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Benjamín Forcano1Razón del tema
Una vez más, volvemos a celebrar la Semana Santa, que procede y se centra en un personaje que existió hace más de 2.000 años: Jesús de Nazaret. Se lo recuerda en gran parte del orbe, en nuestro pais se lo hace presente en casi todos los pueblos y ciudades mediante cofradías, pasos, procesiones , cantos y músicas y , en su aspecto público, se lo sigue con respeto y gran devoción.

Las procesiones son el elemeno principal, convertidas para muchos en motivo de turismo y para otros en objeto de sentida devoción religiosa.
Pero, todo este entusiamo religioso queda pronto aislado, celosamente guardado , sin que apenas cuente en el resto el año.

Creo que procede subrayar también otro aspecto más secreto, que avanza calladamente: el considerar todo este fenómeno religioso, como costumbres de antaño, propias de una cultura de otro tiempo, pero que hoy nada o muy poco aportan a resolver las preocupaciones, problemas y necesidades del día a día. En el ámbito de la vida,del progreso, de la técnica, de la ciencia , de la emancipación lograda por el saber humano, la sociedad avanza considerando este fenómeno como sobrante y periclitado, incluso como alienante y opresor de la dignidad y protagonismo humanos.

“Dios ha muerto” podría ser el lema. El hombre es lo real, lo definitivo, lo absoluto. El hombre ha llegado a su mayoría de edad . No necesita proyectar en otro, en un más allá, lo que él es y lo que sólo a él partenece. Las religiones ya han agotado su destino. Dios es una quimera. Volved a la tierra. Olvidaos del cielo. Recuperad al hombre. No alimentéis más espejismos ni alienaciones.
¿Qué ha pasado? ¿A qué se debe este estado de excepticismo y ateismo práctico?
¿No interpela esto a nuestra religiosidad cristiana, la más común y oficial? ¿Celebramos la vida y mensaje de Jesús, el sentido profundo de su pasión y de su muerte, o lo hemos desconocido y tergiversado preparando este cúmulo de absentismo y rechazo?
¿Seguimos a Jesús o lo hemos marginado?

Vamos a partir de lo que os dicen los Evangelios acerca de la festividad del Domingo de Ramos. Al fin y al cabo, los Evangelios son nuestra primordial fuente para conocer quién fue Jesús, cómo vivió, y lo que esperaba de nosotros si queríamos seguirle.
Todos pensamos que la Iglesia tiene sentido a partir de Jesús, de él nació, de él venimos, y en la medida en que lo sigamos estaremos en conformidad con El.

Y no nos cabe duda de que si la Iglesia quiebra o fracasa es por no seguir a Jesús. No es, pues, vano averiguar lo siguiente: en la sociedad de Jesús no fue el pueblo quien lo rechazó, más bien se movilizó de todas partes para acudir a él, escucharle , gozar oyéndole y convencerse de que su mensaje era correcto, los dignificaba y liberaba de toda falsedad y opresión, muy distinto por cierto al enseñado por la clase sacedortal de entonces. ¿Y en nuetra sociedad no será que el Evangelio de Jesús resulta desconocido y lo que mucha gente rechaza no es la vida y mensaje de Jesús sino otra cosa muy distinta?

El hecho ,que podemos leer (Mt 21, 1-11; Mr 11, 1-10; Lc 19, 28-44; Jn 1, 1-19) , lo narran los cuatro evangelistas, con variantes entre unos y otros, es cierto. Pero hay algo que es común a todos ellos: los sumos sacedotes, los fariseos, los letrados piden a Jesús que reprenda a los que le aclaman, que les muestre con qué autoridad está actuando. Pero Jesús les responde echándoles en cara sus abusos, contradicciones e hipocresía. Como consecuencia , las autoridades religioas buscan cada vez más la manera de acabar con él, pero no lo hacen por el miedo, pues todo el mundo estaba asombrado de la enseñanza de Jesús.

