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A través de las REDES CRISTIANAS hemos sido informados del desaparecimiento físico del sacerdote francés BERNARDO BOULANG, nacido en Normandía, Francia, el año de 1930. A BERNADO lo conocimos y tratamos poco, tanto en su amado Olancho, departamento de Honduras, al que dedicó gran parte de su vida, como en la Nicaragua revolucionaria, donde fuimos en varias ocasiones su huésped y compañero de ideales.
A BERNARDO y otros amigos sacerdotes hondureños agradecemos habernos inducido, evangelizado y cautivado con la Teología de la Liberación; su compromiso con la causa de los empobrecidos y en la empatía con nuestro obispo y santo mártir Monseñor ÓSCAR ARNULFO ROMERO y GALDÁMEZ.

Nuestras oraciones y agradecimiento al Dios de la Vida y de los Pueblos por habernos regalado a este gran profeta de la humanidad.

Un especial amigo de él escribió esta hermosa semblanza que con gozo evangélico compartimos.

20 de enero 2019

A MI AMIGO BERNARDO,

SACERDOTE DE LA IGLESIA DE LOS POBRES

Por: Pedro Pierre
Amigo Bernardo, te vas y te quedas, amigo de los pobres para siempre.
Te vas porque compartiste tu pan, tu vida, tu fe hasta lo extremo.

Te vas tranquilo y feliz porque simplemente puedes decir: ¡misión cumplida!
No veremos más tu cálida sonrisa, tus grandes manos siempre abiertas, tu estatura decidida.
No nos ofrecerás más este viejo calvados, sabroso alcohol normando, que nos calentaba el cuerpo y el corazón.

Pero te quedas porque no viviste en vano en esta América Central que amabas tanto.
Habías hecho tuyas las opciones de los pobres, sus luchas, sus sufrimientos, sus muertes, sus esperanzas, su fe.
El Reino fue tu utopía a construir cada día un poco más.

Amabas a los pobres pero los querías conscientes, organizados, combativos, creyentes en plenitud.
Tu Iglesia fue pobre porque era la de los pobres y de los que eligen ser pobres y solidarios con ellos.
Tu fe fue completa porque abarcó la dimensión política del Reino inaugurado por Jesús de Nazaret,
que crece en las estructuras económicas, políticas, sociales, culturales y religiosas
cuando éstas se vuelven más equitativas, más participativas, más creativas,
más respetuosas de los derechos humanos, de los de los pueblos y de la naturaleza.
Por eso no te vas del todo. Más bien te quedas para siempre.

Permaneces entre nosotros porque has sembrado la Buena Nueva de un Cristo liberador,
semilla que produce muchos frutos, “30, 60 o 100 granos por uno”.
Enterramos tu cuerpo, pero plantaste la semilla de un árbol gigantesco: la del “Bien vivir y convivir”.
Te quedas porque dejas huellas imborrables en Centroamérica desgarradas por las guerras,
dominadas por los poderosos, saqueados por los norteamericanos,
desposeídos de sus hijos obligados a emigrar por decenas de miles.

Creciste a la sombra de Monseñor Oscar Romero, santo de la Iglesia universal,
mártir de la solidaridad con los más pobres,
discípulo ahora con él y cuántos más que dieron la vida por esta Iglesia de los Pobres
deseada por los papas Juan XXIII y Francisco: La Iglesia de Jesucristo.
Gracias por haber tenido la gracia de vivir cerca de ti y un poco como tú,
a lo largo de 8 años en la querida Nicaragua sandinista y revolucionaria durante 11 años.
Gracias por ser mi amigo y por seguir dándonos la fortaleza y la alegría
de ser solidarios con los pueblos que luchan y ofrendan sus vidas
por una sociedad más justa, un mundo más fraternal y una Iglesia a su servicio.
Muchas y muchos estamos contigo para siempre, Bernardo, Compañero del Reino.

   
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