VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

Enviado a la página web de Redes Cristianas

Desde nuestros pueblos y nuestras luchas, desde el caminar de las y los pobres y excluidos del mundo, saludamos el encuentro de la fe y el compromiso acontecido en esta inédita Asamblea Eclesial de la que esperamos emerjan nuevas fuerzas y atrevimientos para una iglesia continental necesitada en las calles y en los senderos donde la humanidad se juega la existencia.

Para ello, desde nuestros corazones hacemos oír nuestras voces como ecos del clamor de los pueblos originarios, las víctimas de desaparición forzada, las y los jóvenes, las multitudes que migran, las diversas fes y confesiones religiosas, las mujeres, las y los defensores de la Madre Tierra.

Desafíos y esperanzas que deseamos resuenen también en las aulas y pasillos y diálogos de la Asamblea, y provoquen las respuestas pertinentes:

Nuestros desafíos y esperanzas en medio del camino

Reconocemos el esfuerzo de sinodalidad que inspira esta Asamblea y deseamos que en ella y después de ella se haga posible el sueño de un nuevo modelo de práctica pastoral, en el que el pueblo sea otra vez el protagonista de la misión por el Reino.

Que el distanciamiento enorme entre las prioridades de la cúpula eclesial y las de las bases se diluyan al tocar la necesidad real del pueblo de Dios.

Que la iglesia toda se baje de los caballos y carros en los que se ha montado y camine al ritmo de los pueblos mirándolos como actores, sujetos y no simples espectadores.

Desde los pueblos indígenas y afroamericanos esperamos comunidad
Que nuestro modelo ancestral de asambleas comunitarias, donde el consenso se construye entre todos y todas, pueda ser tomado de ejemplo en la construcción de la iglesia sinodal querida por el papa Francisco.

Que tengamos como Iglesia la inquietud y los ojos abiertos para dejarnos tocar y ponernos al servicio de las comunidades y no como directivos de las mismas.
Que se impulse el diálogo más allá de espacios particulares y reducidos, en la vida cotidiana de nuestras comunidades eclesiales, siendo esta Asamblea un primer aprendizaje para aportar un nuevo modelo de caminar juntos y de hacer y ser iglesia.

Que nos re-eduquemos para este cambio de paradigma pastoral, presencial y de servicio que nos sitúe en salida, a la intemperie, para construir a partir del caminar junto con los pueblos una nueva manera de leer la realidad que nos permita corroborar los resultados de nuestros análisis con la realidad que viven las personas, y no priorizar otras cosas.

Que en esta Asamblea los pueblos indígenas tengamos la palabra, más allá de lo virtual, desde nuestras cosmovisiones que necesitan expresarse en presencia.
Desde las y los jóvenes esperamos rebeldía

Que sea tomado en cuenta el acumulado de experiencias desde la iglesia de los pobres, desde los pueblos, desde las y los jóvenes que han hecho aportes importantes a los procesos de liberación. Que no se ignore la larga tradición social y política de la Iglesia de base en nuestro continente.

Otro aporte importante que esperamos ver reflejado en la Asamblea Eclesial es el trabajo del papa Francisco con los movimientos populares a nivel mundial, en donde él enfatiza el carácter carácter mundial y ecuménico del compromiso por un mundo mejor, no solo en lo religioso sino en este sentido de recuperar la experiencia de organizaciones sociales que no son parte de ningún credo y que están haciendo una labor importante de trabajo en el día a día.

En el último Encuentro Mundial con los Movimientos Populares colocó la atención en la importancia de la lucha en contra de las grandes corporaciones que están destruyendo a los pueblos, habló de la lucha anti-minería, de las campañas de odio a través del uso de las tecnologías, de la urgencia de liberar las patentes de los medicamentos ante la emergencia global por la pandemia, de acabar con el bloqueo económico contra países, de acabar con el neocolonialismo, acabar las guerras… se debe recuperar y emular este llamado porque es un mensaje que pone los pies en la tierra, a partir del dolor que viven los pueblos pero también a partir de sus reclamos y sus resistencias.