1. A Jesús lo mataron las autoridades religiosas en alianza con las civiles
Esta es la primera pregunta: ¿quiénes movieron y fueron autores de la muerte violenta de Jesús?
Si Jesus no hubiera actuado como profeta, si hubiera convenido acuerdos con las autoridades que no les cuestionaran, si se hubiera callado o hubiera alabado su manera de obrar y presentar la religión, si no hubiera denunciado su soberbia e hipocresía escondidas bajo mantos de ley y de piedad, Jesús hubiera seguido viviendo, hubiera tenido vida larga y hubiera muerto seguramente de viejo en la cama. Pero,entonces, Jesús no hubiera sido Jesús, habría traicionado su misión, que era la de anunciar el reino de Dios.

La verdad de lo cocurrido a Jesús es clara, y lo atestigua con fuerza Pedro: “Os hablo de Jesús el Nazareno, … os lo entregaron y vosotros lo matasteis en una cruz (Hch 2, 22-24). “A Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo ha constitudido Señor y Mesías” ( Hch 2,32-36).
Esto mismo escribe uno de los téologos ( E. Schillebeeckx) que demandan retornar a Jesús: “La muerte de Jesús en cruz es la consecuencia de una vida en servicio radical a la justicia y al amor; secuela de opción por los pobres y desheredados; de la opción por su pueblo , que sufría explotación y extorsión. En este mundo, toda salida a favor de la justicia y del amor, es arriesgar la vida “ .

2.La muerte de Jesús no es efecto de un castigo divino por nuestros pecados
Es en este punto, donde creo que la visión de la muerte de Jesús, sufrió un cambio histórico desacertado, por ejemplo en San Anselmo: él concibió la muerte de Jesús como la reparación de una ofensa hecha a Dios por nuestros pecados, inicialmente por el pecado original. Esa ofensa era infinita y requería l sangre y el sacrificio de una victima de valor infinito, que calmase y satisafaciese la ira de Dios. Esa víctima es su propio hijo, que él entregó como pago. Este sería, ciertamente, un Dios que no duda entregar en sacrificio a su propio hijo.
Cambia, por tanto, la perspectiva: Jesús muere como rescate de una redención, de un saldo pagado por Dios y así se asegura la salvación y la vida eterna. Dios mismo es quien decreta la muerte de su hijo, cuya ejecución deja en manos de las autoridades religiosas de Israel.

San Anselmo es un monje benedictino del siglo XI. Pero creo que esta su visión de la muerte de Jesús no entra tan tardia en la Iglesia, se produce antes.
Visión del apóstol Pablo sobre la vida y muerte de Jesús
El teólogo José María Castillo ecribe: ”Afirmo que la Iglesia vive en una contradicción que es la peor de todas en las que puede vivir. Porque se trata de la contradición entre la Iglesia y el Evangelio” ( El Evangelio Marginado, Descleé, 2019, Pg. 11).
Este texto no alude a comportamientos individuales que en un momento o en otro, en una medida o en otra, se muestran contradictorios con el Evangelio. La contradicción se refiere a factores y estructuras que, en el desarrollo de la Iglesia, se han ido insertando como si manaran del Evangelio y le fueran naturales. La paradoja, que estalla en este punto, está en que Jesús, profundamente religioso, entra en conflicto con la religión de su pueblo y con quienes se habían otorgado el derecho de custodiarla e interpretarla: los sacerdotes.

¿Qué pasó para que entre los sacerdotes y Jesús surgiera un terrible enfrentamiento, vieran en él una amenaza, lo espiaran, lo consultaran taimadamente, lo calumniaran y decidieran finalmente condenarlo a muerte?
El evangelio nos cuenta paso a paso este enfrentamiento . Se hace cada vez más agudo hasta hacerse incompatible: “Los más religiosos y observantes del judaismo del siglo primero no soportaron a Jesús, lo consideraron como un peligro de muerte para ellos mismos” (Idem, José María Castillo Pg. 16).

