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Todos coincidimos en que la crisis financiera se ha hecho sentir de manea lacerante en nuestra economía y en la calidad de vida, sobre todo en la de los más pobres, como siempre pasa. No estamos ante un problema solo económico centrado en la merma de ingresos, la inestabilidad laboral o el paro, que ya es grave, sino ante unos daños colaterales en forma de ansiedad, frustración, angustia, incertidumbre, etc., etc., que aplastan el ánimo de millones de personas. Y la cacareada recuperación económica no ha llegado a los más desfavorecidos.

Creyentes y no creyentes nos enfrentamos por igual a un plus de dificultades que afectan directamente a la calidad de vida personal y relacional. Lo peor de todo es que esta crisis viene precedida por otra de no menor calado, cual es la crisis espiritual y religiosa propiciada por un materialismo que se nos ha incrustado en los recovecos del alma sin apenas darnos cuenta. Hablamos de Dios pero muy poco con Dios.

Yo creo que se nos ha olvidado rezar y aquí lanzo tres cables para que el Espíritu reviva en nuestra oración:

A/ Hablar y escuchar son las dos caras de la oración. Es lo propio de una historia de amistad-amor. Necesitamos hablar, que el corazón exprese sus sentimientos. Ahí están los salmos, con sus ejemplos de invocación según los estados de ánimo: salmos de desahogo y enfado por la injusticia recibida; salmos de aceptación, salmos de acción de gracias, salmos de júbilo y alabanza… La vida misma. Recordemos que la oración siempre es escuchada, pero solo hay encuentro cuando también estamos dispuestos a escuchar confiadamente, tanto en los días luminosos como en las “noches oscuras”.

B/ La calidad de nuestra oración depende de la calidad de nuestra vida, y viceversa. Se nos olvida que la principal característica de la fe como virtud teologal es que, sin obras, es una fe muerta. La verdadera fe, San Pablo la llevó “más allá de toda esperanza”. Cuando la fe en las creencias es más importante que las vivencias, corremos el riesgo de rezarnos a nosotros mismos. Por algo nos dijo el Maestro que por nuestros hechos nos conocerán.

C/ La oración auténtica es liberadora. Nos hace crecer como personas porque en la medida que Dios encuentra acogida, resplandece en nosotros su imagen y semejanza divina, a pesar de las coyunturas de la vida. La fuerza de nuestra debilidad es la oración porque a través de ella nos hacemos más personas, más libres, y se nos debería de notar, al menos en una mayor capacidad de perdonar, de aceptación ante lo inevitable (nada que ver con la resignación) y de nuestra capacidad de amar.

Cuanto más frágiles nos sentimos, más cerca está nuestro Padre, que no falla nunca. Pero una cosa es que Jesucristo nos prometió fuerza, luz, compañía y capacidad de transformación del mal en bien, pues somos las manos de su Reino, y otra, que no podemos convertir la plegaria de petición en una especie de sucursal bancaria que en función de nuestros méritos o deseos de sanación en la enfermedad, dinero en la pobreza, compañía humana en la soledad. Él ya sabe de nuestras necesidades y de nuestra limitación para pedir aquello que nos conviene. Él hace salir el sol todas las mañanas para todos, se regala cada minuto en nuestra existencia. Busquemos el reino de Dios y su justicia apoyados en la oración, que lo demás nos vendrá por añadidura. Dios cumplirá todas sus promesas.

Termino con una bella reflexión de la madre Angélica, franciscana y fundadora de la Eternal Word Television Network, una importante cadena por satélite de Estados Unidos: “Dios te oye. Oye tus gritos en la noche, sabe lo abrumado y afligido que estás, y siente el peso de tu carga. Sabe que cuando eres feliz te preocupa que cese la felicidad. Sabe que cuando sufres, tu soledad te paraliza. Sabe lo que ocurre en tu corazón. Ésta es la razón por la que debes mantenerte ceca de Él y hablarle con frecuencia. Cuando comprendas que es tan real como la persona sentada junto a ti podrás abrir el corazón a este Amigo divino. Es verdadera lucha. Es una verdadera lucha. Pero luchas junto a un Padre que la comprende y junto a su Hijo, cuya lucha fue como la tuya, y junto al Espíritu Santo, que te otorgará todo lo que realmente necesites para preservar en la lucha. Dios está de tu parte. Háblale y presta atención a su respuesta”.

   
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