VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

Atrio

En la agitada vida nacional que estamos soportando y atravesando en penosa travesía, por todas partes se habla de dos problemas que atraen especialmente la atención de los políticos, de los medios y de un número creciente de ciudadanos. Me refiero al problema de la paz (terrorismo de ETA) y al problema de la unidad de España (estatuto catalán). Sobre estos dos problemas, a estas alturas, se ha dicho ya seguramente casi todo lo que había que decir.

Pero no estoy seguro de que se haya dicho lo más elemental, lo más claro, que deberíamos tener muy presente todos en este momento en España. Me refiero a lo siguiente: si es que de verdad queremos la paz y la unidad, lo que ciertamente no se debe hacer en ningún caso es crispar, enfrentar y dividir a los ciudadanos más de lo que ya estamos crispados, enfrentados y divididos.

No estoy señalando a nadie. Estoy diciendo que quien se dedique a engañar, insultar, y poner a la gente nerviosa (sea quien sea y se haga desde donde se haga), ése no nos puede venir diciendo que quiere la paz de España y la unión de todos los españoles. Querrá seguramente otras cosas. Pero la paz y la unidad no las quiere.
Porque es evidente que la paz y la unidad no se pueden alcanzar fomentando exactamente lo contrario a la paz y a la unidad, que es sencillamente esta insoportable crispación que vive la sociedad española o, al menos, importantes sectores de ella.
Quien en este momento se dedique a irritarnos más a todos, lo más lógico que se puede decir de quien haga eso es que el tema de la paz y el tema de la unidad de España le sirven como armas ofensivas o instrumentos de violencia con los que conseguir el logro de sus verdaderos intereses, sus inconfesables intereses, que, como bien sabemos, suelen ser intereses de poder, intereses de dinero y, con demasiada frecuencia, intereses también de protagonismo social.

La cosa es evidente. Pero, por más evidente que sea, hay quienes están tan ciegos en sus posturas, que se han incapacitado para ver lo más elemental. Por ejemplo, es claro que lo que más favorece a los terroristas de ETA (y a todos los terroristas) es que ellos nos vean, a quienes queremos una convivencia en paz, crispados, nerviosos y divididos.
Porque el terrorismo sabe que una sociedad dividida es una sociedad débil. Y ellos se sienten fuertes ante los débiles. Con lo que estoy diciendo que mientras los políticos sigan empecinados en no unirse, en no formar un bloque y hacer un acuerdo para una estrategia común, la paz no va a venir.
Podrá volver el PP a gobernar. Pero lo que no volverá será la paz a España. Y otro ejemplo: si lo que se quiere es que España no se rompa, no se divida más de la que ya está dividida, lo que no se debe hacer jamás es seguir menospreciando o incluso ofendiendo a los catalanes. Porque aunque se consiguiera el estatuto ideal para todos (cosa bastante difícil), ¿de qué nos serviría tener un buen estatuto para que puedan convivir gentes que se desprecian mutuamente y que no se pueden ver los unos a los otros?
Con esto estoy diciendo algo que, a poco que se piense, resulta obvio. En cualquier sociedad, por más importante que sea tener unas buenas leyes y unas buenas estrategias de gobierno, es más necesario tener una buena convivencia, unas buenas costumbres, unos principios éticos que impregnen el tejido social y que alimenten la paz, la tolerancia, el respeto y la igualdad de todos.
En una sociedad crispada y enfrentada, poco pueden hacer las mejores leyes del mundo. La gente se saltará las layes, quebrantará los principios de la convivencia y la vida resultará extremadamente complicada y difícil.

En la historia reciente de nuestro país, tenemos el ejemplo elocuente de lo que fue la transición democrática. Aquello fue posible porque hubo voluntad de anteponer el bien de todos al bien de un partido o de un sector de la sociedad.
Hoy, sin embargo, parece que la pacífica convivencia de todos, con el debido respeto a las legítimas diferencias, nos resulta insoportable. Y quien tenga las manos limpias, que tire la primera piedra. Por eso no entiendo cómo puede haber políticos, que nos aseguran un futuro mejor, pero dicen eso argumentando con insultos, agravios, ofensas y menosprecios. Como tampoco entiendo a los políticos del partido contrario que responden con la misma moneda.

Y ya, puestos a decir, digo que a quien menos entiendo es a algunos medios, como por ejemplo, la cadena COPE, que, como ha dicho el ABC, en un editorial lógico y sensato, es un medio en el que “impera el exabrupto, el insulto, la descalificación personal y el mayor de los sectarismos”.
Y se hace todo eso sin reparar en que se ponen en cuestión hasta las más altas instituciones del Estado con la mayor tranquilidad del mundo. ¿Cómo nos pueden hablar de principios éticos o simplemente de honradez quienes se dedican a ofender a todo el que no coincide con sus puntos de vista? ¿Se puede, en tales condiciones, construir una convivencia en paz? ¿Qué pasa en la Conferencia Episcopal para que quienes tienen como misión ser testigos del Evangelio de la bondad y del amor toleren y costeen semejante escándalo?

Y que nadie diga que los problemas de la política no se resuelven apelando a la bondad y al amor. Maquiavelo, que sabía de asuntos políticos y es maestro en la materia, en sus “Discursos sobre la primera década de Titolivio” (II, 26), dice algo que a todos nos tendría que hacer pensar: “El vilipendio y el improperio provocan odio contra los que los utilizan, sin reportarles ningún beneficio”. Es seguro que a nadie beneficia la crispación. Y más seguro aún es que a todos nos envilece. Ya es hora de cortar con semejante vileza.

   
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