A propósito de esto, surge la pregunta: si la religión oficial de su tiempo era un modo de vivir incompatible con la vida y enseñana de Jesús, ¿se puede afirmar que este hecho se ha perpetuado, en buena medida, en la Iglesia con el consiguiente escándalo de grandes sectores de la población que no quieren saber nada ni de la iglesia , ni de la religión y los “hombres de iglesia” sigan pensando que no tienen culpa alguna? Castillo es lo que firma sin reparo:
“Ha ocurrido y sigue ocurriendo que en la Iglesia se marginan, se deforman o se quita importancia a temas, relatos, propuestas y exigencias, de Jesús “que no interesan” o –lo que es más preseocupante – “que estorban a las conveniencias “ de quienes , desde cargos de poder, privilegio y fama ejercen una potestad intocable y “sagrada”, que no se puede mantener sino marginando del Evangelio lo que les impide o dificulta ostentar su poder , su influencia social, su dignidad y sus pivilegios, en todo aquello que, disfrazado de evangelización, es en realidad un eficaz ejercicio de poder al ejercicio de intereses inconfesables”. (Pg. 18).

Seguir a Jesús es asumir su proyecto de vida: seguirle
Muchos cristinos dicen seguir a Jesús. Cuesta poco. En la historia de la iglesia se han dado diversas maneras de presentar el seguimiento de Jesús. Y las hemos ratificado como si lo fueran de verdad. Todo por no haber delimitado primero en qué consistía de verdad ese seguimiento.

Lo que hace que un seguimiento de Jesús sea verdadero es una cosa elemental: adoptar su forma de vivir.Ahora, para sentirse seguidor de Jesús, hay que comenzar por sentirse llamado por él, cautivado no por sus teorías, discursos o mandatos sino por la práctica, por su modo de vivir.
Jesús, con su vida, alteró el orden del Imperio y de la religión, lo cuestionó día tras día, poniendo al descubierto la hipocresía de una fuerte minoría social que disponía de la mayor parte de la riqueza.
Personas como Jesús, libres de miedo y ataduras, ponían en peligro el sistema establecido. Su estilo de vida era desestabilizador y solía acabar con el cruel castigo del la crucifixión. Castigo reservado a los que luchaban contra el abandono, la miseria, el maltratto y soledad de quienes estaban bajo el sistema.

Una cosa caracterizaba a los dirigentes religiosos de Israel: : que tenían alianza con el poder político de Roma y les tocaba poseerlo y demostrarlo desde la enseñanza y custodia del poder religioso. Y eso es a lo que Jesús se oponía, pues el poder crea clases, una que lo disfruta e impone, y otra que debe someterse y soportar toda clase de sufrimientos: “ La decisión de seguir a Jesús se verifica por la identificación con las carencias, necesidades e intereses de las gentes peor tratadas por el sistema sociopolítico, tanto en el Imperio en tiempo de Jesús como en la actualidad” (Idem, Pg. 100).

En ese sentido, Jesús habló claro: si me seguís, os perseguirán como a mí, os cargarán la cruz , os condenarán y os crucificarán. Hacer vuestra la causa de la gente “don nadie” es mi propia causa, y sería demoledor y transformador para la sociedad. Sabedlo: seguirme y hacer vuestra mi forma de vivir conduce a la condena y a la muerte.
José M Castillo recalca: “En la Roma del imperio no se crucificaba a nadie por ser una persona muy religiosa…En la cruz sólamente podian morir quienes eran marginales sociopolíticos, como extranjeros rebeldes, delincuentes que utilizaban la violencia y esclavos. En definitiva, gentes que podían poner en peligro el sistema” (Pgs. 16-17).

Jesús atendía primero de todo a dar vida, la religión no podía servir para legitimar nada inhumano, injusto, que falsificase la verdad. De inmediato, el sanedrín judio vio que Jesús limitaba su poder y denunciaba el sufrimiento amparado por ellos con la estricta observancia de los mandatos religiosos. “El que sigue a Jesús modifica por completo sus preocupaciones, sus interesess y los problemas por los que , si es preciso, se parte la cara y deja la vida a jirones. El que hace todo esto tiene muy claro que a eso los cristianos lo llamamos el seguimiento de Jesús” (Pgs. 99-100).
Resulta esclarecedor el hecho de que, tanto en el punto de partida como en el de llegada, Jesús exige que se le siga, sin más. Un seguirle libremente , dejando todo lo demás.

