VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

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Estamos ante un género literario oscurecido en parte por el exceso de hagiografías y el autobombo de gentes que apenas han llegado al ecuador de su vida. Hoy se llevan los autorretratos (muy parciales, claro) escritos por y para famosetes al dictado de su vanidad o de sus intereses de poder. La biografía como la entiendo yo es otra cosa: es una mezcla de escritura entretenida y rigurosas fuentes documentales que la han convertido en una las más antiguas formas de expresión literaria. De hecho, ya se utilizaba este género literario para contar el origen y los destinos de un pueblo a través de la vida de sus protagonistas sin cortarse en describir la aureola de semidioses, a caballo entre la literatura y la historia.

¿Por qué hay que leer biografías? Pues porque estamos necesitados de una perspectiva vital ante el maremágnum existencial en el que vivimos. Nada que no sea material está de moda y no es momento para despreciar las enseñanzas de otras personas que dejaron huella a su paso por este mundo, dejando una estela de luz muy necesaria: sus motivaciones, sus condicionantes y la manera de responder a su realidad, con sus aciertos y errores, en escenarios a veces muy difíciles. El mejor ejemplo de lo que digo acaba de llegar a las librerías: la vida del jesuita Llanos, que empezó siendo “un cura del régimen” de Franco al que llegó a impartir ejercicios espirituales, pero acabó entregando su vida al servicio de los chabolistas del Pozo del Tío Raimundo como uno más entre ellos. Un cristiano de frontera, que nadie pudo con él porque su coherencia llevada al extremo desarmaba a unos y otros.

Necesitamos aprender de la experiencia vital de los que nos han precedido. La vida se entiende mejor desde los avatares que pasaron quienes nos han precedido. Si fueron personas de éxito, sabremos lo que cuesta llegar a la cima de la madurez. Si tuvieron padecimientos por encima de lo normal (siempre que alguien sea capaz de poner el listón de normalidad en estos temas), aprenderemos de su lucha por mantenerse firmes o podremos saber lo que propició su desmoronamiento.

Aprender de buenas biografías está al alcance de cualquiera. Ahora podemos disfrutar de la de José Mª Llanos, escrita por otro jesuita, Pedro Miguel Lamet, un poeta vocacional que se ha especializado precisamente en escribir biografías. Pero vivir la vida y contarla bien es diferente al arte de lograr una atmósfera integradora entre el presente del escritor y el del biografiado hasta conseguir una comunión entre el biógrafo y su personaje; y Lamet lo borda. Me viene el recuerdo de algunos reconocidos biógrafos ingleses pesadísimos de leer, que escribieron de forma fría y aséptica con datos y más datos de personajes que destacaron en su tiempo; pero se quedaron ahí, con lo cual hurtaron a sus lectores la posibilidad de descubrir la verdadera peripecia personal del biografiado. Borges diría que es el ejercicio de la minucia, un absurdo.

La vida del padre Llanos, en aquellos convulsos años del final de la dictadura y comienzo de la frágil democracia, fue un ejemplo de coraje y entrega radical por la causa del evangelio. Nos habíamos quedado con la imagen de un cura rojeras, díscolo y desbarrado al que tuvieron que aguantar más de la cuenta sus compañeros jesuitas, y que estuvo lejos de ser el mejor ejemplo. Le aseguro, querido lector, que el testimonio de su vida contado magistralmente por Lamet, no les dejará indiferentes. Más aun, les dejará una huella bien marcada de por dónde fluyen los mejores surcos de la existencia. Es uno de esos casos en que el ejemplo arrastró a muchos y tuvo el reconocimiento en vida de gentes de la derecha, del centro y de la izquierda, católicos y ateos, potentados y excluidos. Que le aproveche.

   
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