Hay un conjunto enorme de problemas que nos rebasan tan solo de mencionarlos, pero que están teniendo formas de salida en discursos políticos y religiosos fascistas, fundamentalistas que están permeando mucho en la gente, porque ante tanta desolación, hay una necesidad de rebelarse; pero desde los sectores eclesiales, desde los sectores populares que tenemos una esperanza distinta frente al fascismo, no hemos sabido contagiar nuestra esperanza, y para hacerlo necesitamos y esperamos de la Asamblea Eclesial un carácter agitativo, rebelde, subversivo, que deje las tibiezas, y se rebele con energía para contagiar esta esperanza.

El que haya gente que se compre ese tipo de discursos excluyentes, no se debe a que sea tonta o sea engañada, sino a que encuentra ahí una vía de canalizar su coraje, su rabia, su desolación. Tenemos ante ello el desafío de poner en práctica sin medias tintas un tipo de discurso y un tipo de práctica que acerque a los corazones a salvar a la humanidad de los grandes problemas y a salvarla de estas opciones fascistas.

Deseamos que la Asamblea Eclesial se anime a juntar la esperanza con la rebelión, y recupere lo fundamental del cristianismo: los vínculos comunitarios. En la autocomprensión de los pueblos como sujetos religiosos, existe como base el pensarnos como comunidad y esa parte es muy importante frente a una cultura donde permean las salidas individualistas y desesperadas. Apostar a lo comunitario, en la práctica diaria de los creyentes y no sólo en la Asamblea es importantísimo.
Lo comunitario, la esperanza, la rebeldía, la rebelión deben articularse con el trabajo de las iglesias y las organizaciones populares.

Desde las familias que buscan a sus desaparecidos/as esperamos valor, presencia, acompañamiento
Que se escuche y tome en cuenta este tema tan doloroso que padecen miles de familias: la desaparición forzada, que es un flagelo que va en aumento en nuestra región, convertido en una crisis humanitaria, con mas de 90 mil personas tan solo en nuestro país. Sería muy esperanzador que este nuestro clamor se ponga sobre la mesa de la Asamblea y de las iglesias.

Hay muchísimas cosas que reflexionar, como lo que vivimos día a día las familias de desaparecidos: que la violencia va en aumento, que muchas veces los mismos jóvenes que han sido reclutados por el crimen organizado, participan de la desaparición de personas, que se ha normalizado la violencia.
Esperamos que se rompa la pasividad de la mayoría de las iglesias en relación con la inseguridad y la desaparición forzada, que salgan a las calles, porque la realidad está ahí y no en los templos.

Que venzamos el individualismo que nos hace solamente quedar como observadores y no volteamos a ver qué pasa al otro a la otra, ante un sinfín de problemáticas que visualizamos desde nuestro caminar en búsqueda, y frente a las cuales nos hemos organizado en colectivos. Luchar por una causa más grande nos hace más fuertes.
Hemos encontrado personas de fe que acompañan a las familias. Y con su presencia han bendecido esos lugares donde buscamos a nuestros hijos e hijas y en los pareciera que no hay vida y no hay esperanza, y sabernos acompañados nos brinda esperanza. Pero son miles de personas desaparecidas, miles de familias en búsqueda, por lo deseamos que las iglesias se abran al diálogo y sepan qué está pasando.

Deseamos que, como nosotras, las iglesias se indignen por las injusticias y no queden como observadoras silenciosas. Muchos son los desafíos en este caminar, pero el que nos afecta muchísimo más como familias en búsqueda, es la indiferencia social o la criminalización, porque se piensa que las personas desaparecidas son delincuentes, se les etiqueta y no se acercan a las familias para conocer sus historias, sus vidas. Este desafío nos ha lacerado mucho, y a veces los mismos familiares y la sociedad tienen miedo al dolor.

Sumado a esto, nos enfrentamos también a la indiferencia institucional, sin acompañamiento jurídico o psicosocial. No nos queda más que acompañarnos entre nosotras las familias y así nos damos cuenta de todos los desafíos que tenemos que enfrentar, frente a la apatía y la poca voluntad de las autoridades por procurar la justicia. Deseamos que esta indiferencia no exista en las iglesias.

Es muy importante también el acompañamiento espiritual, pues la fe en Dios nos ha sostenido en la búsqueda de nuestros seres queridos desaparecidos, entre la basura y en situaciones de riesgo. Necesitamos mucho de las personas de fe, de las iglesias: tienen que salir a las calles y ver la realidad. Nos estamos acostumbrando a las narrativas de violencia y desaparición y feminicidio… ¡no debe de ser!