Claro que este seguimiento implica una fe, pero una fe que no reposa en la propia capacidad sino en Jesús mismo, en fiarse plenamente de él, dispuesto a vivir como él: “Decir sígueme es lo mismo que decir libérate de todo lo que te ata en esta vida, de todo lo que limita o condiciona tu libertad , de todo lo que te da seguridad al margen de tu relación conmigo” (Pg. 109) Los discípulos aprendieron de Jesús, de su vida lo que era seguirle, no de libros ni teorías que les explicara.
Y aprendieron a través de él, quién y cómo era Dios. Jesús fue para ellos la explicación misma de Dios, a quien nadie ha visto jamás: “Felipe el que me ha visto a mí, está viendo al Padre (Jn 14,9). Si es verdad que nosotros no podemos conocer a Dios, nuestro conocimiento de él en Jesús es lo menos mitólogico que podemos imaginar y lo que más nos apoxima a él.

Seguir a Jesús es, por tanto, no tanto la fe en una doctrina cuanto la identificación con la vida de Jesús, con una manera de obrar: “Lo importante en la vida no es la religión o las creencias que cada cual tiene, sino la conducta de bondad, humanidad, sensibilidad ante el sufrimiento de los demás, gratitud ante un favor recibido, en definitiva, la honradez y la honestidad” (Pg.115).

¿ Cuándo se inicio el desconocimiento y marginación del Evangelio?
Quizás sea éste el punto más importante del tema que comentamos, pues todos partimos del supuesto de que la Iglesia nació y se desarrolló a partir del Evangelio. Pero es eso precisamente lo que cuestiona Castillo:”El primer hecho extraño, que ocurrió ya en los orígenes del cristianismo, por lo que se refiere a la relación entre la Iglesia y el Evangelio, consiste en que la iglesia nació, se organizó y empezó a vivir y actuar sin conocer el Evangelio de Jesús” (Pg. 19).
La Iglesia es mencionada diversas veces por San Pablo en sus Cartas , escritas porél antes de los años 60. Pero, para nada, Pablo habla en ellas del Evangelio de Jesús. Por dos razones, porque Pablo no conoció personalmente a Jesús y porque los Evangelios no aparecen escritos hasta después del 70, cuando Pablo ya no existía.

¿La Iglesia configurada sobre esos primeros 20 años tenía noticia de quién fue él Jesús real, histórico, que era Dios en su condición humana y lo que eso representaba?
Lo que aparece como cierto es que Pablo pensó y organizó la Iglesia sin el Evangelio, es decir, sin destacar el ámbito humano de Jesús (lo inmanente) y sí el ámbito divino, referido al Hijo de Dios, resucitado de entre los muertos. Lo divino tenía más peso y lo divino debía supeditarse todo lo humano.
Esto hace que las aportaciones teológicas que hace Pablo son diferentes a las de los Evangelios, pueden ser enriquecedoras, pero son diferentes. Pablo no mostró apenas interés por el Jesús terrenal, su vida y mensaje y, por supuesto, por sus conflictos con las autoridades religiosas de Israel. De hecho, jamás se preguntó por quién lo crucificó y por qué motivos lo condenaron y fue ajusticiado entre dos malhechores.

Pablo no dudó en afirmar que Jesús murió por nuestros pecados, para redimirnos mediante un sacrificio expiatorio de sangre, cambiando lo que fue la vida de Jesús un recuerdo peligroso por un sacrificio redentor. Con lo cual llega a sustituir el sacrificio existencial de Jesús por el sacrificio ritual de los sacerdotes y del templo: “ Pablo se atiene más bien al sacrificio ritual, que es el que ha prevalecido en la teología de la salvación, de la liturgia y de la vida de la Iglesia, como si Dios necesitara el “sacrificio” y la “expiación” del Crucificado para redimir al hombre del pecado” (Pg. 25).
Lo cual no deja de ser importante, pues el Dios de Jesús, Padre lleno de bondad y misericordia, que siempre acoge y perdona, nada tiene que ver con el Dios del “sacrificio”. Si la encarnación de Dios en Jesús es la Humanización de Dios en el mismo Jesús, esto es lo que Pablo nunca pudo saber.

