(José María Álvarez Pipo. Mayo de 2019). Todos conocemos bien los relatos pascuales del Testamento cristiano, cuya síntesis queda recogida en esta proclamación: ¡Cristo ha resucitado!  En ella se nos quiere transmitir la experiencia pascual que los discípulos más allegados a Jesús tuvieron de su muerte. ¿Qué han querido decir?

Si uno va al diccionario de la Real Academia Española, lee que resucitar significa “devolver la vida a un muerto” o “volver a la vida”. Es lo que pensamos todos. Pero por otra parte hoy nos dicen que es imposible que eso pueda suceder. Nadie que haya muerto de verdad puede volver a la vida que tenía antes de morir. Después de un cierto corto tiempo comienza en el muerto un proceso físico-químico irreversible sujeto a las leyes que rigen nuestro mundo. Es lo que le sucedió a nuestro Nazareno, igual que a todos los que han muerto, salvo que se empleen técnicas de conservación artificial de cierta parte de la materia corporal.

Ahora bien, los evangelios nos hablan de un Jesús que ha vuelto a la vida de antes con una presencia real física. Apoyan  esta noticia en el sepulcro vacío y en todas las apariciones de las que nos hablan. Hasta dicen que Jesús come pescado con ellos. Especialmente vibrante y realista es también la escena del encuentro de Jesús y Tomás, el incrédulo.

Ello hace que el Catecismo de la Iglesia católica diga que “ante estos testimonios es imposible interpretar la resurrección de Cristo fuera del orden físico, y no reconocerlo como un hecho histórico”. (CCE 643). Dos calificativos estos que no se pueden mezclar así uniéndolos sin más. Una cosa es que la ‘resurrección’ haya sido un hecho histórico místico y otra que se pueda hablar de un suceso físico, que parece hay que entender como que el cuerpo de Jesús muerto en cruz y sepultado ha vuelto a la vida física y química. ¿Ha comido realmente Jesús resucitado el pescado que le suministran sus amigos, le habrá llegado al estómago, lo habrá digerido, etc.? Eso no es posible.

Por otra parte, una cosa es lo que le ha sucedido a Jesús física e históricamente después de muerto y otra las vivencias, también históricas, que pudo haber provocado la muerte de Jesús en sus discípulos, cómo la vieron ellos y la repercusión que tuvo en su vida, todo vivido en ellos de modo real, físico, histórico… Para hacer este análisis no podemos inmiscuir en el hecho a poderes extraños, aunque les llamemos ‘Dios’, que puedan alterar las leyes de la naturaleza.  Nuestro mundo es autónomo, regido exclusivamente por sus propias leyes. En él no caben intervenciones mágicas que las puedan alterar. El poder de Dios no puede intervenir para que no suceda lo que tiene que ocurrir. Esto no es perder la fe, sino no creer en la magia de nuestro dios, igual que no creemos en la magia de ningún otro dios de otras creencias, ni de cualquier persona que se nos presente como tal.

Por eso hay que decir que el Nazareno, una vez muerto en la cruz, inicia un proceso de descomposición corporal, física, histórica, irreversible. Esté donde esté el cuerpo de Jesús, le sucedió necesariamente lo mismo que a todos los cuerpos vivos que no han sido tratados para realizar algún tipo de conservación. Estará integrado, de la manera que sea, en el cosmos. Nada se crea y nada se destruye. Tan imposible es revertir el proceso de la muerte humana como separar el agua caliente de un vaso mezclada con el agua fría de otro vaso para volver a la situación anterior. Hoy no hay nada ni nadie que pueda devolvernos a la infancia. Lo mismo hay que decir de una resurrección física de Jesús.

Por otra parte, hay que decir que no se puede recurrir a florituras lingüísticas, a términos que en sí mismo son contradictorios hablando de un cuerpo físico “glorificado” de Jesús no sujeto a las leyes de la física.

Este análisis hay que aplicarlo también para hablar de la ascensión de Jesús al cielo y de la asunción de María. No existe ningún “cielo” donde puedan estar sus cuerpos físicos. Están en Dios, metidos en su ser, existiendo con la misma existencia de Dios, que es a la que quizás algunos llaman “Cielo”.

