos después de la pandemia del coronavirus que les ha pillado desprotegidos y a la intemperie? Ante el poco éxito de “los objetivos del milenio”, ¿qué confianza se puede depositar ante los objetivos que se propone la ONU en la Agenda 2030?
Y, sin embargo, apostamos por una institución mundial como una organización entre iguales, que sea mediadora de paz y de vida en los conflictos y crímenes contra la humanidad y la Tierra. “ONU sí, pero así no”.
Soñamos con una instancia suprema planetaria y mundial, mantenedora de una ley equitativa y justa; nacida desde la igual dignidad de todos los seres humanos; sin “pueblos elegidos” ni imperios “con destino manifiesto”; formando una familia que habita la misma casa común. Empeñada, desde el respeto de la diversidad, en la persecución de una democracia planetaria y cósmica.
Una institución, en definitiva, animada por una filosofía profundamente humana y ética (los derechos humanos en todas sus generaciones), emplazada, hasta geográficamente, fuera de la hegemonía de cualquier imperio que pueda mediatizarla, de cualquier lengua y dinero que acabe colonizándola. Naciones, Estados, países… unidos, sí, pero no como lo estamos ahora.

 
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