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Tamayo3Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones “Ignacio Ellacuría”, de la Universidad Carlos III de Madrid. Su último libro es “Teologías del Sur. El giro descolonizador” (Trotta, Madrid, 2017)
(Publicado en el blog de Juan José Tamayo en amerindiaenlared.org, 8 de abril)
Profeta, despertador de conciencias adormecidas; místico; teólogo de la liberación; obispo en rebelde fidelidad e insurrección evangélica
En este artículo continúo la exposición de los dos anteriores con nuevas imágenes de Pedro Casaldáliga.

6. Profeta, despertador de conciencias adormecidas
Pedro Casaldàliga vive la experiencia de la misión no construyendo templos ni creando una potente administración eclesiástica, sino ejerciendo el profetismo. Como los profetas de Israel, Jesús de Nazaret y Bartolomé de Las Casas, despierta las conciencias adormecidas, revoluciona las mentes instaladas y denuncia las injusticias del sistema. Anuncia el reino de Dios que traduce como Otro Mundo Posible en sintonía con los movimientos sociales e intenta hacerlo realidad en la historia con la gente marginada, con quien comparte hambre y pan, vida y muerte. Muerte a la que desafía con lenguaje lorquiano:
“Que me rondarás en mí,/ o en los pobres de mi Pueblo,/ o en las hambres de los vivos,/ o en las cuentas de los muertos./ Me rondarás, bala,/ me rondarás, noche,/ me rondarás, ala, / me rondarás, coche./ Me rondarás, puente,/ me rondarás , río,/ secuestro, accidente,/ tortura, martirio”.

El latifundio ha sido permanente blanco de sus críticas, de sus denuncias proféticas, y las instituciones legitimadoras de ese mal endémico en Brasil, la causa de su indignación. Con motivo de los conflictos de Santa Teresinha lo expresaba poéticamente en 1972: “Maldito sea el latifundio / salvo los ojos de sus vacas/. Maldita sea la Sudam,/ su amancebada”. Se refiere al corrupto organismo estatal Sudam (Superintendência de Desenvolvimento de Amazônia), que fue clausurado por el presidente Fernando Henrique Cardoso el 2001.

7. Místico y contemplativo en la liberación
Pedro vive la experiencia religiosa no evadiéndose de la realidad, pero tampoco instalándose cómodamente en ella, sino ubicándose en ella críticamente de la realidad para transformarla. No hay en él separación entre teoría y práctica, como tampoco entre espiritualidad y compromiso. La espiritualidad es la fuente de su compromiso; el compromiso da contenido histórico a la espiritualidad. Encuentra a Dios en los rostros de los empobrecidos y habla con él en el silencio meditativo.

Su oración no es evasiva, sino radicada en la Tierra, cual los salmistas Israel, a quienes tan bellamente recreara en sus Salmos neobíblicos precisamente, como antes lo hiciera otro poeta místico latinoamericano, el nicaragüense Ernesto Cardenal. En su experiencia de creyente-orante-militante hace presentes ante Dios Padre y Madre los sufrimientos y las angustias de los seres humanos y revela a los pobres al Dios liberador de todos los éxodos de la humanidad peregrinante, al Dios de Justicia, al Dios compasivo y misericordioso, al Dios de la vida que lucha contra los ídolos de muerte.

8. Teólogo de la liberación
Pedro piensa la fe liberadoramente, la vive esperanzadamente, la practica a través de la solidaridad, que él mismo llama “la ternura de los pueblos”, se pone del lado de las teólogas y los teólogos de la liberación represaliados y da razón evangélica de las razones de los pobres.
No se reconoce teólogo, pero lo es, aunque con otro modo de pensar y de decir, más parecido al lenguaje simbólico con que comenzó la teología cristiana en la voz del Nazareno, que al empleado por los profesionales del discurso sobre Dios en sus tratados teológicos. Es un teólogo que no utiliza el lenguaje dogmático porque sabe muy bien que en el principio fue el Evangelio y no el dogma, la Buena Noticia y no los anuncios catastrofistas. Recurre a la parábola, al símbolo, que son el lenguaje propio de las religiones, a la narración y a la poesía, que le permiten expresar no las verdades del “depósito de la fe”, sino los sentimientos de “fraternura” y las prácticas liberadoras.