Nuestro clamor es un llamado a la reflexión, porque es un drama que va en aumento, son miles de familias. De las iglesias esperamos que promuevan el amor a nuestros semejantes, que acompañen a quienes están con este flagelo muy difícil de sobrellevar día a día, de despertarnos sin saber qué pasó con nuestros hijos, con nuestras hijas.

Desde las y los migrantes esperamos acogida, protección, promoción e integración
La migración es un fenómeno social de escala mundial: 281 millones personas viven en un país distinto del que han nacido. En América Latina, desde hace décadas ocurre una guerra de baja intensidad que ha desplazado a millones y derrocado regímenes políticos, y que es una de las causas principales de la migración forzada: la injerencia de EUA en nuestros países. Otra es la violencia, emparejada con la pobreza, los fenómenos naturales y el deseo de reunificación familiar.

Todo este cóctel de razones estructurales echa por tierra cualquier respuesta asistencial, como son las “ayudas humanitarias” de Estados Unidos y organismos internacionales, que no entienden que una ayuda sustantiva sería retirar sus intereses geopolíticos y geoestratégicos en nuestra América.

Por nuestros países transita un sujeto migrante que huye de la pérdida: de la pérdida de tierras, de familia, de amigos, de trabajo, de seguridad… y se mete al terreno de la sobrevivencia en el territorio nacional, siendo víctima del crimen organizado, de autoridades de todos los niveles y de empleadores principalmente. La trata y tráfico de personas, el secuestro y reclutamiento, la utilización de mulas que llevan droga a Estados Unidos, tienen en las personas migrantes un objetivo económico muy jugoso, un negocio sustancioso.

Esta dramática realidad impone una respuesta distinta desde la sociedad, incluida la Iglesia.
El papa Francisco ha marcado en cuatro verbos la directriz para la pastoral migratoria: acoger, proteger, promover, integrar al migrante. Implícitamente nos está diciendo: no basta con el albergue que dé hospedaje y dé comida, tenemos que proteger al migrante, con la coordinación psicológica, jurídica, el acompañamiento pastoral, por lo que también desde los albergues, sin descontar los centros defensores de derechos humanos, se necesita que al migrante no sólo se le asista.

A diferencia de otros sujetos sociales en conflicto claramente definidos en su identidad, el problema con la y el migrante es que todavía no es sujeto de su propio destino. El migrante tiene voz, pero no tiene espacio para expresar su voz, no tiene recepción de su voz y entonces aquí está una tarea para las iglesias: hacer el espacio para que el migrante pronuncie su voz, incidir jurídica y políticamente para que el migrante después de un trabajo digno tenga acceso a los demás derechos (vivienda, salud, educación, transporte, reunificación familiar…).

Sin estas mediaciones, difícilmente el anhelo de Francisco de Roma se puede cumplir: acogerles en un lugar seguro, proteger sus derechos, promover para facilitarles el acceso a los bienes de la sociedad de destino e integrarles.
Esperamos que de la Asamblea Eclesial y de todas las iglesias del continente, nazca el valor y la creatividad para superar el asistencialismo, para proteger y pasar a la incidencia política y social con el tema migrante.
Desde las organizaciones sociales de inspiración creyente esperamos una Iglesia pobre, una Iglesia pueblo

Por un lado, que la jerarquía de nuestra Iglesia deje de caminar por un rumbo distinto al de estos rostros sufrientes, que acompañe a la iglesia pueblo de Dios que está ahí en el drama de las periferias existenciales, es una reserva tal vez pequeña, pero ahí está en el acompañamiento, con algunos pastores (sacerdotes y religiosas) y con el pueblo organizado que viene caminando en diferentes procesos por décadas.

Sabemos que es ambicioso y retador este llamado de los pueblos y nos asaltan dudas porque ha habido las últimas décadas un silencio ominoso de parte de la jerarquía de la iglesia católica ante las injusticias y, contra toda esperanza, esperamos que algo nuevo surja de la Asamblea Eclesial, que el Espíritu se haga presente y toque sus corazones, porque también necesitamos de esa jerarquía comprometida, estamos carentes de ella.