Este modo de pensar llevó a que Pablo dijera cosas que hoy son insosenibles: “Interpretar la cristología desde la necesidad de la redención, la salvación para la eternidad y una idea patética de Dios y de la Religión que invitablemente se asocian con el miedo, la amenaza, el castigo, el sacrificio expiatorio y, en todo caso y todo momento, la dura experiencia de la sumisión y la obediencia a la jerarquía eclesiástica y al clero, que administran e imponen lo que hay que pensar, lo que hay que creer, lo que se nos perdona y lo que no” (g 26).

Hubo, pues, “Un tiempo de má de 30 años, hasta que comenzaron a difundirse los Evangelios, que marcaron el pensamiento y gestión de la Iglesia, sinque se pudiera conocer al Dios que se nos reveló en Jesús de Nazaret ni una idea sobre lo que entraña el proyecto de vida que Jesús nos enseñó mediante su vida y sus enseñanzas” (Pg. 27) .

San Pablo intentó integrar la fe en Jesucristo en la sociedad y en la cultura del Imperio
El pensamiento de José Mº Castillo, no acaba con lo que he dicho. Habría de proseguir exponiendo la fuerte influencia que el gnosticismo tuvo en su pensamiento, por su dualismo entre Dios y el mundo, la materia y el espíritu, que explica su desinterés por cualquier acción constructiva de este mundo y por su manera de enteder la fe, centrada sobre todo en el pecado y en la obediencia a la doctrina que predica, interpreta y enseña la jerarquía de la Iglesia.

A pesar de todo, nadie puede negar la importancia del apóstol Pablo en los orígenes y expansión de la Iglesia, la cual gracias a él logró convertirse en una religión universal.
Pero, igualmente cierto es que su expansión en la cultura del imperio tuvo un precio muy alto, demasiado grande y demasiado importante: “Un precio del que Pablo no pudo darse cuenta por la sencilla razón de que no conoció a Jesús ni se había enterado de su historia en este mundo. De ahí que lo más probable es que Pablo no estuviera informado del enfrentamiento que Jesús vivió con la religión y que le llevó a la muerte en cruz” (Pg.41).

Dos teologías complementarias, pero diferentes

Todos los cristianos debiéramos caer en la cuenta de lo mucho que aquí está en juego: Las cartas de Pablo expresan una cristología centrada en la muerte y resurrrección de Jesucristo, orientada al problema de la savación del pecado, la justificación ante Dios y el logro de la vida eterna. Después de los años 70, los Evangelios introdujeron en la Iglesia y en la Teología un cambio decisivo: la vida de Jesús de Nazaret es el centro del Evangelio cristiano: “El paso de la teología de Pablo a la teología de los evangelios constituyó y sigue exigiendo la transformción y el cambio en nuestra forma de entender y vivir la religiosidad. La teología de Pablo se centró en la fe en Jesucristo muerto y resucitado , mientras que la teología de los evangelios se centró en la forma y estilo de vida que llevó Jesús de Nazaret”.

“La teología de Pablo tiene su centro en la “otra vida”, mentras que la religiosidad que exige necesariamente la teología de los evangelios tiene su centro en “esta vida”. Ambas se complementan y de ellas derivan dos cristologías, la una centrada en la fe en Cristo y la otra centrada en el seguimiento de Jesús.
Se trata de dos formas de entender y vivir la religiosidad que, de una forma o otra, inciden en la vida entera. La teología de Pablo reduce la religión a unas creencias y prácticas rituales y sagradas, mientra la de los evangelios entiende la religiosidad como una forma de vida, un proyecto de vida en el que se centra nuestra relación con Dios y nuestra manera de vivir. En definitiva, una ética.

Quien se relaciona con una persona que sigue a Jesús no tiene más remedio que pensar que tiene que haber una realidad última que nos trasciende, un “más allá”. Es lo inexplicable de una vida así llevada lo que obliga a pensar que tiene que existir el Trascendente: Dios. (Pgs. 101-103)

   
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