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Jesús2Algunos aspectos del Jesús histórico
Se estima que nació unos 6 años a.C., cuando Israel era colonia romana. Desde su niñez residió en Nazaret de Galilea. Fue un humilde trabajador judío dedicado a labores artesanas como su padre José. Con “una fe que mueve montañas”, al llegar a la madurez fue discípulo del profeta Juan el Bautista. Al recibir el bautismo de Juan como un pecador más entre otros, Jesús debió sentir una iluminación interior, por la que tomó conciencia de ser hijo amado de Dios para cumplir una misión: anunciar que Dios es Padre de los seres humanos y estaba cerca de irrumpir su reinado de paz y justicia en la Tierra.

Jesús no tuvo pretensiones de fundar ninguna religión ni iglesia, sino la de renovar la religión judía que se había corrompido y estaba en manos de “guías ciegos”, conforme a los orígenes profundos del Yahvismo. Estimaba que, haciendo suyas las palabras del profeta Isaías, el Padre le enviaba a “liberar a los oprimidos y a dar buenas noticias a los pobres”; destacando en su excelente mensaje de liberación: las Bienaventuranzas, el Padre Nuestro y el juicio final (o fundamental). Aunque actuó localmente sus pretensiones sobre el Reino de Dios eran universales. Viendo los pueblos como se amaban los israelitas –pensaba Jesús–, acabarían alabando a su amado Dios-Padre. Es decir, el Reinado de Dios que comenzaba en Israel, se extendería por la Tierra como “levadura en la masa”.

Desde que el tetrarca Herodes Antipas apresó a Juan, decapitándolo después, Jesús se fue a Galilea a anunciar la irrupción del Reinado de Dios-Padre que consideraba inminente, con signos de misericordia y curaciones de enfermos. Durante unos dos años (o uno según algunos teólogos), la misión por el Reino de Dios la ejerció, acompañado de discípulos y discípulas, de forma itinerante en aldeas y poblados de campesinos y de pescadores alrededor del lago Tiberiades pertenecientes a la región de Galilea; siendo el poblado de Cafarnaúm como su centro de operaciones. Eso sí, dado que en las ciudades residían los explotadores, los terratenientes y las opresoras autoridades, nunca fue en misión a ninguna gran ciudad excepto a Jerusalén, por ser ésta el centro espiritual de Israel.
Más tarde, fue a las poblaciones de Judea para anunciarles el Reino de Dios. Por último, anunció el Reino en el Templo de Jerusalén, asombrando a los creyentes y escandalizando a las élites religiosas, por sus maravillosos mensajes sobre el amor de Dios a los pobres y valientes denuncias a las élites, pero sobre todo, por su acción profética al tumbar las mesas de los cambistas y vendedores de palomas como signos de la sustitución del templo judío corrompido por el nuevo templo de la comunidad del Reino.

Anunciar un reino de forma pacifista, aunque sea de Dios y no de un hombre, sin el permiso del César ni la autorización de Herodes Antipas, ni del Sumo Sacerdote Caifás, era peligroso en aquel tiempo tan convulso del siglo I d.C.; máxime, cuando las multitudes que le admiraban aumentaban continuamente. Varios que se arrogaron ser el Mesías, fueron ajusticiados por rebeldes al pretender establecer el reino soberano de Israel mediante las armas. Si últimamente andaba Jesús escondiéndose de la persecución de Herodes Antipas, con esa acción profética ‘no violenta’ de denuncia a las autoridades judías por haber “convertido el templo de oración al Padre en cueva de ladrones” echando a los mercaderes fuera del templo, le acarreó la sentencia de muerte. Después que se despidió de sus discípulos en una última cena cargada de tensión emocional, los romanos, por instigación de las autoridades del Sanedrín, lo crucificaron entre dos rebeldes (se supone un día antes de la Pascua).

Ya lo enterraran en una tumba nueva de José de Arimatea, ya probablemente en una fosa común, lo cierto es que las discípulas y los discípulos pronto le sintieron vivo, presente entre ellas y ellos, de una manera nueva y misteriosa, pero real. ¡Jesús ha resucitado!, esa es la fe de los amigos de Jesús y de las Iglesias de fieles que fueron apareciendo en los más de veinte siglos posteriores. Si el proyecto del Reinado de Dios, quedó interrumpido con la crucifixión que padeció Jesús, continúa manifestándose entre los seres humanos y las colectividades a partir de su resurrección.
Progresivamente los discípulos integrados en el movimiento cristiano, motivados por su fe, le fueron asignando títulos a Jesús: En vida le llamaron maestro, profeta y Mesías. Pero es a partir de la fe en la resurrección cuando le van añadiendo otros atributos: Señor, Salvador e Hijo de Dios; para terminar por considerarle Dios-Hijo, Dios de Dios y Segunda persona de la Trinidad, que con el Padre y el Espíritu forman el único Dios verdadero.

Varios teólogos entre los que destaca Bultmann, desde la primera mitad del siglo XX y en el marco de una cultura secularizada, se fortalece la crítica histórica de carácter científico aplicada a Jesús. En el profeta de Nazaret se distingue “el Cristo de la fe del Jesús de la historia”. Actualmente hay creyentes que les fascina el hijo de María y José como hombre lleno de Dios y no tanto como Dios-Hijo. Jesús es admirable para humanistas, ya sean cristianos y/o agnósticos.
Visión de Jesucristo actualizada
Para muchos bautizados, las relaciones con Jesús son, desde la fe, en su existencia de resucitado y de acuerdo con el testimonio que nos dio como personaje histórico. Los Evangelios transmitieron su gran figura excepcional, profética, reveladora de Dios-Padre, impulsor del Reinado de Dios, animador de fraternidad entre personas y pueblos, pero sobre todo por su misericordia liberadora de los oprimidos.