Justo por esta historia de desapego y de abandono por parte de la jerarquía de la realidad de los rostros sufrientes de hoy, es por lo que nos da esperanza que la Asamblea Eclesial apueste por una Iglesia pueblo de Dios, y que desde ahí alce su voz y busque caminos para ir incidiendo en la Iglesia institución e ir posicionándola en el corazón de los temas urgentes y necesarios, donde tocar puertas acompañada de la iglesia pueblo de Dios, fortaleciéndose con y desde la gente pobre de abajo, de las bases, para ir tejiendo sensibilidad, teniendo en cuenta que como Iglesia aún se goza de una capacidad de convocatoria grande y que esperamos sea encausada para fortalecer los procesos de lucha, estos procesos de vivencia del evangelio hoy.

Estos rostros sufrientes están clamando por ese acompañamiento y por ese testimonio.En el momento más difícil de nuestra historia, esperamos que la institución eclesial esté a la altura del desafío.

Desde los pueblos en defensa de la tierra esperamos testimonio profético
Enfrentamos hoy más que nunca la dinamitación del tejido social en nuestros pueblos, donde las empresas extractivas implementan todo su poder político y económico, dividiendo familias y a la comunidad, provocando inseguridad con amenazas, campañas de desprestigio contra nuestro trabajo, con la complicidad de los tres órdenes de gobierno y muchas veces de la misma Iglesia que invisibiliza el impacto de la población por medio catequistas y mayordomos a quienes las empresas dan regalías para crear un ambiente de represión hacia quienes se oponen a la explotación de recursos.

Por ello esperamos que el papel de la Iglesia no sea más de omisión o complicidad, sino de valentía y solidaridad siendo fieles al mensaje del papa Francisco en la Laudato Si’.

Esperamos que la iglesia no sea más canal de discriminación de los pueblos que se oponen a la minería a cielo abierto que el papa Francisco ha declarado que atenta contra la creación y el cuidado de la casa común.
Esperamos que la Iglesia se una a los procesos organizativos de los pueblos contras los proyectos extractivistas, que nos acompañe, que defienda la madre tierra, que dé testimonio profético ante los proyectos de muerte y destrucción.

Desde una perspectiva ecuménica esperamos un diálogo que nos acerque a las periferias existenciales de la humanidad
Que la Iglesia católica trascienda el ecumenismo jerárquico, con gusto por el café y la fotografía, pero que no pasa de aquellos momentos devocionales y otros muy particulares que no permean a las bases y debilita el papel profético de la Fe (con mayúscula).

Que la Asamblea Eclesial haga eco al papa Francisco al hablar de tres diferentes formas de ecumenismo: el ecumenismo de la sangre desde el que compartimos mártires comunes, el ecumenismo del pobre como una causa común desde las diferentes denominaciones y finalmente, el ecumenismo de la misión, del servicio, del trabajo conjunto para el testimonio de la fe.

Que se evite el ecumenismo del odio, donde el fundamentalismo de algunas expresiones religiosas y el integrismo de la iglesia católica romana se hermanan en causas para descalificar la diversidad, la complejidad, incluso a las personas marginadas.

Esperamos un diálogo ecuménico que abone al compromiso eclesial compartido con las periferias del mundo. Para ello necesitamos educar y reeducarnos, desde una pedagogía que nos permita desaprender para poder aprender la Buena Nueva de una esperanza rebelde, presente en la insurrección de Jesús de las sombras de muerte, quien al levantarse de entre los muertos, invita a sus discípulos a hacer lo mismo para la transfiguración del mundo en el Reino, para impulsar el amor al prójimo con mayor nitidez.

En este escenario que vivimos en el mundo actual, han nacido, más allá de nuestras sesudas convicciones denominacionales, espacios ecuménicos interdenominacionales para acompañar las causas de las víctimas, en articulaciones con resultados alentadores. No se renuncia a nuestras convicciones denominacionales, sino que las hemos reservado, priorizando la causa de sobre todo mujeres que están en búsqueda de sus seres queridos desaparecidos.

