20121118_153953El postureo y el tacticismo que estamos soportando, además de indignación, están cansando ya a mucha gente. Nuestros gestores públicos no se ponen de acuerdo y los cambios prometidos nunca acaban de llegar a las bases y a las clases populares. Y esto, además del descrédito de las instituciones, está provocando insatisfacción y desconfianza entre las mismas personas. No obstante, y, a pesar de lo que estamos viendo, aún nos queda respiro para mantener la esperanza.

El reino de la apariencia en que parecemos instalados ni es toda la realidad, ni es la más verdadera. Tampoco tiene por qué marcar definitivamente el futuro del proceso humano.

Lo dejó dicho, entre otros muchos, el físico y filósofo Werner Heisenberg: la historia no sigue necesariamente una lógica matemática. “Las matemáticas, aplicadas a las personas, no funcionan: 1+1 puede ser 2 y muchas otras cosas”. Comprometer el futuro humano con la secuencia lógica de la actual situación es rebelarse ilógicamente contra principio de incertidumbre.

La geopolítica, actualmente un “banal juego de distracciones”, está evidenciando esa levedad de la apariencia en que vivimos. Conocemos perfectamente que la actual política, como el artilugio de las marionetas, está siendo movida por hilos más poderosos. Competimos cada tribu por imponer nuestros inmediatos intereses sin cuidarnos de la vinculación que nos une con el resto de la comunidad humana y el planeta. Así hemos ido perdiendo la confianza en tantas instituciones importantes, erigidas después de la Segunda Guerra Mundial. La experiencia de las últimas décadas nos ha enseñado lo que no podemos seguir esperando de esas costosísimas instancias mundiales. Tampoco de las reuniones “al más alto nivel”, que suelen convertirse en un cínico y frívolo ejercicio de tacticismo y postureo. La realidad más poderosa, pensamos, como los huevos del cuco, está en otra parte… No obstante, y a pesar de las apariencias, necesitamos seguir soñando en otra geopolítica a la medida de nuestras urgentes necesidades.

La economía es el fetiche que hoy mueve el mundo. Pero la economía hoy en día no es un bien para toda la humanidad. Los mayores bienes están en manos de un 1% de los habitantes del planeta. Los últimos informes del PNUD advierten de que este selectísimo grupo controla el 46% de los recursos del planeta frente al 54% del 99% restante. La brecha social sigue creciendo. ¡Cómo sorprendernos de que 821 millones de personas, según las mismas fuentes, estén pasando hambre hoy en algún lugar del planeta!, ¡o de que 8,5 millones malviven con insuficiencia alimentaria en España! (VIII Informe Foessa). Un dato bien significativo: solo en la Comunidad de Madrid, con un PIB per cápita de 135.1% sobre la media nacional de 100%, cuenta con un 16.1% de personas bajo el umbral de la pobreza y unas 352.000 solo en la capital (Éxodo 149) … Y, sin embargo, contra esta evidencia, seguimos creyendo y luchando por otra economía social, igualitaria y planetaria.

Si la política se ha quedado en mera apariencia y la economía es el verdadero poder que domina el mundo, la ética, como diría Jean Boudrillard, el filósofo de la posmodernidad, es “el simulacro de la verdad”. ¿Qué es la verdad?, se preguntaba el escéptico Pilatos. La verdad, Pilatos, la establece, como siempre ha sido, “quien tiene poder para cometer la injusticia”. No había armas de destrucción masiva en Irak, pero el Imperio dijo que sí las había y esa fue la verdad que desencadenó todo lo demás. Así hemos llegado a la posverdad. Un simulacro que no busca la mentira por la mentira, sino lo que favorece al poder que acaba golpeando siempre a las víctimas. A pesar de lo grotesco del personaje, Trump no es solo una broma de mal gusto, está ahí por y para algo… Y, a pesar de la posverdad, desenmascarado el simulacro, buscamos la realidad real, ajustada a la verdad y la justicia.

El ropaje de la apariencia es consustancial al fenómeno religioso. Salvo, quizás, en el plano místico, al Misterio, o última realidad, solo se llega desde la imagen y el símbolo. Y, como todo fenómeno, estas mediaciones se dan en el tiempo, que siempre acaba desgastándolas y aun pervirtiéndolas. Toda expresión religiosa, consciente de estar en su tiempo, se verá siempre obligada a reformular sus símbolos y adaptar sus imágenes para dejar transparentar el Misterio. La desmitologización y la lucha contra el fetichismo son el precio a pagar religiosamente para estar con sentido en un mundo secularizado. Cuando esto se olvida, como viene ocurriendo en la Iglesia católica después del Vaticano II, se corre el peligro de banalizar lo que es inefable y de convertirse en un incómodo peso para la sociedad… Y a pesar de las reformas siempre aplazadas, mantenemos la fe en que las religiones cuentan con suficiente aliento para entrar en el tiempo real y ser en él instancias de esperanza. El juego de las apariencias acaba allí donde un ser humano sufre. Eso es perfectamente serio. Ahí se juega la verdad de toda religión. ¡Recuperemos, pues, el aliento frente a la fatiga!

 
© 2012 Redes Cristianas Suffusion theme by Sayontan Sinha