Muchos cristianos sentimos como Jesús nos ha motivado para tratar de vivir en pobreza (si se quiere en austera generosidad, evitando el consumismo y la acumulación de bienes materiales). Ello, no es óbice para gozar alegre y prudentemente de los inmensos recursos que Dios nos ha dejado en la naturaleza y a través de la creatividad y laboriosidad humana. Si la pobreza evangélica (que comprende la solidaridad) se cumpliera en la Tierra, tendríamos repúblicas democráticas fraternales sin hambrientos, ni marginados, ni víctimas de la violencia.
Muchos religiosos, estiman que el celibato es un don de Dios, como igualmente lo es el matrimonio; siempre que ambos sean asumidos libremente por cada persona y los empleemos al servicio del Reinado de Dios, de la paz, de la justicia y de la fraternidad.

Innumerables creyentes estimamos que debemos colaborar con la Comunidad Eclesial para anunciar a personas y pueblos, al propio Jesucristo histórico y resucitado que vive entre nosotros. Él es la revelación plena de Dios-Padre. Viendo a Jesús vemos al Padre. Expandir el Reino de Dios, conforme a los signos de los tiempos, que él trajo a la humanidad, es colaborar para hacer posible la vida y la paz, la justicia y la libertad, la dignidad personal y los derechos humanos, así como la fraternidad y el bien común. Si la Iglesia no evangeliza, es decir no libera y fraterniza, no es Iglesia. Tan humano como lo fue Jesús, solamente pudiera serlo Dios mismo. Gracias a Jesús, sabemos que Dios es amor, es Padre y Madre, es el liberador de los oprimidos y de los pobres.

Siendo hijo de los humildes israelitas María y José, Jesús destacó entre sus conciudadanos por su inmensa misericordia para los que sufren; puso las bases para reformar los sistemas opresores ya fueran políticos e imperiales, económicos y comerciales, culturales y artísticos, religiosos y espirituales. Por el Magníficat de María sabemos que Jesús con su mensaje y su testimonio, sigue animando a los creyentes a creer en el Dios de los marginados. El Padre sigue desterrando a los poderosos y elevando a los humildes, despidiendo vacios a los ricos y colmando de bienes a los pobres.

En la fe y por la fe, muchos experimentan a Jesús como el amigo que nos ayuda en nuestros problemas, el Profeta que nos anima al compromiso por otro mundo mejor. Jesús es un ejemplo de religiosidad humanista; es el más humano entre los humanos, es el modelo a seguir en la liberación de los pueblos y clases oprimidas conforme a los signos de los tiempos.

En la Iglesia, a pesar del “pensamiento único’ que tratan de imponer determinadas jerarquías eclesiásticas, innumerables creyentes viven conforme a una nueva cosmovisión cristiana que comprende: transformar la estructura vertical de la propia Iglesia en una nueva estructura horizontal e igualitaria; la proclamación del Padre-Dios que se manifiesta en toda religión junto a la necesidad de la unidad interreligiosa de las distintas confesiones para colaborar a la paz; la unidad en Cristo desde la diversidad de visiones y compromisos; la separación de Iglesia y Estado para que vivamos los creyentes libremente en el seguimiento de Cristo; impulsar en la Iglesia la pobreza evangélica y la solidaridad con los marginados capaz de frenar la acumulación de los enriquecidos; un estilo de vida humilde y servicial que supere las ansias de poder de las élites; el compromiso por la justicia y la fraternidad como base para superar el capitalismo neoliberal; la teología de la liberación como motor para construir la gran comunidad igualitaria universal; el discernimiento teológico y bíblico mediante el método crítico-histórico basado en la ciencia, que supere las interpretaciones mágicas y espiritualistas; la acción pacifista como estilo político y social para construir un mundo mejor que acabe con la violencia de los fuertes contra los débiles; la prioridad del sacerdocio común de los creyentes y las creyentes por encima del sacerdocio ministerial; la lucha por superar el patriarcalismo imperante para lograr la igualdad entre hombres y mujeres en la Iglesia y en la sociedad; y por último, el esfuerzo común cristiano para promover el profetismo por encima de liturgias y ritos.

El seguimiento de Jesús nos exige el esfuerzo de amar a Dios amando al prójimo, tanto a amigos como a diferentes y contrarios, incluso a enemigos, fundamentado todo en el amor a los pobres. Basado en la humildad, tratemos de ver las cualidades y virtudes de los demás, así como ser conscientes de nuestros defectos e impotencias morales. Todo ello sin dejar el compromiso por la justicia, la liberación de los pobres y la denuncia profética como medio de amar a las élites opresoras. Perdonando de corazón, y solicitando perdón cuando las circunstancias lo requieran busquemos amar y orar por todos.

En definitiva, ser cristiano nos exige, la conciencia de que somos limitados, asumiendo el esfuerzo humilde de amar hasta que llegue un día de que seamos capaces de dar la vida por los demás. Mejor servir que ser servido, admirando las capacidades de servicios que superan a las mías en otros cristianos y cristianas, de otros grupos y movimientos.
*Sacerdote español jubilado ha trabajado muchos años con cristianos de varios comunidades centroamericanas.
Enero 2017

   
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