VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

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De manera permanente, vengo investigando el tema de la corrupción en el Perú,
sus causas y motivaciones, desde el punto de la sociología y la antropología. Sin
embargo, el tema abarca otros ámbitos. En un reciente artículo, me preguntaba lo
siguiente: ¿Cuáles son sus causas? ¿Por qué todos los últimos gobiernos han
terminado con graves acusaciones penales? ¿La corrupción es una enfermedad
congénita de nuestra sociedad? ¿Cómo erradicarla?

En mi artículo “Corrrupción y corrupcionismo” (https://tinyurl.com/2jyftpzv), señalé
que la corrupción en las altas esferas del Estado “alcanza ribetes de escándalo,
criminalidad, inmoralidad e incapacidad de aquellos funcionarios para desempeñar
el rol que el Estado les encomienda”.

Lo que sucede en el Perú es sólo una muestra de lo que sucede en otras
sociedades. Aquí, especialmente a nivel de los funcionarios y servidores públicos,
muchos presidentes de la República hasta alcaldes y gobernadores demuestran
que la corrupción es un cáncer.

¿Cuáles son las motivaciones de una persona corrupta? Reitero que el estudio del
“fenómeno de la corrupción”, no sólo hay que abordarlo desde la perspectiva de la
sociología, sino también desde otras disciplinas como la psicología, la ética, el
derecho penal, la criminalística, la antropología y la historia.
En su ensayo “Psicopatología de la corrupción” (2018), Martín Nizama Valladolid
elabora “una sistematización fenomenológica de la corrupción; grave proceso
mórbido espiritual, cuya génesis se remonta a los orígenes de la humanidad.
Actualmente es una pandemia en la sociedad antiética y deshumanizada, regida
más por los antivalores”.

Cabe precisar que el Dr. Nizama es médico psiquiatra y profesor principal de los
Departamentos Académicos de Psiquiatría de la Universidad Peruana Cayetano
Heredia y de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Su ensayo ha sido
publicado en la revista Acta Herediana vol. 61, N° 2, abril 2018 – diciembre 2018
(https://tinyurl.com/msh28fre).

El planteamiento del Dr. Nizama es relevante para ahondar en causas que van
más allá de las estructuras sociales, sino que parten de la personalidad y los
patrones negativos de comportamiento. El mencionado experto
(https://tinyurl.com/mr23xu9z) señala que en el Perú, la corrupción no tuvo registro

en la Época del Tahuantinsuyo. “Esta se inició en la Época Colonial con la
presencia de los conquistadores, quienes la introdujeron en la sociedad peruana; y
continuó en la Época Republicana hasta la actualidad, habiéndose convertido en
un grave problema de salud espiritual, con impacto devastador en todos los
campos de la realidad social, hasta convertirse en un factor de desestabilización
del Estado y de ingobernabilidad”.

El Dr. Nizama esboza el perfil psicosocial disfuncional del peruano, formulando
una definición de la corrupción como un grave trastorno espiritual, en el cual el
individuo carece de conciencia del daño que ocasiona a sus semejantes. El tema
es complejo, porque se abordan sus características, etiología, fenomenología y
estructura.

También menciona los diversos escenarios de la corrupción, sus principales
manifestaciones, la institucionalidad disfuncional en sus formas aberrantes: La
institucionalidad informal y la institucionalidad oculta. Luego se describe la cultura
escatológica, el lenguaje de la corrupción con las expresiones más comunes del
acervo popular y la imagenología de las cúpulas dirigentes. Así como el síndrome
de la corruptela política, la semiología correspondiente y las secuelas de la
corrupción.

Finalmente, unas reflexiones sobre este trastorno y las alternativas
pertinentes con el propósito de contribuir a erradicarlo del seno de la sociedad.
En “Psicopatología de la corrupción”, el Dr. Nizama establece sus características:
“Daño de la integridad, virtud o principios morales; inducir a lo incorrecto por
métodos ilegales; utilización del poder político o de los privilegios de un cargo
público para conseguir beneficios personales y hacer amoral a una persona,
costumbre o tradición”.

“La corrupción nace del vértice del poder. Sus móviles son el poder, la codicia y la
concupiscencia. Es incubada por la impunidad, la lenidad, la inacción, el silencio
cómplice, el encubrimiento y la perversión de la legalidad. Corroe la moral social.
Es metastásica. Devastador poder disruptor del tejido social. Causa secuelas pero
no deja huella. El tesoro público, los recursos naturales y las actividades
extractivas son el botín y fuente de poder anético”, explica.

En cuanto a la “etiología de la corrupción”, realiza estas precisiones: “La
corrupción es un fenómeno mórbido, complejo, multicausal, entre las cuales cabe
mencionar las siguientes: Codicia, narcisismo, lujuria, Impunidad, lenidad,
desamor, egolatría, vacío espiritual, avaricia, sensualidad, escala axiológica
débil/ausente, paradigmas negativos, conflicto de intereses, permisividad,
tolerancia social, silencio cómplice y búsqueda de dinero fácil y/o poder”.

También existe una “fenomenología de la corrupción”: “Su esencia es la carencia o
debilidad de la escala axiológica a la cual se adiciona el desamor al prójimo, la
avaricia, la lujuria y la egolatría. Por este motivo, la corrupción es un proceso
mórbido de índole espiritual, económica, social y cultural solapado, insondable e
irreductible, por acción de quienes lo practican en forma activa o pasiva, apoyados
por el silencio cómplice y por soterradas redes de clientelismo, corrosivas;
circuitos o grupos de poder omnímodo, chantajista y extorsionador. Es orquestada
por los hilos invisibles del arte del engaño, la manipulación, la seducción y la
maquinación”.

Por si fuera poco, existe una “estructura de la corrupción”: “Los componentes de la
estructura de este fenómeno mórbido son: Corrosión ética y moral, activa y pasiva.
Estrategias y logística. Redes enmascaradas. Redes de apoyo. Silencio e
impunidad. Cultura escatológica. Lenguaje propio”.
Y en lo concerniente a la psicopatología de los corruptos, Nizama sostiene que
existe un “Trastorno de personalidad antisocial: subtipo codicioso”, con
características narcisistas. “Predominan la grandeza y el deseo de dominar y
poseer. Sienten que han sido privados intencionadamente de lo suyo. Deseo de
compensar el vacío que experimentan con bienes materiales o poder. Voraces,
escatimadores, envidiosos, avaros, despilfarradores, ostentosos”.

Considero que estos aportes deben ser difundidos a mayor escala para que la
sociedad organizada pueda diseñar una estrategia para combatir la corrupción no
sólo desde el ámbito policial y penal, sino también desde el punto de vista de la
psicología, psiquiatría y otras disciplinas como la sociología y la antropología.
(*) Escritor, poeta, editor y sociólogo. Presidente del Instituto Peruano de la
Juventud (IPJ) y director de Editorial Río Negro.

   
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