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Nos duele el alma ver la Amazonía en llama, flagelo alentado por las declaraciones escandalosas del presidente de Brasil. Lastimosamente se está cumpliendo la profecía de monseñor Leonidas Proaño, cuya ‘pascua’ número 31 acabamos de celebrar este 31 de agosto pasado, cuando decía: “Debemos actuar antes de que sea demasiado tarde, antes de que la ambición y la codicia de unos pocos conviertan a nuestro planeta en una luna muerta, en un cementerio del espacio”. El pulmón del planeta se está asfixiando por ‘la ambición y la codicia de unos pocos’, principalmente las multinacionales de la soya y la caña de azúcar que queman impunemente cada año miles y miles de hectáreas, sembrado cenizas y muertes de ecosistemas multimilenarios no sólo con su vegetación y sus animales únicos, sino también con sus numerosos pueblos ancestrales.

La magnitud de esta tragedia criminal salta a la vista y desvela cuanto se ha destruido de la selva amazónica en estos últimos 50 años: ¡este año el doble de superficie del año pasado! Para “honrar” a las vergonzosas declaraciones del presidente Bolsonaro, apoyado por el esquizofrénico presidente de Estados Unidos, los propietarios de las multinacionales brasileñas han inaugurado un “Día nacional del fuego” al prender deliberadamente miles y miles de incendios nuevos. ¿Hasta dónde avanzará la locura humana?

En contra de todo esto, por todas partes del globo, surgen descomunales protestas contra la idolatría del dinero, llamando al boicot de los productos brasileños cultivados en la Amazonía. Felizmente los jóvenes son muy numerosos en estas denuncias de un crimen de lesa humanidad. Pues, ¡la Amazonía es de todos! y no sólo de los 9 países que tienen la dicha de tenerla en sus territorios nacionales. Es un Bien común de la Humanidad entera.

Las Iglesias católicas de estos 9 países van a tener en Roma en este próximo mes de octubre un Sínodo, o sea, una reunión extraordinaria de obispos con el papa Francisco. Denuncian la destrucción inmisericorde de la Amazonía y de los pueblos que la habitan y renuevan su compromiso cristiano en defensa de toda vida. Desde más de 2 años lo están preparando mediante una ‘Red Eclesial Panamazónica’ muy activa. En su Documento preparatorio al Sínodo están proclamando la responsabilidad ineludibles que tienen las Iglesias para proteger los pueblo originarios y la naturaleza amazónica, creación de Dios como ‘Casa común’ de la humanidad toda. En Ecuador los obispos y las Iglesias del Oriente, tal como llamamos esta parte amazónica de nuestro territorio nacional, están activamente comprometidos en esta tarea.

Con una temática parecida, las Comunidades Eclesiales de Base latinoamericanas, -estos grupos cristianos de los sectores populares del campo y de la ciudad-, están preparando para el año 2020 su XI° Encuentro continental cuyo objetivo general es precisamente: “Escuchar el clamor de la tierra y de los pobres, para redoblar los esfuerzos en cuidar, vigilar y defender la vida amenazada”. Se trata de una reunión, todos los 4 años, que se inició en Brasil en 1980 y que va más allá de las fronteras latinoamericanas. En 1984 la diócesis de Cuenca tuvo la dicha de ser sede de dicho encuentro. Esta vez será la ciudad de Guayaquil.

Defendamos la Amazonía, individual y colectivamente, comenzando con la de nuestro país, porque ya nos damos cuenta que defender la naturaleza es salvaguardar nuestra propia existencia. No podemos estar de brazos cruzados frente al progresivo proceso de una nueva extinción de la vida en nuestro planeta si no tomamos medidas alternativas urgentes junto a muchos grupos: hemos tomado conciencia que los derechos de la naturaleza son también los nuestros porque somos una sola unidad de vida y de destino. Que nos confirmen las expresiones alentadoras del poeta y sacerdote nicaragüense Ernesto Cardenal: “El amor es la única ley que rige el universo… La materia que rige el universo es amor y toda alma que Dios crea la crea enamorada”.

   
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