images2Por primera vez en la historia, millones de personas no quieren saber nada de Dios

La ciencia y la nueva tecnología están exigiendo una mística

El miércoles 31 de mayo se hizo pública la concesión del Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales a la investigadora británica Karen Armstrong. A juicio del jurado Karen Armstrong “sobresale por la profundidad de sus análisis históricos, por su inmensa labor bibliográfica e investigadora, así como por su compromiso activo con la difusión de un mensaje ético de compasión, paz y solidaridad”. Y el preciado galardón, de reconocimiento mundial, le será entregado el 20 de octubre de 2017 en el teatro Campoamor de Oviedo, capital del Principado de Asturias.

El reconocimiento en Karen Armstrong de la “relevancia del estudio de las religiones para comprender la sociedad y el mundo contemporáneos” viene a compensar, en cierto modo, el mal sabor de boca que nos está dejando la  entrega a la UE en este mismo año del premio a “la Concordia”. Difícil reconocer en estos momentos en la UE,  con el “brexit” y la mal llamada “crisis de lxs refugiadxs”, esa concordia que refleje “la máxima ejemplaridad” y la “reconocida trascendencia” que persiguen estos galardones. No obstante, en el caso de la investigadora británica, la Fundación se merece nuestros  parabienes por el rescate que se hace de unos valores que han sido,  en la historia, componente de conciencia y propuesta ética de la humanidad. ¡Que suenen, pues, alegres y cristalinas las gaitas del Principado a los pies del Campoamor!

Karen Armstrong tiene, a nuestro juicio, el gran mérito de haber reconocido espiritual y éticamente los cuatro lugares del planeta que, desde el s. IX antes de nuestra era, han dado origen a las grandes tradiciones religiosas y filosóficas que han alimentado nuestro espíritu hasta el día de hoy: el confucionismo y el taoísmo en China, el hinduismo y el budismo en la India, el monoteísmo en Palestina y el racionalismo en Grecia. Desde las aportaciones de sus grandes figuras, hoy mitificadas, como Buda y Confucio, Sócrates y los grandes profetas de Palestina junto a los místicos de los Vedas, Karen ha ido descubriendo —con la curiosidad y paciencia del analista, no exenta de pasión— los gigantescos pasos que ha venido dando el espíritu humano en la historia. Todo un brillante testimonio de la inquieta búsqueda humana por la superación de sí misma.

Paradójicamente, en su último estudio, Karen ha tenido que salir “En defensa de Dios” porque, a su juicio, “por primera vez en la historia, millones de personas no quieren saber nada de él”. La religión, que ha sido un componente esencial de homo sapiens —que en el pasado viajaba a enormes distancias para experimentar la realidad sagrada—, actualmente parece estar atravesando una gran transformación. Los militantes ateos predican el evangelio del descreimiento en el “dios de la religiones” con un celo similar al que impulsaba, en la edad de la fe en el Dios teísta, a los misioneros cristianos. ¿Qué nos está pasando? ¿Por qué el dios moderno se ha vuelto increíble en la sociedad secularizada? ¿Seguirán manteniendo Dios y sus noticias algún espacio en esta época de racionalismo imperante y  de banalidad de la vida?

Hace unas décadas dominaba entre los creyentes más conspicuos la preocupación por el fenómeno de la secularización. Se pensaba que la secularización podría derivar en un  secularismo que arrojara a la religión al baúl de los recuerdos. Aun reconociendo entonces que la secularización —inevitable y necesaria en una sociedad técnica y científicamente desarrollada— era un fruto maduro de la religión judeo-cristiana, se la miraba con sospecha y se la creía una amenaza. Pero las cosas han cambiado mucho desde los años 70. Hasta tal punto que la secularización ha perdido aquella dimensión de profundidad a la que aspiraba y se ha convertido en una “secularización descarrilada”, excesivamente plana, que está conduciendo al “auge de la banalidad”. En estas circunstancias ya no preocupa tanto la religión afectada por la secularización cuanto el futuro de la secularización misma. Porque si en el pasado ha sido una buena ayuda para la purificación de la religión, actualmente es la cultura secular la que está necesitando apoyo de la religión o de una fuerza espiritual capaz de darle mayor profundidad. Porque las instituciones seculares (la política y la economía, la justicia y la educación) han degenerado tanto que necesitan salvación. Y, en este sentido, serán bienvenidas todas aquellas aportaciones que puedan prestarle solidez y profundidad a una sociedad excesivamente líquida y superficial.

A este fenómeno ya apuntaba en la década de los noventa, no exento de preocupación, el académico y periodista francés Gilles Kepell con su llamativo y polémico título La revancha de Dios. Porque la vuelta de las religiones ya se presentaba en aquel entonces no como una salvación sino como a un semillero de fundamentalismos, de ausencia de preocupación por lxs descartadxs de la historia, y otros sentimentalismos identitarios capaces de hacer tambalear los débiles pilares de la democracia secular. Cinco décadas antes un paisano suyo, Henri Bergson, premio nobel de literatura y uno de los referentes espirituales más importantes del pasado siglo, murió pidiendo “un suplemento de alma”  ante la banalización de la vida. Porque “la ciencia y la mecánica, diría, están exigiendo una mística”, ya que cada día somos más conscientes de tener “un cuerpo más grande y un alma más pequeña”.

Desde Redes Cristianas queremos destacar con Karen Armstrong la “relevancia del estudio de las religiones para comprender la sociedad y el mundo contemporáneo” y para a comprometerse en su transformación desde las bases.  La vuelta de la religión siempre será  una buena noticia si es capaz de poner, frente a la banalidad de la vida, “un suplemento de alma”.

   
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