En este sentido, esperamos que desde la Asamblea Eclesial y las todas las iglesias se reconstruya lo que hemos concebido hasta el momento como ecumenismo, para superar la lógica jerárquica y poder encontrarnos mediante una nueva pedagogía, un ecumenismo de base, más profético en donde dispongamos y pongamos en práctica como prioridad este testimonio de amor al prójimo, de responder a la interpelación de las víctimas, de ver juntos la realidad y el testimonio profético de las madres en búsqueda, que interpelan no sólo a las autoridades, sino también a las diferentes instancias de fe.

¿Cómo pensar, cómo explorar un ecumenismo liberador, profético, de base? Mediante una gran disposición, pero sobre todo priorizando las causas de los pobres, por sobre nuestras convicciones denominacionales. Hay que deconstruir, descentrar, demoler estas comprensiones del ecumenismo que tenemos hasta la fecha todas las partes, para reconstruir una nueva visión profética y liberadora.
Parte de esta deconstrucción, implica un espíritu crítico de la propia confesión religiosa (autocrítica), para quitar el exclusivismo religioso que nos ha dañado tanto.

Desde las mujeres esperamos ser protagonistas de nuestras luchas y nuestras iglesias.
Cuando se habla de las mujeres, resulta que somos la mitad del mundo, y esa mitad del mundo, muchas veces no es tomada en cuenta.
Por ello esperamos una Iglesia que se comprometa a que ninguna pase la vida, intentando reconstruir a la mujer que le rompieron: todos los días en todo el mundo se rompen a las mujeres.
Deseamos que ninguna tenga que llorar en secreto para que un hombre siga siendo recompensado en público.

Que nadie nos obligue a mirar a las otras con prejuicios y a actuar en contra de ellas.
Que seguir nuestra vocación no sea un premio para después, sino un derecho para el ahora, cualquiera que sea nuestro tiempo.
Que nadie nos impida sentir, vivir y hablar de Dios, lo divino es también nuestra experiencia.
Que en las Iglesia se supere la comprensión de que las mujeres hemos nacido para ser serviciales, atentas, porque cuidamos y nos dicen eso es maravilloso. La mayoría de los jerarcas católicos tienen esa visión de la mujer como doméstica. Esa no es nuestra identidad.

Las mujeres somos cuidadoras de vida. Se oye precioso, pero a costa de qué, a costa de todo, dejamos en los otros todo lo que somos. Se dice que eso es natural. No hay mayo falacia que eso, no es natural, sino aprendido.
Pero los hombres también han sido construidos ellos no nacen, se hacen; y de igual manera se les entrena para que sean todo lo que son: para que manden, para que sometan, para que violen… todo eso se los enseñaron, lo aprendieron y lo viven todos los días, y también lo consideran natural. Deseamos una Iglesia que desnaturalice estas comprensiones, que desaprenda el patriarcado, y construya relaciones diferentes entre hombres y mujeres.

Uno de los mayores desafíos al pensar que la Iglesia debe estar formada por hombres y mujeres por igual, se da al mirar los puestos que las mujeres ocupamos en la institución eclesial: en el Vaticano y en nuestras iglesias. La mayoría son de servicio doméstico y administrativos. Y en puestos de decisión son solo 9. Son puestos importantes sí, que el papa ha dado a las mujeres y que nunca habían ocupado mujeres. Se ve como magnífico, pero nos preguntamos en qué manera está cambiando la comprensión de la iglesia sobre los prejuicios de género.
Esperamos que como Iglesia nos atrevamos a leer el evangelio con ojos, mente y corazón de mujer.

Que se transforme la formación de los seminaristas, porque están formados para ser unos patriarcales y clericales, para tener el poder, para ejercerlo autoritariamente. También deseamos que se deconstruya el concepto de la vocación como un llamado privilegiado para ese poder.

Queremos una Iglesia que dé a sus aspirantes al sacerdocio una formación seria en el terreno sexual, para que dejen de sentir que en cualquier momento pueden poseer a una mujer, sea monja, casada, soltera, divorciada. Y que los varones consagrados no se sientan con derecho de hacer de los niños sus objetos sexuales.
Si esto no cambia en la Iglesia, esa Iglesia se va a caer. Las iglesias las llenan las mujeres. Este tiempo de la pandemia puso en crisis a las iglesias porque se vaciaron de gente y no hubo limosnas, pero si las mujeres se pusieran en huelga y abandonaran las iglesias, dejaran de ir, las iglesias se caen, ellas son pilares de las iglesias, las sostienen. Muchas mujeres ya lo han hecho, se han salido de las iglesias, porque ya no les dicen nada, por el comportamiento de los varones y ese patriarcado que hemos aprendido todas y todos.

