Es inasumible el paralelismo que, según parece, se hace en el escrito de Ramón M. Nogués entre el juicio a Jesús, o las sentencias contra los mártires, con el reciente  juicio contra los responsables de las ilegalidades del frustrado «procés».  A lo largo de todo el mencionado escrito parece subyacer la idea de que Jesús de Nazaret toma partido en este pleito a favor del independentismo catalán y sus figuras prominentes y en contra del poder estatal que se le opone y los sentencia. ¡Extraña teología!, Ante una cuestión como esta, la respuesta del Maestro es: ¿Quien me puso de Juez entre vosotros?  (Lucas 12:14). Así respondía Jesús a un hombre que le pedía: Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia. La respuesta de Jesús significa que él se inhibe en este juicio y remite al demandante a las leyes y los tribunales que en aquella época entendían sobre herencias. Pues bien, la ley que actualmente en nuestro país entiende sobre estas cuestiones políticas se llama «Constitución Española de 1978». Jesús de Nazaret no vino a abolir ese tipo de leyes, sino que aporta un espíritu nuevo que las supera y las hace innecesarias. Su enseñanza: A quien te pleite la túnica dale también el manto (Mateo 5:40), expresa la esencia de ese nuevo espíritu que pasa de leyes y tribunales. Quien se siente interpelado por esa enseñanza del Maestro se apresura a ponerla en práctica él mismo, y no a lanzarla, en provecho propio, contra los oponentes con quienes pleitea.

Cuando falta esa armonía, que es un signo del Reino de Dios que los seguidores de Jesús queremos construir en el mundo, las leyes humanas se hacen imprescindibles. El escrito que comentamos abunda en expresiones que trivializan o minimizan la importancia de las leyes. Leyéndolo, parece que se considera una virtud el desprecio a las mismas y se relativiza su funcionalidad. Da a entender que la ley bajo la que se realizó el juicio del «procés» es injusta y que es honroso transgredirla. ¡Inadmisible!, la Constitución Española tiene toda la legitimidad que tiene que tener para que su vulneración constituya un crimen merecedor de castigo. ¿Quiere Ramón M. Nogués suprimir esa ley? ¿y porqué no, también, el Código de Tráfico y Seguridad Vial? Sin ese código de circulación cualquiera podría ir con su vehículo como quisiera y por donde quisiera. Es claro que sin esas leyes de tráfico se originaría un caos por las numerosas y graves colisiones de vehículos que se produciría. ¿Porqué ha de ser distinto en el caso de la vulneración de la Ley de Leyes, la Constitución que regula las relaciones de los poderes del Estado? La crisis que actualmente sufre Cataluña es la colisión que resulta de la falta de respeto a la ley constitucional. ¡Extraño que se considere una virtud desobedecer esa ley que busca la armonía y la paz entre los ciudadanos!

El argumento: Se hizo la ley para las personas y no las personas para le ley, no viene al caso para la actual cuestión que tratamos, la de la sentencia contra los responsables del «procés», pues este juicio se hizo en el marco de una ley, que como las que regulan el tráfico vial, tiene como finalidad el bien de las personas. Pero es que, además, cuando en el escrito que comentamos se usa ese argumento, ¿de qué personas está hablando? Parece que en el contexto de ese escrito las únicas personas que cuentan y que merecen respeto son los independentistas catalanes. ¿Es que ignoramos que más de la mitad de la población de esa región no es independentista? Sin olvidar al resto de la población española que también tiene algo que decir en el asunto, pues la Constitución fue sometida a la aprobación de todo el país.  ¿Es que se le niega la condición de personas a quienes no aprobamos el separatismo? Esta distinta valoración de las personas es propia del elitismo que caracteriza todo movimiento nacionalista, el sentimiento de pertenecer a una etnia o grupo social superior. Esa fue la actitud de quienes, en el Parlamento catalán, aprobaron la normativa del referendum del 1 de octubre de 2017. Esa normativa vulneraba no sólo la legislación española sino también la catalana misma, y se hacía sin respeto a los derechos de la población no soberanista. Ahí no se tuvo en cuenta que es la ley para las personas y no las personas para la ley, o simplemente no se reconocía la condición de personas a quienes querían ser españolas además de catalanas.

