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Tamayo4 Sus últimos libros son: ¿Ha muerto la utopía? ¿Triunfan las distopías? (Biblioteca Nueva, Madrid, 2019, 3ª ed.) y Hermano islam (Trotta, Madrid, 2019)
En mi lección jubilar pronunciada el 24 de abril de 2018 en la Universidad Carlos III de Madrid, tras cincuenta años de docencia en diferentes ámbitos educativos, desde primaria y secundaria, pasando por la Escuela de Artes y Oficios de la ciudad de Palencia, hasta numerosas universidades de todo el mundo, intenté responder a las dos preguntas del título, que suelen hacerme con frecuencia en mis clases, cursos y conferencias sobre la utopía.

Tomando prestada la definición de mi amigo y maestro el científico social Franz Himkelammert y por muy contradictorio que parezca –es casi un oxímoron-, me defino como “pesimista esperanzado”. Pesimista, porque la realidad no da para muchas alegrías. Estamos sometidos a una serie de sistemas de dominación en racimo, que se apoyan y legitiman: el capitalismo, el patriarcado, el colonialismo, la xenofobia, el imperialismo, el supremacismo, el antiecologismo, el racismo epistemológico, el negacionismo, la aporofobia, cuyo objetivo último es robarnos la esperanza, robársela a las personas y colectivos empobrecidos, que es, posiblemente, uno de los mayores latrocinios que está cometiendo el neoliberalismo.

Pero al mismo tiempo soy esperanzado, porque ese pesimismo no me lleva a cruzarme de brazos, sino que me induce a actuar, y la acción es ya de por sí una respuesta al pesimismo ambiente. Coincido con Antoni Gramsci cuando habla del “pesimismo de la razón y del optimismo de la voluntad”, y con José Carlos Mariátegui, que se refiere al “pesimismo de la realidad y el optimismo de la acción”.

Para alimentar la esperanza en aquella lección hice una invitación, que ahora reitero, a:
. Conocer las grandes utopías tejidas por la Humanidad a lo largo de su historia y leer la literatura utópica de todos los pueblos: la República de Platón; la Isla del Sol de Yambulo; la Era del Espíritu de Joaquín de Fiore; la Utopía quiliástica de Thomas Müntzer y los anabautistas; la Utopía de Tomás Moro, creador del neologismo; la Ciudad del Sol de Tomasso Campanella; la Nueva Atlántida de Francis Bacon; las utopías del Buen Vivir de las comunidades aymaras, quechuas y qichwas; la de la Tierra sin Mal, de los guaraníes; la de Quilombos, de los afrodescendientes de Amerindia, que visité con motivo de mi participación en el Foro Social Mundial celebrado en Salvador de Bahía.

. Leer las distopías como género literario y como análisis crítico de la sociedad para no caer en los idealismos, para no viajar al cielo sin hacer pie en la tierra, ni incurrir en los optimismos ingenuos en los que con frecuencia ha caído el pensamiento utópico.
. Cultivar los géneros literarios utópico y distópico, sin que este fagocite a aquel ni conduzca a un interminable invierno anti-utópico, estación que a los sectores conservadores y a las personas cómodamente instaladas en la cultura de la satisfacción les gustaría convertir en la única del año, de la vida, de la historia, y sin que el género utópico nos transporte a las esferas celestes y nos lleve a perder el sentido de la realidad a transformar.

. Crear hetero-topías (Michel Foucault) y femino-topías (Mary Louise Pratt).
. No contraponer utopía a tiempo pasado, porque el pasado está preñado de futuro y la utopía mira también al pasado como laboratorio de esperanza.
. Traspasar la realidad, como pide Ernst Bloch, filósofo de la esperanza: “pensar es trapasar”, y pensarla utópicamente, más allá los límites de lo posible, como sugiere Walt Whitman: “Antes del alba, subí a las colinas, miré los cielos apretados de luminarias y le dije a mi espíritu: cuando conozcamos todos estos mundos y el placer y la sabiduría de todas las cosas que contienen, ¿estaremos tranquilos y satisfechos? Y mi espíritu dijo: No, ganaremos esas alturas para seguir adelante”.

. Vivir utópicamente, sin renunciar a los sueños, sobre todo a los sueños despiertos, que son los más lúcidos.
Y todo esto desde la heterodoxia y la frontera, que son mis lugares naturales, en los que me ubiqué muy pronto en mi Castilla natal, como reconoce mi hijo Roberto en el prólogo de mi libro Desde la heterodoxia. Reflexiones sobre laicismo, política y religión1; desde la esperanza en dirección a la utopía de Otro Mundo Posible que es el camino que he seguido y seguiré en adelante. Preferiría hacerlo en compañía, no en solitario, porque coincido con Pedro Laín Entralgo en que esperar es siempre co-esperar, como recordaba en días pasados a su hija Milagros Laín. Por eso os invito a acompañarme para no perder el norte, ni instalarme cómodamente en el orden establecido, que más que orden es des-orden.

   
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