Las mujeres hemos descubierto las raíces de esa realidad, y hemos empezado a ser libres, primero con miedo y con dolor al descubrir y tomar conciencia que se nos ha convertido en objeto. Pero al tomar decisiones y nuestra propia vida, miramos el patriarcado en la jerarquía de la iglesia, y no queremos sostener más esa estructura.
Hoy estamos invitados e invitadas como iglesia a tener una nueva manera de vivir y de comportarnos, a hacer una cosa circular, pero nos cuesta creerlo, ¿qué tan circular podemos ser en este modelo jerárquico?

Se nos ha dicho a las mujeres que por el bautismo somos sacerdotes, profetas y reinas. Pero cuando queremos ejercer el profetismo, se nos dice que no, cuando queremos ejercer el sacerdocio, no se nos permite, y cuando queremos ejercer el gobierno, tampoco. El bautismo nos llena de posibilidades, pero hay que romper los muros que nos las impiden.

Cuando vemos que en México se mata a 11 mujeres al día por ser mujeres, y el odio que sienten a veces los varones por las mujeres al grado de matarlas, vemos ahí un desafío para las iglesias, que catalogan los feminicidios como inventos, exageraciones. Hay una tarea importante qué trabajar desde y como Iglesia.
¿Cómo nos imaginamos una vivencia de las mujeres en la iglesia de este nuevo milenio?

Será una mujer que experimenta vivir la iglesia como un recurso excelente para su vida, porque ésta ya desmontó en su interior el mito de la superioridad masculina como el fin de un mundo binario: el de una realidad dual antagónica, fin de los complementos de género; en esa iglesia desapareció la dominación que toma como pretexto el sexo. Será una iglesia en que todavía encontrará algunos y aún algunas que se aferran a vivir de la identidad femenina-masculina del siglo XX, como único significado existencial, pero que mayoritariamente habrá logrado modificar esa conciencia y además, será ejemplo de relaciones más humanas entre hombres y mujeres; las mujeres serán tomadas en cuenta no como mujeres sino como sujetos; habrá logrado dar el paso a estructuras de justicia igualitaria como coherencia evangélica.

Esa iglesia será de aquellas instituciones sociales en que destacan con más viveza las prácticas democráticas como fermento de vida social y política para las sociedades. Ya no más será instrumento para el sometimiento de las gentes a los gobernantes.

Se encontrará en una iglesia que mayoritariamente será conducida no por clérigos sino por seglares, mujeres y hombres. Los clérigos habrán abandonado su posición sacral porque a nombre de lo sagrado dejaban de ser humanos en muchos aspectos y también en el sentido de actuar a nombre de Dios; esa Iglesia ya no se sentirá dueña y controladora de Dios. Su actitud será más humilde porque conociéndose limitada contribuirá sencillamente con otras religiones, con los hombres y mujeres de todo el mundo a construir mejores realidades.

La iglesia se considerará como comunidad humana genéticamente ligada al conjunto del cosmos que nos invitará a revisar el sistema de valores y a reemplazar las ideas jerárquicas del universo por una concepción de interdependencia a todos los niveles de la existencia, ligados a un destino común como humanidad, y llamados a salvarnos conjuntamente.

Esa mujer actuará en el espacio eclesial que ha logrado reformular su propuesta a la sociedad, iglesia que ha bajado de la cruz a los pobres, que no hace del sufrimiento su eje central, que contribuye a llevar una auténtica buena nueva a los oprimidos por la contribución solidaria a mejorar su vida cotidiana. Una iglesia que ha roto el círculo vicioso de responder de acuerdo a lo que el pueblo vive y siente cuando fue la misma iglesia quien le llevó a esa situación. Considerará el pluralismo como base de una auténtica unidad.

