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Tamayo338 CONGRESO DE TEOLOGÍA MÍSTICA Y LIBERACIÓN
Inauguramos hoy un nuevo Congreso de Teología, ¡el 38!, con un tema que no habíamos tratado hasta ahora: “Mística y liberación”. Su celebración coincide –y no es causal- con el centenario del nacimiento de Raimon Panikkar, místico itinerante, que supo aunar en su vida y su pensamiento ambas dimensiones con una extraordinaria coherencia y conciliar en su persona experiencias místicas de diferentes religiones: judía, cristiana, hinduista, budista, y la mística secular. Coincide también con el 90 aniversario de teólogas y teólogos que brillaron con luz propia, vivieron y pensaron la mística no como evasión y huida de la historia, sino en el corazón de la realidad con todas sus contradicciones.

Me refiero a Gustavo Gutiérrez, para quien el método de la teología de la liberación es la espiritualidad; a Johan Baptist Metz, que propone una “mística de ojos abiertos”, que lleva a con-sufrir, a sufrir con el dolor de los demás; a Pedro Casaldàliga, que vive la mística en el bien decir estético de su poesía, en el compromiso con los pobres de la tierra y en defensa de los derechos de las comunidades indígenas y afrodescendientes; a Hans Küng, ejemplo de mística interreligiosa que conduce al diálogo simétrico de religiones, espiritualidades y saberes; a Dorothee Sölle (1929-2003), que supo compaginar en su vida y su teología armónicamente mística y feminismo desde la resistencia.

Este año es también el ochenta aniversario del nacimiento Leonardo Boff, que definió a los cristianos y cristianas como “contemplativos en la liberación”, y de Jon Sobrino, testigo de la mística vivida en torno al martirio y de la “liberación con espíritu”, convencido como está de que “sin práctica, el espíritu permanece vago, indiferenciado, muchas veces alienante”.

Todos ellos y ellas han hecho realidad la conocida afirmación de Karl Rahner: “El piadoso de mañana o bien será un ‘místico’, una persona que ha ‘experimentado’ algo o no será nada”1.
Pero llegados aquí surgen no pocas preguntas Hace cerca de 40 años Gustavo Gutiérrez se preguntaba en su libro La fuerza histórica de los pobres si tenía sentido seguir haciendo teología en un mundo de miseria y opresión, si la tarea más urgente no era más de orden social y político que teológica, si se justificaba dedicarle tiempo y energía a la teología en las condiciones de urgencia que vivía América Latina y si los teólogos no estarían dejándose llevar más por la inercia de una formación teológica que por las necesidades reales de un pueblo que lucha por su liberación.

Yo me planteo y os planteo similares preguntas, en este caso en relación con la mística. ¿Tiene sentido dedicar un congreso de teología a “Mística y liberación” en tiempos de secularización, de crisis de Dios y de fundamentalismos? ¿Se trata de la búsqueda de una “nueva espiritualidad” o, más bien, de una especie de “tapa-agujeros” en una época post-religiosa?
A la vista de tamañas situaciones de injusticia estructural, del crecimiento de la desigualdad, de las agresiones contra la tierra, contra los pueblos originarios, contra las mujeres, contra la memoria histórica: feminicidios, ecocidios, epistemicidios, genocidios, biocidios, memoricidio, ¿se puede seguir hablando de mística con un discurso que no sea alienante y con unas prácticas religiosas que no sean estériesl?

La pregunta se torna más urgente y radical todavía tras las dramáticas imágenes que vemos a diario en televisión de personas migrantes, refugiadas y desplazadas que quieren llegan a nuestras costas o saltar las vallas con concertinas y mueren en el intento por la insolidaridad de la Europa llamada “cristiana”. O, tras la visita que hice en días pasados, con profundo respeto y veneración, a la Casa Museo de la Memoria de Medellín, donde he visto las estremecedoras imágenes que representan a las 8.731.000 víctimas (oficiales, las reales son muchas más) del conflicto colombiano. Son víctimas de masacres, desapariciones forzosas, violencia sexual, amenazas múltiples, homicidios, reclutamientos forzosos, desplazamientos forzosos, torturas, despojo de bienes, separaciones familiares, etc.
Tras la Segunda Guerra Mundial, el Holocausto y el Mal Absoluto que fue el nazismo, Theodor Adorno osó afirmar: “No se puede escribir poesía después de Auschwitz”. ¿Podemos hacer la misma afirmación hoy en relación con la mística?

