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Todos necesitamos de criterios para conducirnos correctamente en la vida. Ese puede ser uno. Veamos.
Por una parte, ‘pensar globalmente’. En eso están las nuevas generaciones, diría ‘por obligación’. Y nosotros los adultos nos cuesta abrirnos a esta nueva dimensión planetaria, a relativizar lo que pensamos y creemos, porque nuestro mundo es muy diverso y nadie es poseedor de la verdad total. Mucho tenemos que aprender de los demás y de los otros pueblos. Los jóvenes están en esta dinámica, naturalmente. (¿Estaré en lo cierto? ¿No habrá algunos que no ven más allá que el pequeño círculo de su familia?)

De allí vienen los conflictos de generación: los padres no entienden a sus hijos y los hijos se rebelan contra los padres. Ridículos son los regionalismos y nacionalismos. Absurdo es decir que nosotros tenemos toda la razón y que estamos más avanzados que otros. Estamos en una época de tolerancia y de apertura. Tolerancia porque las diferencias están para enriquecernos. Apertura porque no podemos decir que lo sabemos y comprendemos todo.

Está globalización tiene sus riesgos porque podemos exagerar el valor de lo nuestro, pensar y hacer lo que nos da la gana sin tomar en cuento la familia, la vecindad, la cultura donde hemos nacido y crecido. Esta globalización nos puede dar miedo porque es una globalización salvaje que considera que el dinero es lo más importante. Podemos refugiarnos en el pasado pensando y diciendo que ‘ayer todo era mejor’. Por eso tenemos que unir las 2 partes de la frase: “Pensar globalmente y actuar localmente”, o sea, mantener en nuestra manera de vivir estos 2 aspectos, como las 2 caras de una misma moneda.

Dice la frase “actuar” y no pensar o hablar. Porque para pensar y hablar podemos ser muy buenos, campeones: ¿de qué nos sirve no vamos más allá, si pensamos sin actuar? En este caso no somos más que cabeza vacía y campana que suena cuyo sonido se lo lleva el viento: Un cascarón vacío, tal vez bonito, pero completamente inútil e inservible.

El criterio completo incluye “actuar localmente”. Es por nuestras acciones que nos vamos a medir y que vamos a medir nuestra capacidad de crecer, desarrollarnos, ser alguien. De esta manera nos miden también los demás. Entonces a aportar nuestra parte para que la vida sea un poco más sabrosa, la fraternidad un poco mayor, la justicia más real, la felicidad más compartida… comenzando allí donde hemos sido sembrados. Si no somos capaces de lograr pequeñas realizaciones, difícilmente podremos alcanzar grandes logros. Nos formamos en lo pequeño y la vida se encargará de ponernos desafíos y dificultades más grandes.

“Hay un tiempo para todo” nos dice la Biblia. Comencemos de a poco y unamos los 2 espacios, tanto ‘pensar y actuar’, como ‘local y globalmente’, y si lo hacemos con otros, en comunidad, mejor todavía. ¡Que este refrán nos vaya guiando para que no seamos ni amargados, ni atrasados, ni puro viento, sino tranquilos, seguros y activos!

   
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