Moceop

Pope Godoy.jpgCuando las situaciones comienzan a hablar y las personas escuchan sus voces, entonces emerge el mundo sacramental»
-¡Fermina, Fermina!, gritaba el chiquillo en el campamento infantil junto a la playa, ¡Fermina! Mi abuela te conoce. Lo decía con alegría y con asombro, sin sospechar la prolongada trayectoria de Fermina en el barrio granadino de Cartuja. Pero ¿quién no conoce a Fermina en ese barrio? Trabajadora social, puede decirse que ella “abrió” el Centro de Salud de Cartuja, allá por el año 1985… Desde entonces sigue allí al pie de la marginalidad y de los conflictos… Bueno, seguía hasta hace poco. Porque ahora nos lo cuenta Fermina

«UN AÑO DE PARO»

Amaneció lluvioso, normal para noviembre. Pensé que era una señal del año que iniciaba de excedencia voluntaria para cuidar de mi madre, afectada de una demencia desde hace ocho años, y en un estado tan avanzado que no pronuncia palabra. ¡Qué ironía! Una mujer que la palabra fue su gran arma.

Los amigos me avisaron:
-Te va a resultar muy duro el cambio de vida. De trabajar intensamente, sin horas, en un barrio marginal de Granada, a un pueblo de 300 habitantes. Pensé que tal vez tuvieran razón.
Pero la realidad ha resultado muy distinta. Me planteé hacer una vida “activa” en mi año de retiro y puedo decir que no he tenido tiempo de nada. Cuando el corazón y los ojos están abiertos a la realidad, el trabajo siempre surge. De hecho, me planteaba dos cosas: además de atender a mi madre, naturalmente, como mi tarea principal.

Una: escribir la historia de mi madre. Luchadora, servicial hasta extremos épicos. ¡Dejar su cama para los familiares de los ingresados en cualquier hospital de Granada! Con un sentido innato de la justicia que la hacía reaccionar como la mejor militante sin saber lo que significaba esta palabra. Tanto que en pleno franquismo fue detenida y estuvo dos días en el cuartel de la Guardia Civil de Motril por oponerse y capitanear una revuelta en el pueblo.
Lo mejor que puedo decir de ella, al igual que de mi padre, en los tiempos que corren, es que naciendo “rica”, tenían cierto patrimonio familiar, va a morir pobre, con una pensión que no le llegaría ni para pagar un Centro de Atención.

Atender a mi madre durante este año ha sido una tarea muy, muy gratificante. Vivir la dependencia hasta estos extremos nos hace relativizar nuestras angustias por el porvenir, pone patas arriba “nuestras” seguridades. ¿En que ponemos nuestra seguridad? Plantearnos ¿qué es eso del abandono?

Por otro lado, como este año no trabajo, vivimos de su pensión. Otra gran constatación: ¡qué poco hace falta para vivir! Y cuántas falacias inventamos por aquello de la calidad de vida. ¿Calidad de vida es igual a poder acumulativo? ¿A tener todo resuelto? ¡Pero si no está en nuestra mano!…

Cuando me dicen: -“¡qué suerte tiene tu madre, tener quien la cuide! A nosotros nos espera otra cosa…” Se equivocan. Suerte la mía: haber podido vivir esta experiencia de abandono, de gratuidad, de ternura… Mi madre no habla, no come ni bebe si no se le da…Pero sonríe con las caricias y los besos, con la visita de sus nietos y ya sus tres biznietos… que, con menos de tres años, ya saben besar a la abuela… y en sus primeras frases dicen “que es viejecita”. La cogen de la mano y ella sonríe. Es su respuesta al estímulo. Sólo sonríe.
Pero este propósito, escribir la historia de mi madre, tendrá que ser el año que viene, porque no he tenido tiempo. El reto sigue pendiente.

Mi otro gran propósito era recuperar “mi capacidad orante”, dedicando tiempo, atención amorosa al que sabemos que siempre está ahí… Tampoco he cumplido este propósito. Aunque en el camino de oración una no sabe nunca si está al principio, a mediados o al final del camino… “La atención amorosa”, como la definía Carlos de Foucauld, es una actitud más que un tiempo o una actividad. A nosotros sólo nos tiene que preocupar lo que dirían los antiguos: “poner de nuestra parte”. Lo demás nos será dado.

Pero, a pesar de estos propósitos no cumplidos para este tiempo, la vida es más. Como decía al principio, cuando el corazón y los ojos están abiertos, los compromisos siguen: las reuniones de la Asociación de Vecinos del pueblo se celebran en mi casa.

Y ahora, en verano, hago de cocinera en unos campamentos que la Asociación de Adultos de Cartuja organiza para niños de familias en dificultad social. ¡Qué realidad! Niños entre 6 y 12 años… rotos… rotas… siendo las víctimas de esta sociedad de locos, sin estructura familiar… El niño no vive. La violencia es su respuesta, no saben relacionarse más que pegándose o insultándose… Son el reflejo de la sociedad que vivimos.