Es el teólogo siempre presto a dar razón de la fe-esperanza y a solidarizarse con las teólogas y los teólogos perseguidos. Y lo hace no por medio de largas cadenas de argumentos, sino con un lenguaje que brota de la experiencia compartida, de la lucha por los derechos de la tierra y de los pobres, de la indignación por la negación de la dignidad de las mayorías populares. Junto con Ernesto Cardenal y Rubem Alves ha creado una nueva tendencia en la teología de la liberación: la teo-poética de la liberación1.

9. Obispo en rebelde fidelidad e insurrección evangélica
Desde el primer día de su actividad como obispo, Pedro revolucionó el ministerio episcopal y le dio un giro copernicano: del poder al servicio, la retaguardia a la vanguardia de la justicia, de la defensa de la ortodoxia al ejemplo de vida y a la praxis liberadora, de la alianza con los poderosos a la opción por los pobres. La pastoral que publicó el día de su consagración episcopal hizo temblar a los fazendeiros y abrió esperanzas de liberación entre los posseiros.
Desde entonces ido siempre por delante, pero no con el báculo de mando, que nunca ha utilizado, sino con el cayado de pastor, acompañando a las comunidades campesinas, indígenas, negras de toda América Latina por el camino de la esperanza, que algún día puede desembocar en la utopía de la “Tierra sin Males”, muy presente y actuante en las tradiciones milenarias de Amerindia.

Pedro, defensor la vida de los empobrecidos, de los posseiros, de los excluidos del banquete neoliberal, de los indígenas, que mueren antes de tiempo, antes de haber vivido, es amenazado de muerte a diario. !Qué paradoja! Su respuesta es el canto a la vida. Cercado por la violencia de los poderosos, ejerce su tarea pacificadora a través de la no-violencia activa, siguiendo la estela de los grandes pacifistas de ayer y de hoy:
Buddha, Confucio, Sócrates, Jesús de Nazaret, Francisco de Asís, los místicos y las místicas de todas las religiones, Gandhi, Luther King, Juan XXIII, Helder Cámara, Teresa de Calcuta, Enrique Angelelli, Rutilio Grande, Oscar Arnolfo Romero, Ignacio Ellacuría, sus compañeros mártires y Elba y Celina, las religiosas estadounidenses Dorothy Kasel, Ita Ford, Maura Clark y la colaboradora seglar Jean Donovan asesinadas en El Salvador, Dalai Lama, Chico Mendes, Rigoberto Menchú, Berta Cáceres, Vandana Shiva, Wangari Maathai, Sirin Ebadi, Amina Wadud, Fátima Mernissi, y defensores y defensoras de derechos humanos, sindicalistas, ecologistas, etc.

Sometido a la vigilancia vaticana por espías del “sistema eclesiástico”, mantiene su radicalismo evangélico sin romper los puentes de comunicación multidireccional. Desde la fidelidad al Evangelio ha logrado la síntesis entre revolución y canción, evangelio y subversión.
Es muy consciente de que su modo de ejercer el episcopado escandaliza y lo justifica de esta guisa: “Si escandalizo, primero/ quemé el propio corazón/ al fuego de esta Pasión,/ cruz de Su mismo Madero”. Pero, ¿qué cruz? Hay una cruz que no puede ser bendecida, ni adorada, una cruz ante la que ninguna persona puede arrodillarse sumisamente en un acto de humillación indigna del ser humano.
Es la cruz en la que son clavados los crucificados de la tierra a diario. ¿Qué hacer ante ella?

Maldecirla, como hace el propio Casaldàliga en otro bellísimo poema de tono iconoclasta y subversivo, que algunos considerarán blasfemo, pero que, en realidad, es una denuncia contra la Iglesia que justifica la cruz y contra las humillaciones a las que son sometidos los seres humanos:
“Maldita sea la cruz/ que cargamos sin amor/como una fatal herencia./Maldita sea la cruz/ que echamos sobre los hombros/ de los hermanos pequeños./ Maldita sea la cruz/ que no quebramos a golpes/ de libertad solidaria,/ desnudos para la entrega,/ rebeldes contra la muerte./ Maldita sea la cruz/ que exhiben los opresores/en las paredes del banco,/ detrás del trono impasible,/ en el blasón de las armas,/ sobre el escote del lujo,/ ante los ojos del miedo./ Maldita sea la cruz/ que el poder hinca en el Pueblo,/ en nombre de Dios quizás./ Maldita sea la cruz/que la Iglesia justifica/- quizás en nombre de Cristo-/cuando debiera abrasarla/en llamas de profecía./ ¡Maldita sea la cruz/ que no pueda ser La Cruz!”.

   
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