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El título de este artículo es el mismo que Maite Gibaud escribió el día 11 de este mes, y que publica hoy Religión Digital (RD). Me ha parecido muy interesante, y, por eso, lo voy a comentar. Me remito al mismo, porque no me parece oportuno transcribirlo todo. (Ya os he informado de que lo encontráis en RD con fecha de hoy). No estoy al 100% de acuerdo con sus razonamientos, pero sí que aclaro que tampoco puedo mostrar desacuerdo con él en nada importante. Me explico: el objetivo del escrito de Maite era alinearse claramente a favor del Papa, en el asunto Papa Francisco-cardenal Müller, y lo hace sin ningún género de dudas; si bien, en mi opinión, la autora es un poco blanda, y, otra vez en mi opinión, -¡insisto!, consciente de que puedo estar equivocado-, por presentarse como demasiado respetuosa con los argumentos más o menos oficiales que se están dando en este tema, cuando se convierte, queramos o no, en polémico. Reseñaré los puntos que me parecen ostentar demasiada pleitesía a la doctrina oficial:

Lo de que las parejas puedan o no mantener la castidad no es argumento para comulgar o dejar de hacerlo, (téngase en cuenta que si bien Maite cita estos puntos que voy a discutir, no son propiamente de ella, sino de los que como Müller quieren poner trabas gruesas a la enseñanza de Francisco): ya he expresado mi punto de vista de que, 1º), lo de la situación de pecado mortal o venial es una aportación, más moral que teológica, muy tardía; y 2º), que es muy osado decir que una sexualidad practicada en el respeto y el compromiso pueda ser catalogada como pecado mortal.

Los conceptos de moral objetiva, y de intrínsecamente malo no son ni revelados, ni apodícticos; son, más bien, perfecta y totalmente discutibles. La pretensión de una moral objetiva es una vieja aspiración de todo moralista profesional, y puede que influya en la manera germánica, de Müller, de entender y aplicar el imperativo categórico de Kant, que llevó, no olvidemos, a muchos, demasiados alemanes, a seguir ciegamente a Hitler. Y los que seguimos a Tomás de Aquino en la tesis de que la norma próxima de moralidad es la conciencia de la persona, no podemos admitir la objetividad del mal personal, que es el que se discute, no en abstracto; pues, por definición, es la conciencia la que lo declara: y nada más subjetivo que la propia conciencia.

Sacramentos de vivos, (…¿y de muertos?). Es ésta una jerga eclesiástica, que nunca debería convertirse en eclesial, que, desde luego, con certeza, Jesús no conocía. ¡Claro!, el Señor no era teólogo, pero sí algo despistado. En la Última Cena, que nadie dudará fue la primera Eucaristía, -y si hubiera dudas se han disipado con la diligencia que algunos han trabajado en buscar las palabras exactas de la Consagración, hasta deducir que es más exacto proclamar “..derramada por muchos”, que afirmar rotundamente “por todos los hombres”-, en esa primera Eucaristía el Señor Jesús dio la comunión a Judas, que cometió un pecado infinitamente más grave que mantener una relación sexual, que Dios ha dispuesto que sea un maravilloso signo de Amor, y una fiesta placentera. Además, estos moralistas, que serán católicos, pero les pongo muchos interrogantes para llamarlos discípulos de Jesús, porque éstos siguen las palabras del Maestro, no sus propias ideologías, deben de desconocer el valor del rito penitencial del inicio de la Misa, y la doctrina de Tomás de Aquino, de que la celebración de la Eucaristía perdona los pecados.

La culpabilidad atenuada (¿?). Reconozco que este punto me ha hecho gracia. El artículo recuerda los equilibrios que hacen ciertos eclesiásticos con alma de moralistas, empleando, ellos sí, la moral de situación que tanto rechazan, y volviendo a la casuística: el caso por ejemplo, de una mujer con hijos pequeños, viviendo con una segunda pareja, que es su ayuda y defensa para ella y los hijos, que vería atenuada la culpabilidad objetiva del acto sexual, practicado en esas circunstancias, ante esa apremiante necesidad. Sé que hay mucha gente en la Iglesia empleando estos argumentos tan peregrinos, y que me apenan, porque olvidan cosas tan elementales, y evangélicas, porque son no “buenas noticias”, sino buenísimas, como que el mundo de la Gracia, que ES ALGO QUE NOS DAN GRATIS, que no se puede olvidar, es incomparablemente mayor y mas eficaz que el mundo del pecado, como enseña el apóstol Pablo, y recuerda profundamente Tomás de Aquino; y la enseñanza de éste, sobre la dificultad de pecar, con las tres condiciones indispensables: materia grave, conocimiento perfecto, y advertencia plena; y que si alguna de éstas no se encuentra al 100%, no es que se atenúe la culpabilidad, sino que, sencillamente, desaparece. El Aquinate era un espléndido teólogo, también de Teología Moral, pero no era un “moralista” al uso, que ve la mota en el ojo ajeno sin apreciar la viga en el suyo.

Sobre la idea que pueda tener el cardenal Müller de la importancia y el poder de su cargo, es difícil calibrar, pero si por los frutos los conoceréis, es bastante evidente de que la percepción de su importancia y su poder la tiene clarísima, y por las nubes. Y la ridícula costumbre que ha ido entrando entre “intelectuales” eclesiásticos de que lo que importa es el sentido objetivo de las palabras escritas, como si eso fuera posible, obviando de que todo el que lee interpreta, y que esa imposible pretensión de objetividad sería más válida de que la propia interpretación del autor del escrito, es eso, tan ridícula y carente de todo atisbo no solo de sensatez, sino de normalidad intelectual, que serviría de ejemplo para los manuales de Teología Moral, para dejar bien claro el concepto de “ignorancia supina”, además de “afectata”. Ahora la pregunta se impone: ¿Puede ser prefecto de la congregación para la Defensa de la Fe y la Disciplina de los Sacramentos un eclesiástico adornado con esos dos tipos de ignorancia, que aumenta la responsabilidad más que si no la tuviera? Es decir, Müller, o sus adeptos, ¿podrían alegar esta ignorancia para atenuar o eximirlo de responsabilidad?

   
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