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coronavirusComparto la reflexión que en el silencio he elaborado:
Vivimos en un estado de reclusión. Una oportunidad para hacer silencio interior. Es tiempo de reflexión. Tiempo de desintoxicación de todos los virus que el sistema dominante ha
incrustado en nuestras mentes. No hay iluminación si no hay purificación de las infecciones
provocadas por el consumismo, el afán de poseer, los rencores, las envidias, los prejuicios, las actitudes culpabilizadoras o el racismo xenofóbico y todo tipo de discriminación. El silencio interior posibilita la purificación de la mente y del corazón. Nos hace sentir y llorar el sufrimiento humano, de los ancianos que viven en soledad, de los enfermos, de los
hambrientos, de los refugiados, de los descartados…

No dejemos pasar esta oportunidad. En el silencio interior recuperamos la luz para ver nuestra vida y los acontecimientos de la historia con los ojos del Espíritu. Para generar cambios en nuestro estilo de vida personal y social. Nos ayuda a comprender que todo, absolutamente todo, es relativo. Que todo pasa. Todo menos el amor. Porque Dios es amor.

Fernando Bermúdez

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CORONAVIRUS, AMENAZA U OPORTUNIDAD

Fernando Bermúdez

Vivimos tiempos complejos. Una oscura nube se cierne sobre el planeta, generando
incertidumbre y miedo.

Es paradójico que en un mundo superdesarrollado donde aquellos que creen que el
poder del dinero, el desarrollo macroeconómico, el avance de la tecnología y la fuerza
de las armas y de los ejércitos nos hacen invencibles, ahora estén de rodillas ante un
minúsculo virus, que nos ha hecho caer en la cuenta de que somos seres vulnerables
hasta tal punto que puede provocar una crisis económica mundial. La soberbia del ser
humano se ha visto por los suelos.

Vivimos en un sistema cada vez más inhumano y cruel. El modelo capitalista neoliberal,
hoy globalizado, ha colocado en el centro los intereses económicos y del mercado por
encima de las personas, despreciando a los pobres, a los más vulnerables, a los
ancianos, a los inmigrantes, a los pueblos del sur global y al medio ambiente. La
presidenta del Fondo Monetario Internacional, Christine Lagarde, llegó a decir en una
ocasión que “Los ancianos viven demasiado y eso es un riesgo para la economía
global. Tenemos que hacer algo ya”.

La macroeconomía se ha divinizado. Todo está en función del ídolo del gran capital. El
sistema favorece la concentración de riqueza en pocas manos, dejando a millones de
personas en la miseria y el hambre, al tiempo que destruye la naturaleza, nuestra Casa
Común. El cambio climático, provocado por la degradación ecológica, rompe
ecosistemas y provoca la aparición de nuevas enfermedades como el SIDA, el ébola y
ahora el coronavirus. En la era de los grandes avances de la ciencia, la tecnología y las
armas nucleares, los seres humanos tenemos cada vez menos defensas y estamos
predispuestos a sufrir crecientes amenazas.

Ante la crisis de coronavirus hay quienes, con una visión crítica y humanista, ven en
ello una oportunidad para hacer cambios en nuestra manera de vivir y lo manifiestan en
su vida personal y en sus gestos de servicio a las personas que precisan de su ayuda.
Otros, los más inconscientes, se aprovechan para acaparar histéricamente alimentos y
mercancías de los supermercados, se manifiestan egoístas, insensibles, siguiendo
aquella máxima “cada quien se las arregle como pueda”. Y otros se obsesionan en
buscar culpables. No es tiempo de culpabilizar a nadie. Es tiempo de reflexión y de
silencio. Es tiempo de revolucionar la conciencia para generar una nueva visión de la
vida y de la historia.

No podemos detenernos en ver la parte oscura del coronavirus. Hay que ver su parte
luminosa. Se trata de desinfectarnos del virus del egoísmo y del individualismo, de
despojarnos de la soberbia y prepotencia que nos envuelve, para asumir que los
humanos somos débiles y frágiles, que es necesario abrirnos a los demás, sobre todo a
los más desfavorecidos, que el desarrollo más urgente es el crecimiento ético y
espiritual, la solidaridad, la conciencia de que somos ciudadanos del mundo, que todos
los hombres y mujeres, sin importar el color de la piel, nacionalidad o creo religioso,
tenemos los mismos derechos y deberes, que todos somos hermanos.
Para ello es preciso revolucionar la conciencia, tener pensamientos limpios, superar
prejuicios, desterrar miedos y fomentar vibraciones de energía que trascienda toda clase
de obstáculos.

Después de los horrores de la segunda guerra mundial, en el siglo pasado, surgió la
necesidad de elaborar la Declaración Universal de Derechos Humanos. Hoy, después de
esta crisis vírica se nos ofrece la oportunidad de superar toda clase de egoísmos
personales y colectivos, discursos nacionalistas, racistas y xenófobos, para crear una
nueva humanidad donde el poder y el capital estén al servicio de todos los seres
humanos, sin discriminación. Esta es la esperanza que alentamos en el silencio de la
reclusión.

Como creyente, no puedo de dejar de volver la mirada a Jesús de Nazaret cuya pasión
fue proclamar y hacer presente el reino de Dios, aliviando y remediando el sufrimiento
humano, sanando enfermos, levantando a los pobres, liberando a los oprimidos de este
mundo y colocando a la persona por encima de la economía, de la política, de la religión
y de las leyes, pues “no está hecho el hombre para el sábado sino el sábado para el
hombre”, dice Jesús.

   
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