Cuando se crea un monstruo como ese del nacionalismo, luego después el monstruo adquiere vida propia y se le va de las manos a su creador, se hace incontrolable. Y eso es lo que está ocurriendo actualmente en Cataluña. Quienes impulsaron la falta de respeto a la autoridad estatal se encuentran ahora con que las masas tampoco reconocen y respetan su autoridad (Con la misma vara que midáis, seréis medidos). Actualmente, es peligroso para alguien con sensatez del ámbito independentista atreverse a llamar a la prudencia a las masas que creyeron en la falacia del soberanismo, so pena de ser clasificado como «botifler» (traidor, pérfido). Se vieron ejemplos así en las violentas movilizaciones de la pasada semana. Pero ya hubo algún caso así hace dos años, en el marco de la ilegal proclamación de independencia de Cataluña. En realidad, tal proclamación fue hecha por personas que no creían en ella, pero que no podían controlar, ni menos aún contrariar, a las masas que la reclamaban. Lo prueba el hecho de que Puigdemont, tras la proclamación de la independencia, sin acordarse siquiera de arriar la bandera española del edificio de la Generalitat, se apresuró a dirigirse a Gerona para estar cerca de la frontera y cruzarla tan  pronto se produjese la previsible y legítima reacción de la autoridad estatal española.

¿Quién puede ahora asumir la dirección correcta de la población nacionalista frustrada? Es como un rebaño sin pastor. La persona que detenta la autoridad formal de la Generalitat no puede, no sabe o no quiere decirle a esa gente que la prometida independencia es inviable. Ese señor no tiene ni puede tener la confianza de la población catalana no independentista, y puede perder la de la población nacionalista si cambia su discurso. Él no forma parte de la solución del problema, sino del problema mismo. Así las cosas, ¿qué solución puede tener ahora el estropicio de Cataluña? Rota la convivencia que con dificultad se pergeñó durante la Transición, hace 40 años, y que simbolizaba la Constitución que entonces se elaboró, y que el nacionalismo catalán violó, ¿cómo restaurar ahora la normalidad?

La dificultad para el restablecimiento de la convivencia ahora no está sólo en Cataluña sino también en el resto de España. Los excesos del nacionalismo generaron un renacimiento y fortalecimiento del fascismo en el país. Ambos engendros de Satán se nutren el uno al otro de argumentos para la intransigencia. La sentencia del juicio a los responsables del «procés» deja descontentos, por opuestos motivos, a los miembros de ambos colectivos. El nacionalismo la interpreta dura e injusta, y se nutre del agravio que experimenta con ella. El fascismo se siente agraviado también pues se opone a todo tipo de indulto o amnistía en este terreno, y, de alguna manera, parece que la sentencia en cuestión puede interpretarse como una especie de indulto encubierto dado que los presos permanecerán en cárceles catalanas donde cualquier juez simpatizante con su causa puede decidir el pase de los presos a esa situación que en términos legales llaman “tercer grado penitenciario”, lo que puede concretarse pronto en su liberación “de facto”. Esto, sublevará a los fascistas, e incluso a muchas personas que no lo son, y no aplacará a los independentistas pues su verdadero objetivo no es la liberación de los presos sino la independencia de la región catalana.

Con este sombrío horizonte y el agravamiento de la situación que se vislumbra en el porvenir, los escritos como el de Ramón M. Nogués que comentamos no contribuye precisamente a restaurar la convivencia que hasta ahora amparó la Constitución. Ese tipo intervenciones busca halagar y justificar el extremismo nacionalista, eludir la responsabilidad de decirle la verdad a la gente; es alimento ideológico del extremismo que va progresando en Cataluña. Me parece que a ese autor no le alcanza la bendición de Jesús cuando dijo: Bienaventurados los pacificadores porque ellos serán llamados hijos de Dios.

Faustino Castaño, perteneciente a Redes Cristianas

   
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