A veces no son pobres. Son familias con ingresos estables, pero sólo le compran cosas: móviles, aparatos de música, ropa de marca… pero no los atienden.
¿Y mi madre? Pues aquí conmigo, en el campamento… feliz de ver pasar a los críos…

Este tiempo se me ha pasado volando. El año se pasa y me planteo la jubilación adelantada. No sé si las propuestas del Gobierno me serán de aplicación, pero en cuanto cumpla los 60, que falta poco, me jubilo. Llevo trabajando treinta y ocho años en la misma empresa. El trabajo es un bien a compartir. Vienen detrás jóvenes sobradamente preparados. Yo no soy imprescindible en mi Centro ni en mi barrio y he aprendido que necesito muy poco para vivir.
Y además: ¿Quién nos garantiza el futuro?

Hasta aquí Fermina. Me envía este escrito redactado a mano, con su letra inconfundible. Allí en el campamento infantil no tiene ordenador. La llamo por teléfono. No es que hablemos con mucha frecuencia, pero cada vez que nos comunicamos me queda la misma sensación de plenitud: su aplomo, su coherencia personal, su lucidez de análisis, su sentido del humor y ese lenguaje suyo desgarrado, nada convencional.

De forma atropellada, hemos recordado tantas experiencias compartidas. Hemos revivido aquella muchacha menuda, con sus dos coletas casi infantiles, pasando información durante la clandestinidad. Su eficaz colaboración activa en aquella trágica huelga de la construcción en 1970, donde murieron tres albañiles por disparos de bala. Desde su situación laboral privilegiada en un espacio abierto como el hospital, supo canalizar información, consignas y ayuda económica.

Pronto empezó a estar fichada. El gobernador civil de entonces envió una “orden” al director del hospital para “que vigile a esa trabajadora porque acude a reuniones de carácter subversivo y porque tiene amistad y relaciones con jesuitas (¡sic!) de dudosa conducta”.
Siempre fue descomunal y fulminante su capacidad movilizadora. Como cuando inició una huelga tan imaginativa y eficaz como no usar el ascensor porque al personal de limpieza se le había prohibido usarlo. Hasta los médicos la secundaron. Las escaleras del hospital se llenaron de trabajadores que subían y bajaban… En pocas horas acabó la prohibición.

Me pierdo en todas esas historias tan densas, tan comprometidas, tan radicales y tan gratificantes. Una vecina del Polígono de Cartuja decía: «vosotros es que la conocéis sólo de ahora… Pero ¡vosotros no sabéis lo que ha sido la Fermina!»
Pero vamos a lo de ahora, aunque sea un mínimo botón de muestra.

Dime, Fermina, ¿desde cuándo estáis organizando estos campamentos infantiles?
-Desde hace 20 años. (¡Veinte años!, subrayo yo). Todo lo hacemos a base de voluntariado. Empezamos la red de voluntariado con los colegios de escolapios y maristas. Aquella gente joven fue creciendo y, al llegar a la universidad, han seguido creando cauces de solidaridad, incluso con el tercer mundo (Me desmenuza muchas de estas acciones, pero éste es otro campo que exige capítulo aparte).

-¿Cuántas niñas y niños traéis a los campamentos?
En esta tanda estoy con nenes de 6-12 años. Pero también organizamos una tanda con niños de cero a 6 años. Cada tanda tiene entre 80 y 90 niños. Este año ha venido un niño… ¡con seis meses! ¡Cómo estarán los padres para enviar a su niño a la playa durante diez días!

-Y ¿cuánto personal hace falta para esa patulea de niños?
Tenemos 40 monitores. Todos voluntarios. Entre este voluntariado hay personas que se engancharon desde el principio y mantienen su continuidad. Algunos ya casados y con hijos. Por ejemplo, un profesor de la universidad que ha mantenido su compromiso año tras año. Ahora sigue viniendo, pero ya con su mujer y con sus dos hijas.

Imposible reflejar aquí todo cuanto Fermina me va contando. Nos quedan muchos temas pendientes. Pero uno se lo he dejado caer para otra ocasión. Fermina pertenece a la Fraternidad de Foucauld. Siempre ha tenido una “vena contemplativa” que yo admiro y venero. Algo dice en su escrito, pero ¡ojalá que nos lo explicite alguna vez!

Por último, intento resumir como tres facetas que me llaman mucho la atención en Fermina y que no puede desmenuzar más: su compromiso netamente político y su independencia frente a instancias políticas concretas. Su compromiso radicalmente social y, de nuevo, su independencia frente a opciones sindicales concretas. ¿Alguien da más? Pues sí: su profundo, gozoso y enraizado compromiso cristiano junto con su fascinante y exigente libertad ante toda norma.

¡Gracias, Fermina! Y no te cabrees (como el comisario de policía con tu apellido, ¿te acuerdas?) Sin duda que habrá otras muchas personas que merecen toda nuestra admiración. Pero a ti te conozco y todo lo que digo aquí es fiel reflejo de la realidad que has vivido y sigues viviendo. ¡UN ABRAZO MUY ENTRAÑABLE!

Pope Godoy

   
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