Volvamos ahora a las narraciones pascuales de los evangelios, que son, según dicen los estudiosos del tema, unas composiciones anónimas surgidas entre los años 65-90 y que fueron reunidas en una colección a principios del siglo II. Lo que tenemos que hacer es situarnos correctamente ante estos textos y tratar de descubrir lo que nos quieren decir en ellos que, en resumidas cuentas, tratan de describirnos las vivencias que los discípulos más allegados de Jesús tuvieron en relación a la muerte del Maestro.

Tenemos que partir de la certeza de que no son narraciones hechas por ellos para dar testimonio de que Jesús no había muerto en la cruz y que seguía físicamente viviendo a su lado, como lo había hecho antes de ser puesto en ella. Si lo fuera habría que deducir que estarían mintiendo.

La historia del sepulcro vacío y de las diversas apariciones de Jesús que nos lo describen con una vida biológica física, al igual que su ascensión a los cielos no ha sido creada por ellos, que debieron de vivir los acontecimientos de un modo normal y hablarían de su experiencia pascual de manera más directa y llana, como nosotros podemos describir nuestra propia experiencia pascual dando testimonio de que el Nazareno vive aún hoy.

Lo que tenemos en los evangelios es la descripción hecha por “terceras” personas (o cuartas o sextas…) para contar un mensaje claro que se venía diciendo desde la muerte del Nazareno: que Jesús sigue vivo entre ellos, continuando la obra que él comenzó de anunciar e iniciar el “Reinado de Dios”, tal como se recoge en los evangelios. Y sí, efectivamente, esta realidad viviente de Jesús a través de la vida de sus seguidores es un hecho histórico del que podemos cada uno dar testimonio de él. Cristo, en este sentido, no ha resucitado, está resucitando siempre. Lo resucitamos todos siendo como él ha sido. Esta fe es activa, incluye una responsabilidad, nos compromete y por ello es una fe atractiva, ilusionante.

Jesús de Nazaret vive en “Dios”, en el Cielo, si así queremos llamarlo, en el Dios que lo llena todo, donde vivía ya antes de nacer aquí en este mundo. Como todos los seres humanos, que vivimos ya desde hace miles de millones de años. Parecido origen, parecida historia, parecido destino tendremos todos. Son intuiciones místicas a las que han llegado algunos cristianos desde la fe y el amor.

Situados en esta dimensión, también desde ella podemos hablar de la muerte de Cristo, para comprender la Pascua en su totalidad. Cada vez se les oye más decir a algunos cristianos que Cristo sigue cada día sufriendo y muriendo crucificado, de manera especial en cuantos sufren y mueren injustamente.

No hace mucho en el Via Crucis de Roma al que asistía el papa Francisco, se hablaba de “los nuevos crucificados de hoy: las personas sin hogar, los jóvenes sin esperanza, sin trabajo y sin perspectivas, los inmigrantes obligados a vivir en las barracas en los márgenes de nuestra sociedad, después de haber padecido sufrimientos inauditos… Además, ¡cuántos niños son discriminados a causa de su origen, del color de su piel o de su clase social!, ¡cuántas madres sufren la humillación de ver a sus hijos ridiculizados y excluidos de las mismas oportunidades que tienen sus coetáneos y compañeros de escuela!”…, “niños de diversas partes del mundo que no pueden ir a la escuela y que, en cambio, son explotados en las minas, en los campos, en la pesca; vendidos y comprados por traficantes de carne humana, para trasplantes de órganos; abusados y explotados en nuestras calles por muchos, incluidos los cristianos”…

Jesucristo sigue muriendo y a este Cristo tenemos que bajarle de la cruz y darle la posibilidad de una vida digna, alegre y feliz. Si lo hacemos, estamos también resucitando a Cristo. La liberación del Cristo que vive sufriendo y muriendo de tantas maneras en cada momento de la historia es una exigencia pascual para todos los cristianos. Esta resurrección mística de Cristo es física e histórica en las personas que dejan de sufrir o de morir, que resucitan a una nueva vida.

José María Álvarez es miembro del Foro Gaspar García Laviana, https://forogasparglaviana.es/

 

   
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