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Senegal es uno de los mayores viveros de inmigración ilegal a España. Su población más joven y cualificada se ve abocada a jugarse la vida ante la falta de empleo y expectativas para mantener a sus familias. Pero hubo un tiempo en que pareció que la pobreza del país podría superarse.

Hoy, a pocos meses de las próximas elecciones presidenciales, el país se debate en batallas políticas internas, mientras su población se sigue echando al mar en busca de futuro.

Se llama Ibrahima Seck y tiene 29 años. En su haber profesional, el diploma universitario de archivero. Vive –malvive– en Dakar. Lleva buscando trabajo, infructuosamente, durante año y medio. Y le urge dar con una ocupación porque, primogénito de una familia cuyos padres ya han desaparecido, tiene que hacerse cargo de toda su parentela: de su mujer y de sus dos hijos, de sus cuatro hermanos y de sus cuatro hermanas, y de un puñado de primos.
Hasta diciembre de 2004 pudo hacer frente, mal que bien, a las necesidades de tan numerosa parentela. Tenía un buen puesto en una empresa francesa de telefonía móvil. Pero todo se vino abajo cuando la firma decidió abandonar Senegal…

El joven Ibrahima comenzó entonces a fijar su atención sobre lo que era objeto de muchas conversaciones entre los mozos de su misma edad. Hasta entonces había oído lo que se comentaba en los corrillos al atardecer, pero como él tenía su trabajo seguro no se había detenido en los detalles. Ahora no le quedaba más remedio que agudizar sus oídos. Iría tomando nota de que una piragua estaría pronta a trasladarle a las Islas Canarias.
Improvisados navegantes. En la pequeña localidad de Joal, a unos 110 kilómetros de la ciudad de Dakar, se encontraría con la inesperada sorpresa de que sus compañeros de navegación superaban el centenar; eran, concretamente, 102. Ante ellos una singladura de 1.500 kilómetros, lo que significaba que el viaje se prolongaría entre cinco y siete jornadas, según estuviere más o menos benévolo el océano Atlántico.

Todos los ocupantes de la piragua –de edades comprendidas entre los 20 y los 40 años– eran conscientes de los riesgos que correrían de noche y de día sobre las aguas atlánticas. ¡Eran muchas las familias senegalesas que lloraban a sus hijos y sus hermanos muertos en la mar! “Peores cornás da el hambre”, pensarían, pese a todo, muchos de aquellos improvisados navegantes.

El paro hace estragos entre la juventud del país; e incluso los títulos universitarios de los afamados centros de Dakar y de San Luis son de escaso valor para dar con una nómina mensual. Esto explica que sólo en los seis primeros meses del año en curso más de siete mil africanos hayan tentado la suerte de alcanzar alguna playa canaria…

Es ésta una sangría dolorosa y muy pesada para el pueblo senegalés. Se le van los mejores de sus hijos: los mejor formados, los que tienen mayor arranque, los que son capaces de afrontar el futuro por incierto que éste pueda ofrecérseles. Son los jóvenes por los que apuestan sus familias: un puesto en la piragua cuesta del orden de 760 euros, cantidad muy importante que sólo es posible reunir con las aportaciones de los demás miembros de la familia. ¡A vida o muerte se juegan la partida los que parten y los que se quedan en la orilla!

Pobres, no miserables. ¡Ojalá fuera cierto todavía hoy lo que solía afirmar de sus compatriotas el primer Jefe del Estado del Senegal independiente: “pobres, pero no miserables”. Este juicio ha sido cierto durante muchos años. Tiempos hubo, además, en los que parecía que la pobreza iba a ser superada si no de modo total sí significativamente. El largo mandato del presidente Senghor despertó extraordinarias expectativas. Fue una gran personalidad que se entregó en cuerpo y alma a la promoción de su pueblo.

El colonialismo francés –desde las últimas décadas del siglo XIX y primeros años del XX– había tenido a bien cruzar el país con importantes líneas ferroviarias. Con el paso del tiempo y tras la independencia del país, alcanzada el 20 de agosto de 1960, el ferrocarril fue un factor decisivo para los planes de desarrollo de Lépold Sédar Senghor; pero, arma de doble filo, dio ocasión a un impresionante éxodo de las poblaciones rurales hacia las zonas urbanas. A lo que se añade –para agravar el fenómeno– que la de Senegal es una población extremadamente joven, hasta el punto de que la mitad de la población tiene menos de 20 años.

¿No es fácil imaginar los problemas que comporta esta realidad? Hay que procurar un puesto de trabajo a cada joven en una hora en la que aumenta el paro y en la que éste afecta de modo muy particular a los más jóvenes; hay que estimularles a prepararse adecuadamente con los estudios o con la formación profesional en un Senegal que cuenta con una buena tradición al respecto, pero cuyos planes de escolarización no llegan sino al 50% de la presunta comunidad escolar; hay que evitarles la tentación de un fácil y peligroso nacionalismo porque Senegal, guste o no, es una nación ampliamente dependiente de las inversiones extranjeras e incluso de técnicos extranjeros; hay que levantar pisos al alcance de las fortunas menos privilegiadas; hay que consagrar atención particular a la condición social de las mujeres porque en un país musulmán hasta en un 85% de su población, la suerte de éstas resulta poco envidiable…

Servidor de su pueblo. Un día seminarista, Senghor, poeta y profesor metido a político dio siempre, durante sus muchos años de presidente, muestras de su vocación de servidor de su pueblo. Este criterio se lo inculcaron sus formadores cuando el muchacho Leopoldo aspiraba al ministerio sacerdotal. No lo ha olvidado en su prolongada gestión política. No podía olvidarse porque ahí estaba, muy unido a él, el misionero padre Leon Dubois. Este sacerdote normando le había bautizado cuando el muchacho contaba siete años; el misionero le había enseñado los elementos básicos de la lengua francesa y le había conducido a la escuela. Más tarde, completaría el bachillerato en París. Y conseguiría la licenciatura en Letras.

Su relación con el padre Dubois se mantuvo durante toda la vida de Senghor. Aprendió de él, entre otras muchas cosas, a ser dialogante. Manifestó su capacidad de encaje en la designación, por ejemplo, del musulmán Abdou Diouf como Primer Ministro o jefe de Gobierno, él que confesaba públicamente su credo cristiano. No faltaron entre los propios católicos quienes le criticaron. Entendían que estaba dando a los musulmanes una baza excesiva. Pero Senghor perseguía la armonía interconfesional y con esta designación pretendía lanzar puentes de reconciliación.

Lo consiguió; para fortuna de todos los senegaleses. El país se ha visto hasta ahora libre de tensiones entre las comunidades religiosas. No de las políticas. Su muerte desató los viejos diablos del tribalismo; y aunque su sucesor, el arriba mentado Diouf, trató de mantenerse en la singladura de Senghor, cuya política había respaldado con fidelidad y total resolución, no pudo mantener firmes las riendas del poder. La clase política se le echó encima.

Le sucedió Abdoulaye Wade. Víctima de las ambiciones de los políticos, se vio enfrentado a Idrissa Seck, su propio Primer Ministro que él había designado y con el que mantenía de tiempo atrás relaciones de padre a hijo. Idrissa acabó en la cárcel, luego en el exilio parisino. Su venganza no se ha hecho esperar: ya ha anunciado que se presentará a las elecciones presidenciales convocadas para febrero del próximo año y que su candidatura será la alternativa a la del propio presidente Wade, su antiguo mentor.

¡Ningún dato más significativo de las tremendas divisiones políticas que padece el país! La emigración hacia Europa, vía Canarias, se impone.

   
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