VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

Enviado a la página web de Redes Cristianas

Mientras Interior ultima un mecanismo “rápido y sencillo” para dar papeles a los
refugiados de la invasión rusa caía en mis manos una carta de Monseñor Agrelo,
arzobispo emérito de Tánger que me llamó poderosamente la atención por lo que
decía: “Todos hemos visto que Europa abrió sus fronteras; pero que nadie me pida
discernir si se trata de una Europa que se despierta solidaria con los
necesitados…porque en la misma semana, en los mismos días, en la frontera de
Melilla, rechazamos sin piedad a hermanos nuestros que huyen de otras guerras, de
otros horrores, de otros sin vivir”.

Y no cabe duda de que es admirable el despliegue de generosidad y compasión con
que Europa se ha volcado con los refugiados ucranianos. No sólo la Unión Europea y
los diversos organismos gubernamentales, sino también iniciativas municipales,
vecinales y particulares. Desde ACNUR, Cruz Roja o Unicef a las numerosas onegés,
iglesias y organizaciones de vecino o ciudadanos ucranianos residentes en cada ciudad
de España están haciendo un esfuerzo por el envío de camiones con alimentos, ropa o
medicinas a las fronteras de Ucrania con Polonia, Rumanía o Moldavia.

Lo que ya no resulta tan admirable, como indica en un reciente artículo de Público,
David Torres, “es la tibieza que la Unión Europea y esos mismos organismos
gubernamentales han mostrado con docenas de miles de refugiados de otras guerras y
de otros continentes, la tranquilidad con que bostezan ante los repetidos naufragios
de las embarcaciones que se atreven a cruzar el Mediterráneo, la pachorra con que
plantean indescifrables telarañas burocráticas a los afortunados que logran poner pie
en Europa, la indiferencia con que asisten al infierno helado de los campamentos
turcos y griegos donde los niños mueren de hambre y frío”.

Debe de ser que Ucrania cae más cerca que Siria, que Sudán, que Congo, que Yemen,
que cualquiera de esas guerras terroríficas que asolan África y Oriente Medio desde
hace años, algunas desde hace décadas. Debe de ser que no vemos esas guerras por la
tele, comentadas a todas horas por los mismos tertulianos que antes estaban
hablando de volcanes o pandemias, publicitadas a todas horas mediante imágenes
escalofriantes que en ocasiones están tomadas de otros conflictos o incluso de un
videojuego, mientras que nunca vemos las ráfagas de ametralladora en las selvas
africanas ni los hogares destruidos en Yemen ni los cuerpos golpeados de esos jóvenes
africanos que intentan saltar la valla de Melilla.

Debe de ser que los ucranianos se parecen más a nosotros, tienen la piel blanca y no
son negros ni musulmanes.  Por eso nos conmueve tantísimo ver estos días a los niños
ucranios en la tele. Porque son los inocentes entre los inocentes de una guerra, sí.
Pero, sobre todo, porque son como nuestros hijos. Con sus chupetes, sus peluches y
sus pantallitas. Tan blancos, tan rubios, tan monísimos con sus plumas de colorines y
sus gorritos de pompones, tan formalitos, tan sin sacar los pies del canon. Por eso nos
tocan la fibra. Hemos visto, seguimos viendo, a otros niños tan víctimas, tan
refugiados, tan inocentes como ellos. Pero son distintos y, tocándonos, no nos tocan
tanto. “Somos como vosotros”, nos exhortó e Zelenski, pidiendo ayuda a los padres de
la patria europea.

Más allá de a la geopolítica, a los intereses comerciales y a los
botones nucleares, el presidente ucranio apelaba a esa vena nuestra tan noble y tan
perversa de el “nosotros” y “ellos”. Hasta tal punto que el diablo de esta medida hace
que los ucranianos que abandonen el país por la ofensiva rusa tendrán garantizados de
forma automática los derechos de vivienda, trabajo, educación o libertad de
movimiento en todo territorio europeo dejando fuera a los nacionales de países
terceros por las presiones del llamado grupo de Visegrado (Polonia, Hungría,
Eslovaquia y Chequia).

Sí, debe de ser cosa de la proximidad étnica y geográfica, aunque si lo pensamos bien,
Trípoli está mil kilómetros más cerca de Madrid que Kiev o el mar de Alborán, que
baña la provincia de Málaga engulla en su vientre a miles de inmigrantes ahogados en
la últimas décadas o que en los mercados de Libia, hoy mismo, están subastando
esclavos.

A lo mejor es porque hay refugiados de primera y de segunda. Nos preguntamos, pues,
por qué no se actúa igual con el resto de los refugiados e inmigrantes, provenientes de
otros países en conflicto, como, sirios, palestinos, saharauis, yemeníes o
subsaharianos. ¿No tienen la misma dignidad, independientemente de su
nacionalidad, cultura o religión? A los ucranianos se les ayuda a desplazarse y se les
procura lo necesario para vivir y realojarse, sin embargo al resto no se les trata igual.

Llama la atención, asimismo, que a los voluntarios que ayudan a los ucranianos se les
agradece su ayuda; sin embargo, a los voluntarios que ayudan a los otros migrantes o
refugiados se les persigue, detiene e incluso se les acusa de tráfico de personas.
¿Diferente vara de medir? De hecho Almeida se ha ofrecido a acoger en Madrid a los
ucranianos que haga falta, cuando hace sólo unos años criticaba el cartel de
bienvenida con que Carmena recibía a otro tipo de refugiados. O que Polonia también
ha cambiado abriendo sus fronteras a la llegada de miles de ucranianos, cuando hace
sólo unos meses docenas de migrantes bielorrusos murieron congelados en los
bosques al intentar cruzar la frontera polaca.

Es triste constatar que la solidaridad, la cooperación y la piedad acaban ante cierta
tonalidad de la piel, cierto sesgo ideológico o ciertas creencias religiosas, lo mismo que el interés informativo por unas guerras que merecen portadas, primeras planas y
reportajes a todas horas, y la apatía por otras que importan menos que un desfile de
moda.

   
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