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“Fue en Antioquía donde por primera vez los discípulos recibieron el nombre de cristianos” (He 11,26). Así, de una forma tan concisa, relata el libro de los Hechos dónde comenzó el apodo de los seguidores de Jesucristo.

Pero antes de que este término se enseñoreara, perdurando a través de los siglos hasta nuestros días, a los seguidores de Jesús se les denominaba de otra forma. Cuenta también el libro de los Hechos de los Apóstoles, que Saulo de Tarso iba hacia Damasco para capturar y llevar detenidos a Jerusalén a «los seguidores del nuevo camino, hombres y mujeres» (He 9,2). Este término, los seguidores del nuevo camino, aparece reiteradamente en otras citas (He 16,17; 18,25-26; 19,9.23; 22,4; 24,14.22).

Yo creo que podríamos volver a reapropiarnos de esta expresión, que se dio en los primeros años del cristianismo, ya que no ofrece definiciones inflexibles que no hacen más que dividir, sino más bien una invitación a seguir recorriendo el camino cotidiano de la existencia de una manera muy sencilla y, esto, es algo fundamental para el encuentro profundo con el otro, con las alegrías y los sufrimientos de los demás, con la novedad y la sorpresa del sendero de la vida, con la incertidumbre y el reto de seguir confiando en la buena noticia de Jesús, que se mantuvo siempre, constantemente en camino por los senderos de Palestina, para alzar de las cunetas a los heridos, oprimidos y excluidos del sistema.
Como cuando el mismo Jesús salió al encuentro de los discípulos en el camino hacia Emaús, para volver a infundirles ánimo y esperanza, para que reemprendieran la vuelta a la senda de la reilusión y la libertad personal y comunitaria.

Por los diversos caminos de la historia pierden su valor las verdades inamovibles, dogmáticas, eternas, porque lo importante en la vida es discernir en cada cruce del recorrido, qué nos dice hoy la Divinidad, su Presencia y su Voz manifestada en los rostros y las existencias de los hombres y mujeres de nuestro mundo y esta hora, en especial de los más despreciados y olvidados.
Porque la fe (que es algo consustancial a toda la humanidad ‒junto a la espiritualidad‒, aún expresada mediante distintas religiosidades, creencias y convicciones diferentes), en el Misterio y en el ser humano, tiene que cambiar, adaptarse, renovarse constantemente, porque si no se quedará como algo perdido en el pasado, en el olvido, sepultado.

La fe y la esperanza empapada de vida tiene que vivirse como un permanente éxodo, como pascua –el paso hacia otra realidad‒, seguimiento de alguien que nos convoca al amor, a la donación gratuita, al agradecimiento permanente, a la libertad. A la pasión por la vida.
Para ello hay que salir también de los templos que pretenden encerrar y aprisionar al Espíritu, para dirigirse a los caminos del mundo, para adorar al Corazón y el Manantial de la Vida, “en espíritu y verdad”, en la carne concreta de la Humanidad y de la Madre Tierra, del Universo en el que vivimos, respiramos, luchamos y trabajamos cada día.

Jesús le dijo a su amada María de Magdala, cuando ella le abrazaba fuerte, deseando que no desapareciera de nuevo: “Déjame María, no me retengas, porque tengo que seguir caminando, sanando, ofreciendo justicia, paz e ilusión. Nada nos separará ya más. Dile a mis amigas y amigos que no dejen nunca de caminar, ofreciendo la buena noticia de la liberación para la construcción de un mundo más justo, libre, reconciliado y fraterno. Nos veremos y sentiremos siempre, en cada recodo de los caminos de la vida, en el encuentro con los más empobrecidos y marginados y al compartir el pan, el gozo y las lágrimas, la fiesta y el abrazo”.

   
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