VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

Atrio

Jose María Castillo3.jpgLa rebelión de Milingo ha forzado que el tema del celibato obligatorio para los sacerdotes haya sido objeto de una reunión de todos los responsables de la curia romana con el Papa. Ya sabemos que nada va a cambiar. Pero esta cuestión es una más y no la más importante de las que se plantean en torno a la elección de obispos y sacerdotes, como explica el autor.
El término “invitus” es una palabra latina que califica al que hace una cosa contra su voluntad. “Coactus” indica al que se ve forzado a hacer algo.

Estos dos términos se utilizaron ampliamente en los primeros siglos del cristianismo para referirse a los numerosos casos de obispos y presbíteros que llegaban al sacerdocio, no por su propia voluntad, sino porque se veían forzados a aceptar un cargo que ellos veían como una auténtica carga. Este asunto fue estudiado por el gran teólogo Y. Congar (Rev. Sc. Phil. et Theol. 50, 1966, 169-197).

Por ejemplo, para Clemente de Alejandría (s. II) era normal que un cristiano fuse ordenado sin que ni siquiera se hubiera ofrecido libremente para ejercer cargo alguno en la Iglesia. San Cipriano fue elegido obispo de Cartago (s. III) a pesar de él mismo. Basilio y Gregorio de Nacianzo se vieron forzados por el pueblo a aceptar la ordenación. Y más conocido es el caso de San Ambrosio, que fue designado obispo de Milán por aclamación popular y no obstante sus resistencias para aceptar el cargo. Algo parecido ocurrió con Juan Crisóstomo y, sobre todo, con San Agustín. Esta práctica era tan común, en la Iglesia antigua, que el Código de Justiniano (I, 3, 30, 4) dispone que se debe buscar para la ordenación al que ha de ser “forzado” y al que “huye” del cargo. Fue famosa la resistencia de Gregorio Magno (s. VI) para aceptar los cargos que ocupó, incluso el de Obispo de Roma.

La legislación de la Iglesia, durante los primeros 10 siglos, fue recogida en el Decreto de Graciano: “El gobierno debe ser negado a los que lo desean, de la misma manera que debe ser ofrecido a los que huyen de él” (can. 9, q. 1. C VIII). La cuestión del derecho, incluso del deber, de rechazar las dignidades y de no acceder a ellas, a no ser forzado de alguna manera, fue una de las cuestiones clásicas estudiadas por la gran Escolástica, especialmente por Santo Tomás (Quodlibetales III, 9; XII, 17).

¿A qué viene recordar aquí todo esto? En la historia de la Iglesia, la vocación al sacerdocio se ha entendido de dos maneras. En la actualidad, tiene vocación el que se siente llamado interiormente y es aceptado po el obispo. En la antigüedad, tenía vocación el que era elegido por el pueblo cristiano, aunque él no se sintiera llamado ni quisiera ejercer cargo eclesiástico alguno. Dos formas de entender la vocación. En la actual, la decisión brota del sujeto. En la antigua, la decisión venía de la comunidad. ¿Cuál de estas dos formas es la mejor para la Iglesia?

Es claro que, en la sociedad actual, nadie debe ser obligado a ejercer un cargo que no desea. Cuando se trata, no ya de la sociedad, sino de la Iglesia, estamos hablando de una institución a la que uno pertenece libremente y porque quiere estar en ella. Por supuesto, la Iglesia debe aceptar para ejercer el sacerdocio a aquellos que se sienten llamados por Dios para esa tarea.
Pero esto tiene dos posibles inconvenientes:

1) Que quieran hacerse curas individuos que no quieren o no pueden hacer otra cosa, como ocurre en gente que ambiciona trepar o que no dispone de otros medios para dejar trabajos más humildes, como ocurría antiguamente y sigue pasando en sociedades pobres.

2) Que no haya suficientes cristianos que digan que se sienten llamados a aceptar el sacerdocio y sus obligaciones, por ejemplo, el celibato o la obediencia al obispo. Esto es lo que ocurre ahora. Cada día hay menos sacerdotes y menos seminaristas, sobre todo en Europa y Estados Unidos. Por eso hoy ya la Iglesia no está cumpliendo lo que mandó el Vaticano II (LG 37) y se recoge en el can. 214 del vigente Código de Derecho Canónico: “Los fieles tienen el derecho a recibir de los Pastores sagrados la ayuda de los bienes espirituales de la Iglesia, principalmente la Palabra de Dios y los Sacramentos”. Cada día hay más parroquias sin párroco y más fieles sin misa los domingos. Y no se ve una solución, a corto plazo, si las cosas siguen como están.

Yo no estoy de acuerdo con la ley del celibato obligatorio para todos los sacerdotes. Pero no creo que la solución esté solamente en suprimir esa ley. Más bien, la Iglesia tendría que pensar en recuperar su práctica antigua. Quiero decir, cuando falte un obispo en una diócesis o un párroco en una parroquia, que se reúna la comunidad (diocesana o parroquial) y haga lo que se hizo durante más de 10 siglos.

La gente conoce, en cada sitio y en cada ciudad, a la persona que puede reunir las mejores condiciones para ejercer un determinado cargo. Esto es lo que pasó en Milán con San Ambrosio o en Hipona con San Agustín. Y fueron grandes obispos.

Sería conveniente descentralizar el sistema actual de nombramientos para cargos eclesiásticos. Quienes saben quién puede ser el mejor obispo en tal ciudad o el mejor párroco en un pueblo son los vecinos de ese pueblo o de esa ciudad. Por supuesto, la elección de la comunidad tendría que ser aceptada por el obispo, en el caso de los párrocos, o por la Conferencia Episcopal (con aprobación del Papa), cuando se trata de un obispo. La actual crisis de vocaciones no tiene que preocupar a la Iglesia. La solución está en sus manos. Bastará con modificar las condiciones actuales para la ordenación sacerdotal. En la Iglesia hay muchos cristianos que ejercerían el ministerio sacerdotal mejor de como lo ejercemos bastantes de los que nos hemos formado según una tradición que ni fue tan antigua, ni tampoco fue la costumbre original de la Iglesia

   
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