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El momento menos indicado para publicar algo digno de ser te­nido en cuenta son esos en los que una idea puesta en marcha, una idea noble pero imprecisa o demasiado vaga, llega entre fanfarrias y precedida de mucho ruido, y sus patrocinadores y divulgadores no admiten réplica. Ni siquiera la réplica que, aceptando la premisa principal, uno pueda sentir la tentación de hacérsela a sí mismo…
Para hablar de ideas de mucha importancia, con un hondo sentido de racionalidad y de justicia social como es el caso del feminismo, es preciso esperar a que cese la tormenta.

Dejemos que las deman­das, las exigencias crispadas o nerviosas pero en todo caso contagia­das por la emoción de un ideal o por el fastidio que causa una aspiración insatisfecha, sigan su curso natural y social en forma de manifestaciones en la calle, de conferencias, charlas, colo­quios y pancartas, todo expresando el deseo vehemente de libe­ración. A fin de cuentas, en el siglo XIX M. Claude Bernard llegó a decir que el cerebro segrega pensamiento como el hígado, bi­lis. Y si son miles los cerebros que lo segregan, no debemos pri­varles de la posibilidad de expulsarlo si el pensamiento adopta la forma de demonio y tiene necesidad de salir. Pero jamás se me ocu­rriría responder ahora, y por mucho tiempo, a una militante femi­nista. Cuando llegue la calma me propongo hacerle entrar en razón a condición de que se serene y abandone momentáneamente las consignas y las ideas acuñadas sobre el particular, y esté en con­diciones de escuchar, pues ahora es imposible razonar…

Esto escribía yo el pasado día 8, momentos aquellos en que me daba cuenta de que la reflexión está reñida con el ruido. Estamos hoy a día 12 y ya me parece ya oportuno discurrir sobre aquellas agitadas demandas.

Pasada la marea feminista del Día Internacional de la Mujer, me pronuncio a despecho de las ideas invasoras acerca del asunto y digo, que una cosa es el feminismo rancio, doméstico que ellos lla­man, y machista de la derecha y ultraderecha española, que no hay quien no deteste salvo que forme parte de ellas, y otra el feminismo extremo de la izquierdas cuya convulsión parece proponerse desalo­jar en la sociedad española al machismo imperante, para ins­talar en su lugar el hembrismo: un machismo del mismo cuño pero invertido de signo.

Y digo esto, porque no hay ley alguna que discrimine por razón de género. Las desigualdades localizadas entre hombre y mujer son las derivadas de las desigualdades generales. Son consecuencia de las inevitables entre gigantes y enanos, entre feos y guapos, entre una estética o estilo personal u otros, entre lucir un o una aspirante a ser empleado o empleada un piercing, rastas o tatuaje, o no, entre elegir a un empleado que no dé problemas y otro que eventual­mente los dé, y así sucesivamente. Si admitimos vivir en un sis­tema, desgraciadamente, de libre mercado y de libre concurrencia (yo preferiría el otro, el radical, el comunista, el de la justicia social que supera las desigualdades naturales, etc, pero aquí es lo que hay), en el que se venden todos los días y a todas horas libertades formales y libertad sin adjetivos, las desigualdades entre hombre y mujer no pueden superarse a base de imponer a empresarias y empre­sarios una cuota de géneros. La empresaria o empresario con­tratará a quien mejor le convenga.

A partir de aquí, sólo queda confiar en el modo de interpretar las leyes, la equidad y la justicia abstracta los jueces y las juezas, los magistrados y las magistradas los casos penales o civiles de cualquier índole que deban enjuiciar. Y en este aspecto tampoco se puede hacer mucho más que desear que el juzgador o juzgadora aprecien siempre una mayor vulnerabili­dad en lo que un día fue llamado sexo débil y hoy lleva camino de convertirse esa expresión en motivo de persecución, que en el sexo fuerte; que tenga presente las limitaciones y condicionan­tes que la naturaleza hace acompañar a una madre en ciernes o una a madre consumada. Ese feminismo exacerbado al uso, que no deja sentirse (con esa misma virulencia al menos) en otros países de la Europa a cuyo sistema pertenecemos, no puede compararse con otros movimientos feministas, como el de las sufra­gistas.

Porque este movimiento tenía un objetivo concreto: ser reconocido el derecho al voto que no tenía la mujer, mientras que el feminismo de hoy es un brindis al sol, pues sus propósitos no de­penden de la legislación. Su justa y comprensible finalidad, que la mujer, aparte del marco legislativo, tenga la misma valía y considera­ción que el hombre en la sociedad española, como tantas otras cosas, depende de abstracciones: de un ideal de comporta­miento personal, de la autonomía sagrada de la voluntad en lo económico y en lo laboral, de la educación general, de la sensibili­dad colectiva y del paso del tiempo. Lo mismo que de todo eso de­penden el espíritu y la conducta de los políticos, el criterio de los jue­ces, y el egoísmo del empresario, del banquero y de los financie­ros capitalistas, no del griterío para que se les reconozca a las mujeres lo que todo el mundo occidental les reconoce…

12 Marzo 2019

   
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