La mística ha sido presentada como un fenómeno prelógico, prerracional e incluso antiintelectual y antirracional, como si se moviera en la esfera puramente emocional y pasiva. Sin embargo, los más recientes estudios interdisciplinares parecen desmentirlo y muestran que la mística compagina sin especial dificultad el intelecto y la afectividad, la razón y la sensibilidad, la experiencia y la reflexión, la facultad de pensar y la de amar, la teoría y la práctica transformadora. La filósofa María Zambrano considera la experiencia mística como experiencia antropológica fundamental.

Si otrora se ponía el acento en el carácter ahistórico, desencarnado, puramente celeste y angelical de la mística, hoy se subraya su dimensión histórica. La mística tiene mucho de sueño y se mueve en el mundo de la imaginación, es verdad, pero el sueño y la imaginación están cargados de utopía. Y, como dice Walter Benjamin, la utopía “forma parte de la historia”, se ubica en el corazón mismo de la historia, mas no para acomodarse a los ritmos que impone el orden establecido, sino para subvertirlo desde sus cimientos, no para quedarse a ras de suelo sino para ir a la profundidad.

A la mística se la ha acusado de huir de la realidad como de la quema y de recluirse en la soledad y la pasividad de la contemplación por miedo a mancharse las manos en la acción. Pero eso es desmentido por los propios místicos y místicas como la carmelita descalza Cristina Kauffmann, para quien la mística “es el dinamismo interno de toda actividad solidaria y creativa del cristiano. Crea personas de incansable entrega a los demás, de capacidad de transformación de las relaciones interpersonales”.

Los místicos y las místicas aparecen, a los ojos de la gente, como personas excéntricas, pacatas, conformistas, integradas en el sistema. Sin embargo, su vida se encarga de falsar esa imagen. En realidad se comportan con gran libertad de espíritu y con un acusado sentido crítico. Son personas desinstaladas, con frecuencia comprometidas en la reforma de las instituciones religiosas y políticas, y con capacidad de desestabilizar el sistema, tanto religioso como político.

Por eso resultan la mayoría de las veces incómodas para el poder que no puede controlarlos y son sospechosas de heterodoxia, de rebeldía y de dudosa moralidad. Ello explica que sean sometidas a todo tipo de controles de ortodoxia por parte de los inquisidores, de control de fidelidad institucional por parte de los jerarcas y de control de integridad moral por parte de los cancerberos de la moralidad. Y no cabe extrañarse porque así ha sido siempre.
Baste recordar a figuras místicas relevantes del cristianismo y del islam: Juan de la Cruz, el Maestro Eckhart, Margarita Porete, Teresa de Jesús, Rumi e Ibn Arabi, entre otros.
Este Congreso, que seguirá la estela de nuestros maestros y maestras aquí citados, pretende responder a esta pregunta con toda honestidad desde una perspectiva liberadora.

Comenzaremos con una reflexión sobre la mística y la política para mostrar que la relación entre ambas no es arbitraria, ni oportunista, sino intrínseca a las religiones y muy especialmente a la judía y la cristiana. En la tradición bíblica uno de los nombres de Dios es “Justicia”, como afirma el profeta Jeremías: “Este es el nombre con el que lo llamarán: ‘Yahvé, nuestra Justicia” (Jr 23,6).

La justicia no es solo un tema político o jurídico; es también teológico. Es una característica irrenunciable del Dios de la Biblia que se revela en la historia y en la naturaleza por vía de liberación. Dios hace justicia a las víctimas y es defensor de la dignidad y de los derechos la naturaleza, quizá la víctima más maltratada de todas ellas. Hablar de Dios y preguntar por Dios y hablar de la justicia y preguntarse por la justicia son discursos e interrogantes interrelacionados.

