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Reaccionar con inteligencia frente a la sospecha. Más, frente a lo difícilmente comprensible…
Es indudable que la pandemia ha causado un brutal impacto en la economía. Sobre todo, como es lógico, en la economía de quienes vivían en precario y de quienes no han ahorrado, bien porque no podían bien porque su filosofía consistía en vivir al día. Pero también ha provocado un impacto brutal en la demanda de lo superfluo. Diríase que la vida, en esta situación, se ha reducido a la preocupación casi exclusiva por disponer de lo indispensable: alimentación, techo y energía. Las restricciones a la movilidad y a la desenvoltura personal devalúan considerablemente la frivolidad del gasto.

Por eso y pese a las crítica acervas que hacemos acerca de las contradicciones, incoherencias, estupideces y disparates que nos llegan de los poderes públicos, sean sanitarios o políticos, el panorama que se vive, examinado a vista de pájaro o desde las estrellas, no deja de tener su explicación; incluso “justificación”…

Las condiciones en que vivía y vive el planeta, un vertedero, la oferta colosal de productos sin destino final, el cambio climático, la demografía progresiva, la alta tasa de longevidad, la ya imposible expansión del capitalismo y el exceso de oferta, a mi juicio han traído este plan siniestro pero purgativo minuciosamente calculado desde hace mucho tiempo. Los estragos causados: más fallecimientos de los habidos en la gripe común, desórdenes en otros ámbitos de la salud, la ruina de muchos y el empobrecimiento de muchos más son considerados daños colaterales de una “guerra” virtual declarada por los poderes públicos del mundo a la población mundial. Y como los poderes no pueden decir todo esto a las claras a la población de las naciones, han pasado al hecho consumado. Por eso, creo que ha llegado el momento de pensar, más que en la cortina de humo que han levantado desde hace un año, en el sálvese quien pueda y en la estrategia más o menos individual o más o menos colectiva a seguir…

3 Abril 2021

   
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