images1El 1 de marzo de 2020 ha sido un nuevo hito en el largo camino que algunas mujeres en la Iglesia iniciaron hace tiempo (y están dispuestas a continuar) para denunciar el patriarcado de la institución y la invisibilidad con que les regala y relega.

Este año, colectivos en Alemania como “María 2.0”, el movimiento internacional “Voices of Faith” y la “Revuelta de Mujeres en la Iglesia” en España, ha salido a la calle, se han manifestado en Santiago, Madrid, Barcelona, La Rioja, Valencia, Zaragoza, Sevilla…

para romper el silencio, ejercer su igualdad y dignidad, denunciar el estado de situación y anunciar sus reivindicaciones de una Iglesia profética, comunidad de iguales, sororal y circular “hasta que la igualdad sea costumbre”.

No asumen la voz de todas las mujeres en la Iglesia católica pero sí denuncian la situación de discriminación e inequidad que viven todas.

Son mujeres comunes: profesionales, ciudadanas, madres, trabajadoras dentro y fuera de casa, con pareja o sin ella, con orientaciones sexuales diversas, religiosas y laicas… que han encontrado en Jesús de Nazaret y en su propuesta de felicidad y Buena Noticia una manera de vivir con sentido y construir vidas dignas de ser vividas por todxs.

Están insertas en múltiples ámbitos, comprometidas en la iglesia como educadoras de la fe, en la acción social, acompañando la liturgia y acompañando a colectivos vulnerables… y en movimientos sociales: asambleas feministas, colectivos de apoyo a lxs migrantes, plataformas contra los desahucios, mareas ciudadanas por la educación, la sanidad o las pensiones, en medios de comunicación, en la lucha contra la trata, la prostitución y la violencia de género, apoyando ampas, comedores sociales, colaborando en grupos de consumo y luchando para sostener nuestro planeta, escribiendo y enseñando teología, haciendo música, danza y pintura, y las más valientes y generosas en las fronteras y las periferias: en África, Asia, América…con lxs descartadxs, lxs que el sistema económico neoliberal dice no valen, cuyas vidas no importan, en las fronteras de Melilla y Ceuta, en la frontera de Méjico, en Ruanda, Angola…

Se saben acompañadas por tantas mujeres de la larga tradición feminista que les ha permitido ser ciudadanas de pleno derecho. Se sienten parte de una historia con pasado y con futuro, se saben acompañadas por tantas mujeres que durante más de dos mil años han vivido la experiencia de la fe y han reclamado el papel que les corresponde en la casa común, la Iglesia de Jesús, el Cristo.

Son conscientes de que el ¡Basta ya! que han gritado el 1 de marzo en España, en Europa y en el mundo no va a ser el último, porque queda mucho camino por construir en una Iglesia arraigada en el patriarcado, en una concepción de desigualdad e incapaz de verlas, de mirarlas de frente e incorporar el aliento que el Espíritu también manifiesta a través de su pensamiento, su palabra, su servicio y su silencio. Por eso contemplan que esta Revuelta abra en un futuro no lejano encuentros con responsables de la jerarquía en España que abra cauces de diálogo y estrategias para ir afrontando y superando las situaciones denunciadas.

Porque las mujeres en Revuelta creen en los signos de los tiempos saben que el Espíritu se manifiesta a través de ellos (los signos) para permitir que el mensaje de Jesús responda a los anhelos de las mujeres y hombres de cada momento histórico y chocan con la gestión que del tiempo hace la Iglesia, víctima de su propio peso, de sus propias inercias, de su autorreferencia frente a la referencia permanente a su Señor que la quiere libre y en camino.

Redes Cristianas ha apoyado desde el primer momento esta iniciativa, en coherencia con su historia en la que la voz de las mujeres está siempre presente desde diferentes colectivos como los grupos de Mujeres y Teología y Católicas por el Derecho a Decidir, entre otros.

Este 1 de marzo muchas mujeres han alzado la voz para anunciar que una Iglesia de iguales es posible en la medida en que sea fiel al Evangelio, y para denunciar las múltiples formas de injusticia, invisibilización y abusos que sufren por el arraigado clericalismo, así como por la cobardía de la institución para abordar cambios en su propia organización interna.

Vienen de lejos, de las mujeres valientes y libres de las primeras comunidades cristianas, de una larga tradición feminista, pero sobre todo vienen de creer en la Buena Noticia de Jesús que transgrede las normas de una sociedad patriarcal y anuncia vida y vida en abundancia para todas y todos.

 
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