images4La elección de Jorge Mario Bergoglio como Papa, tras la renuncia de Benedicto XVI,  hace cinco años, despertó grandes expectativas en los católicos y no católicos de todo el mundo. El primer Papa latinoamericano de la historia pronto mostró que era compatible ser papa y hablar con un lenguaje cercano y comprensible para todos. La austeridad y sencillez de su vida personal (ya conocida en Argentina), también manifestada con su decisión de vivir en la residencia Santa Marta en lugar de en los apartamentos vaticanos, generó la esperanza de que un cambio real en la Iglesia Católica, como institución de enorme influencia en el mundo, era posible.

Durante estos cinco años, Francisco ha escrito documentos de gran importancia, como las Exhortaciones Apostólicas Evangelii Gaudium y  Amoris Laetitia  o la encíclica Laudato Si. Sus planteamientos abren horizontes y sitúan a la Iglesia en las periferias, con los movimientos populares, en la acogida a los refugiados,  en el diálogo y en la edad adulta de los católicos para tomar sus propias decisiones. Su crítica al capitalismo y a la explotación de la Tierra es rotunda y su apuesta para resolver conflictos de forma pacífica y en contra de las guerras es igualmente contundente.

Pronto supimos que los pastores de la Iglesia deben tener “olor a oveja” , mostrando así su preferencia por lo pastoral a la hora de nombrar obispos y cardenales, y que se habían puesto en marcha grupos para la reforma de la Curia, el saneamiento de las finanzas vaticanas o la erradicación de la pederastia en la Iglesia.  Como no podía ser de otra forma, los sectores más tradicionales de la Curia y de la jerarquía en general empezaron a mostrar abiertamente su discrepancia con Francisco.

El Papa apostó por los sínodos y convocó uno sobre la familia, dando voz, por primera vez, a todos los católicos que quisieran participar. El entusiasmo inicial quedó pronto amortiguado al ponerse de manifiesto que, salvo excepciones, las conferencias episcopales no favorecieron, más bien al contrario, que los católicos de a pie pudiésemos expresarnos con garantías de que las aportaciones llegasen al Vaticano.

Esto fue un síntoma de lo que iba a ocurrir después: el desconcierto va aumentando al constatar que  en estos cinco años no ha cambiado la doctrina ni la estructura de la Iglesia institución. La voz y los escritos del Papa suenan con fuerza y desde la base son muchos los grupos y movimientos que presionan desde hace décadas para que la Iglesia no pierda el espíritu del Concilio Vaticano II y busque ser fiel al Evangelio en el siglo XXI, pero todo ello no es suficiente para que haya cambios significativos, ¿por qué?

Los cristianos de base de todo el mundo seguimos viviendo la fe en pequeñas comunidades y grupos y tratamos de llevar a la práctica la Iglesia con la que soñamos. Si hace años fuimos muy críticos con Juan Pablo II y Benedicto XVI por su visión eclesial que, a nuestro juicio, se apartaba en aspectos importantes del Concilio Vaticano II, ahora nos desconcierta un Papa que  abre horizontes muy amplios pero que en su agenda no cabe un encuentro con los sectores más progresistas del espectro eclesial, por más que se le han hecho peticiones de diálogo desde todos los continentes; nos alegramos de la próxima canonización de Monseñor Romero o de la de Juan XXIII y de algunos contactos y gestos hacia personas concretas, que han sido amonestadas o penalizadas en épocas anteriores,  todos ellos son bienvenidos pero nos parecen insuficientes.

El Papa Francisco se ha convertido en referente mundial y es indudable que sus gestos y reflexiones van calando poco a poco en católicos y no católicos para que la consideración del cristianismo y de la Iglesia sea mejor, más humana y comprometida con la justicia y con la pobreza. Sin embargo, tras cinco años, pensamos que es hora de que la transformación de la Iglesia sea más palpable y de más alcance.  En 2018 la Iglesia sigue discriminando a la mujer y a los laicos en general, mantiene el veto impuesto en los pontificados anteriores a muchos teólogos y teólogas, sigue vigente el Magisterio de la Iglesia en aspectos tan cruciales como la sexualidad o la investigación en cuestiones biomédicas, mantiene el celibato obligatorio para los clérigos y el Vaticano sigue siendo un Estado y además no democrático.

Los miembros de Redes Cristianas afrontamos el reto de seguir trabajando por la Iglesia Pueblo de Dios y  nos unimos, pues, a los comunicados que están apareciendo en estos días en todo el mundo, para pedir a Francisco que siga con sus reformas y que se apoye de manera más clara  en los amplios sectores de la Iglesia que luchan, como él, en favor de la renovación y de la coherencia entre el mensaje evangélico y la realidad.

   
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