Coincido con Metz en que el cristianismo, ha sido históricamente una religión más sensible al pecado que al dolor de las víctimas. Es necesario invertir las prioridades: el dolor antes que el pecado o, por mejor decir, el dolor causado por el pecado de causar víctimas y de olvidarse de ellas. No hay más que abrir el Evangelio, la primera biografía del cristianismo, para comprobarlo en la persona de Jesús de Nazaret, el Cristo liberador, indignado por las injusticias y compasivo con quienes las padecen en su propia carne, y estas hoy no son excepción, sino la regla general en esta “cultura del descarte”, a la que se refiere críticamente el papa Francisco.

El cristianismo es una religión mística no solo como experiencia espiritual, sino como experiencia política. Es “la mística de ojos abiertos” de la que habla Metz, no una mística sin rostro, sino buscadora de rostros, de los rostros de las personas y colectivos humanos doloridos y sufrientes. Una mística que tiene su fundamento en la autoridad de las víctimas, y su fuerza en la compasión, caracterizada por el hambre y la sed de justicia.

Una mística inconformista y no evasiva de la realidad, que tiene una dimensión crítico-pública e incide directamente en la vida política al servicio del bien común. Una mística, en palabras del teólogo alemán J. B. Metz, “de los ojos abiertos, que nos hacen volver a sufrir por el dolor de los demás: los que nos instan a sublevarnos contra el sin sentido del dolor inocente e injusto; los que suscitan en nosotros hambre y sed de justicia, de una justicia para todos”.

Una mística en fin, política, de amor eficaz político, que es inseparable de la revolución, como dijera y practicara Camilo Torres:
“La revolución no solamente es permitida sino obligatoria para los cristianos que vean en ella la única manera eficaz y amplia de realizar el amor para todos… La revolución…, es la forma de lograr un gobierno que dé de comer al hambriento, vista al desnudo, enseñe al que no sabe, cumpla con las obras de caridad, de amor al prójimo, no solamente en forma ocasional y transitoria, no solamente para unos pocos, sino para la mayoría de nuestros prójimos” (“Mensaje a los Cristianos”, Periódico Frente Unido, n. 1º, Bogotá, 1965, p. 3).

Tras el análisis de la relación entre mística y política, presentaremos la mística como elemento fundamental de las religiones y como un camino necesario para la superación de los fundamentalismos, que constituyen hoy una de las más graves patologías de las religiones. Dedicaremos una conferencia al sufismo, expresión más depurada y auténtica de la experiencia religiosa del islam. Como acabo de afirmar, la mística es inseparable de la lucha por la justicia. En esa dirección van las reflexiones sobre la aportación del silencio a la lucha por la justicia, la espiritualidad en la juventud trabajadora y la experiencia de la pensadora francesa Simone Weil, ejemplo de intelectual compasiva y de mística solidaria con los sectores más vulnerables de la sociedad. Ella misma vivió la experiencia mística trabajando en cadena en una fábrica de coches.

La mística no es uniforme, sino que se caracteriza por un amplio pluralismo. No podemos analizar todas sus manifestaciones. Hemos elegido dos: la oriental y la cristiana en sus diferentes épocas. Terminaremos con la propuesta de una mística en perspectiva feminista, integradora de las diferentes experiencias religiosas y laicas, que responda a los desafíos de nuestro tiempo, compagine teoría y práctica liberadoras, trabaje por la justicia y contribuya a construir una sociedad fraterno–sororal y una comunidad eco-humana sin exclusiones.

Los temas serán tratados desde diferentes disciplinas vinculándolos con las prácticas de liberación en las que estamos comprometidos y con los movimientos sociales en los que participamos. Es, por tanto, un Congreso abierto a las personas y colectivos interesados en la propuesta de un nuevo paradigma religioso que puede aportar horizontes liberadores a nuestra sociedad.

Termino con la pregunta que vengo planteando desde el principio: ¿es posible hablar de mística hoy? Sí, pero con una condición? Ponerse del lado de las víctimas que generan los diferentes sistemas de dominación: capitalismo, patriarcado, colonialismo, terrorismo global, racismo, fundamentalismos, depredación de la naturaleza, xenofobia, aporofobia; de las víctimas de todo tipo que causan las propias religiones que incluso mandan matar en nombre de Dios, lo que supone convertir a Dios en un asesino, como dijera José Saramago. Y optar las personas y los colectivos empobrecidos, como lo hizo la Asamblea del Episcopado Latinoamericano celebrada en la ciudad colombiana de Medellín hace cincuenta años.

Muchas gracias

   
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