VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

Para la renuncia de Benedicto XVI a la Sede de Pedro no tenemos más que palabras de felicitación. Felicitación para el mismo Ratzinger, porque este gesto, hecho desde el poder absoluto que ostenta –aunque  haya sido forzado por la debilidad que impone una edad avanzada o por la oposición de “los monseñores” de la curia romana–, es suficientemente elocuente como para servir de ejemplo a otros mandatarios que –a pesar del engaño, la corrupción y su mala gestión contra el pueblo– siguen impasiblemente aferrados a la silla del poder.

Pero la historia es muy tozuda. Y un gesto, por importante que parezca, no puede borrar todo un pontificado que, unido al de Juan Pablo II, del que mayormente ha sido su continuidad, ha llevado a la Iglesia católica a los antípodas de lo que pretendía el Concilio Vaticano II y la ha marcado con el signo de la restauración y la Contrarreforma. Es cierto que la involución comenzó ya con la Humanae Vitae de Pablo VI. Pero ha sido este larguísimo pontificado de Juan Pablo II/ Benedicto XVI (1978-2013) el que se ha echado decididamente en brazos de las corrientes y  movimientos más neoconservadores e integristas que  han obligado a la Iglesia a seguir en dirección contraria al proceso humanista y liberador de la historia. Es de justicia reconocer que una parte importante del pueblo cristiano –“Pueblo de Dios” como lo llama el Concilio–, estrechamente vinculado a la sociedad de la que es parte,  ha tenido que ir haciendo su propio camino, consciente de no poder contar con el apoyo de sus dirigentes en un momento tan crucial como el que estamos atravesando.

En la nueva era en la que estamos entrando,  sería deseable que la Iglesia volviera a recuperar aquella pulsión evangélica que recorrió sus venas  en algunos momentos de la historia y que sería hoy de grandísimo apoyo para animar la esperanza en un mundo desencantado y deshumanizado.

Se necesita  que el nuevo pontificado tome conciencia,  desde el primer momento,  de la enorme crisis de credibilidad que atraviesa actualmente al conjunto de la institución eclesial y que está afectando a la plausibilidad de la misma fe cristiana y tenga el coraje de volver al Evangelio. La Iglesia católica está clamando desde todos sus indicadores –dogmáticos, morales, organizativos, pastorales, espirituales– por una renovación profunda. Para ser fiel transmisora de la herencia de Jesús de Nazaret necesita una tal pasada por el Evangelio que la capacite para asumir que el protagonismo está en el pueblo cristiano, que es el sujeto principal –como lo estableció el Vaticano II en la Lumen Gentium–, y no en la jerarquía  que es un mero instrumento al servicio del pueblo. Necesita recuperar la eclesiología de comunión que, a pesar de las dificultades, se mantuvo en vigor durante el primer milenio de su historia, y abandonar definitivamente la eclesiología de la desigualdad que, con el absolutismo del Primado de Pedro –y salvo el breve paréntesis del Vaticano II– ha llegado hasta nuestros días. En esta recuperación de la comunión o koinonia, además de asumir la igualitaridad entre hombres y mujeres –como ya dejó establecido la carta a los Gálatas 3,28– tienen un papel decisivo las iglesias locales, la colegialidad, la sinodalidad y toda la diversidad cristiana existente.

Y en relación con la sociedad y con el mundo, de los que la Iglesia es parte, es una buena ocasión para ensayar una presencia significativa y desde dentro. Una presencia fiable y estrecha, interrelacionada con todas las formas y múltiples aspectos de la vida,  sin querer exigir sumisión a los propios valores y a la propia moral sino siendo respetuosa y colaboradora con los valores de la universalidad y del cosmopolitismo. Una presencia samaritana, especialmente cercana e inmersa entre los sectores más vulnerables y excluidos por las múltiples formas de pobreza y marginación… Pensamos que es un bonita ocasión para volver a aquella luminosa imagen que soñaba para la Iglesia el Vaticano II: “Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre hueco en su corazón” (GS 1).

   
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