descarga8 (2)Ninguna institución puede persistir de espaldas a la historia
La fuerza del Evangelio está en el fermento que va transformado la masa

Con su rebrote, la Covid19 está ocultando el resto de la realidad. Se diría que en el mundo de hoy no está ocurriendo nada importante más que el Coronavirus. Y hay que reconocer que esta pandemia, que ya cuenta con más de un millón de muertos, es un asunto perfectamente serio a pesar de las obcecaciones negacionistas, a quienes, entre otros detalles importantes, se les escapa el gran dolor de los vivos llorando desconsoladamente a sus muertos.

Sería un grave error, y un imposible, considerar que en el ancho mundo todo se ha paralizado con la pandemia. Hay vida más allá de la Covid19, aunque nos resulte difícil encontrarla absolutamente desvinculada de uno de los mayores azotes que están afectando al mundo de hoy.

En este contexto, nos preguntamos por la Iglesia católica. Afectada como toda institución humana por las crisis que vapulean periódicamente la historia, nos asomamos, aunque sea por unos momentos, para observar si algo y qué cosas se están moviendo, durante esta pandemia, en el interior de esta magna institución.

No se trata de ningún ejercicio baladí y sin importancia. Somos conscientes de que, aunque en las últimas décadas esté perdiendo mucha fuerza, los movimientos o parálisis de la Iglesia católica suelen afectar siempre a la conciencia de muchos millones de personas en todo el mundo. Y esto es perfectamente serio. Personas y redes católicas internacionales hemos cosechado demasiadas heridas intentando rescatarla de sus interminables silencios ante las grandes crisis humanitarias que afectan a la sociedad o hemos criticado abiertamente sus tomas de postura contrarias al movimiento imparable de humanización social y eclesial. Y en esta ocasión tenemos que admitir que la dinámica de la Iglesia institución no se ha parado, pero que el movimiento burocrático que ha emprendido está sumiendo a muchos cristianos y cristianas en la desazón y el desconcierto.

Nos preocupa seriamente la contradicción o discordancia que está aflorando constantemente entre los gestos personales, evangélicos y simbólicos, del papa Francisco y la praxis que sigue realizando a sus anchas la burocracia eclesial. Como si el papa quisiera llevar a la Iglesia por una ruta y la Curia, los equipos que tiene al lado, en casa -singularmente los más importantes como la Comisión para la Doctrina de la Fe- caminaran en sentido contrario. Nos da la impresión de que estructuralmente la articulación de la Iglesia católica mantiene en casi todos sus pilares la vieja y anacrónica dinámica anterior al Vaticano II, siempre insensible, maniática y muy lejos de la cita con la historia.

¡Qué difícil es para una institución milenaria como ésta hacer un movimiento razonable y profético que llegue a sorprender positivamente al mundo! Su anclaje en doctrinas que ya casi nadie sigue y la repetición hasta el hartazgo de las mismas cosas parecen ser signos de su permanencia eterna.

En estos días ha vuelto nuevamente con sus eternas condenas. El religioso sacerdote irlandés Tony Flannery ha sido condenado por su posicionamiento sobre el sacerdocio de la mujer en la Iglesia, el matrimonio de las personas LGTBI y la doctrina de género. Tony Flannery se ha negado, como se le había exigido, a desdecirse de lo que piensa y cree. Y, en consecuencia, ha sido condenado. Por otra parte, la misma Congregación para la Doctrina de la Fe ha rechazado, contra el espíritu del Vaticano II, el intento de la Iglesia alemana de realizar celebraciones eucarísticas ecuménicas juntamente con los protestantes. Y lo que es más sorprendente, la abierta condena, que hace esta Congregación, de la eutanasia, tema realmente delicado, pero sobre el que, debido a la creciente presión social, están ya legislando civilmente diferentes países, entre otros el nuestro.

Llama poderosamente la atención este posicionamiento sin paliativos de la Congregación para la Doctrina de la Fe sobre la eutanasia cuando ya en nuestros días contamos con suficiente bagaje científico, reflexión y experiencia como para enfocar bien este delicado asunto. Desde la reflexión ética, Diego Gracia, uno de nuestros mejores especialistas en bioética, resume en La autogestión de la muerte la postura general de la ciencia bioética sobre el tema: “Lo mismo que hay obligación de personalizar la vida, la hay también de personalizar la muerte”. Causó mucha impresión, por otra parte, la postura del teólogo mundialmente conocido, Hans Küng, en su libro La muerte feliz donde, ante la perspectiva personal de “verse reducido a una existencia vegetativa”, defiende su derecho a la eutanasia porque “si todos tenemos una responsabilidad sobre nuestra vida, ¿por qué vamos a renunciar a ella en la etapa final?”. “Dejar morir dignamente no es matar, dirá el también teólogo Juan Masiá, sino ayudar a vivir dignamente al morir y en el morir” (cfr. Éxodo 152).

¿Vuelve la Iglesia católica a condenar la inteligencia y a parapetarse ante el discurrir de la historia como, en el pasado reciente, hicieron Juan Pablo II y Benedicto XVI? Desde Redes Cristianas llamamos a la Iglesia a bajar de sus nubes doctrinales y a encarnarse en la historia real. Ninguna institución puede persistir de espaldas a la historia. La fuerza del Evangelio no está en conservar el depósito de doctrinas añejas, sino en el “fermento que diariamente va transformado la masa”.

 
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