Esa mujer cristiana encontrará en la iglesia en primer lugar una actitud de amor misericordioso, no de condena. Se habrá eliminado el enfoque biologicista que la Iglesia tiene de las mujeres. Esa mujer se animará a elaborar una teología –al lado de muchas otras– en que ella se vea más interpretada, más cercana a Dios: considerará a Dios como Misterio, como presente en lo humano, como es el misterio mismo de lo humano, para rebasar aquellas concepciones que imaginan a Dios exclusivamente como lo masculino.

Participará en la reformulación de una nueva ética que entre otros aspectos considere la sexualidad, el gozo como algo positivo y será promotora de nuevas liturgias. Será un día coordinadora de su iglesia local. Esas iglesias locales que se reúnen para alabar a Dios por las riquezas encontradas, experimentadas, animadas por Dios liberador de toda realidad.

Esa mujer continuará contribuyendo solidariamente a la superación de todos los miedos de donde surjan y de la eliminación de todas las esclavitudes, presiones, injusticias, dolores, sufrimientos que almacena la humanidad. Recordará con gratitud y amor los orígenes del cristianismo como liberador de las mujeres y el por qué muchas mujeres del mundo greco-romano querían ser cristianas al sentirse tomadas en cuenta como iguales en aquellas primeras comunidades cristianas que trataban sinceramente de hacer vida el evangelio.

Observará cómo terminó el miedo que la humanidad de los pasados milenios tuvo a lo femenino porque expresaba las fuerzas de la vida que son oscuras, inmensas, seductoras, unas veces silenciosas, otras ruidosas que parecen escapar al control de la razón pero que son temidas por su grandeza. La humanidad en sus dimensiones femenina y masculina se habrá reconciliado consigo misma.
Esperamos que así y mejor sea.
(Fuente: Leonor Aída Concha hss,
La mujer en la Iglesia del presente milenio, 2011)

Desde el corazón esperamos una Iglesia que no se salve al margen del mundo

Estamos marcados por un clima de violencia, de violencias que nos imponen el gran desafío de pensar hoy una manera distinta en la que la dimensión espiritual de la vida pueda cambiar el mundo.

Mucho tiempo se ha criticado a las iglesias en general porque prometen un mundo muy bonito en otra vida. Ahora estamos en un momento urgente en el que esa vida plena del evangelio sea afirmada hoy, cuando entre la juventud, hay una gran parte de ellos que deciden no vivir por mucho tiempo, prefieren vivir poco pero bien y se alistan a los grupos del narcotráfico y mueren muy jóvenes. Hemos llegado a momentos tan innombrables e indescriptibles de la vida humana, en que, a pesar de tanto progreso tecnológico, la gente muere por una gripe, porque no llegan las vacunas. ¿Cómo es posible que estemos tan marcados por la muerte, a pesar de que se haya aumentado la expectativa de vida, por la violencia?

Estamos en un momento en el que las cosas indecibles las tenemos que revertir en el sentido de desatar la esperanza por la vida, pero una esperanza que esté relacionada con una promesa de vivir aquí y ahora, del gusto por vivir la vida, por sostenerla y luchar en ella. Urge retomar esa esperanza de que seamos mártires porque vivimos y no porque morimos.

Urge afirmar la vida de manera comunitaria, que es un lazo clave que nos ayuda a encontrar que la solución de las contradicciones y de los problemas y del acumulado de cosas, se puede resolver solo en comunidad.

La Asamblea Eclesial ha hecho confluir una diversidad de experiencias a lo largo y ancho de Nuestra América, que se congregan con temáticas comunes y con respuestas diferentes. Deseamos que pueda llegar a un consenso para poder construir un mundo diferente sin perder esta esperanza y donde como ha querido el papa, las y los protagonistas sean primero el pueblo y de último los obispos y el papa.

Esperamos que la nueva experiencia eclesial que nazca de este Encuentro sea de contacto y de contagio, de estar en la realidad para poder ver la infinidad de tejidos donde se mezclan todas las problemáticas en un contexto particular, desde donde podemos y debemos afectar.

Esperamos que se siembre y cultive la capacidad de escucha permanente. Que el otro y la otra se sientan escuchados y atendidos

A las y los participantes de esta Asamblea Eclesial de América Latina y Caribeña, les acompañamos, les interpelamos y les decimos, en palabras del entrañable poeta uruguayo:

No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
no te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo

pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo.

   
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