images1Desde la 1ª revolución industrial en los finales del siglo XVIII (estamos ya en la 4ª), se ha ido constituyendo un sistema económico donde el capital tiene primacía sobre el trabajo. La reacción de los trabajadores ha sido, en principio de resistencia con la creación de mutualidades; luego se unieron en sindicatos de clase, para acabar fundando confederaciones sindicales. Asimismo, se construyeron partidos de izquierda para transformar las sociedades capitalistas en sociedades socialistas; es decir, que en la empresa y en el sistema económico se diera prioridad a los trabajadores frente al capital.

Por las conquistas sociales los trabajadores han pagado un alto precio: asesinatos, encarcelamientos, torturas, desapariciones, despidos y prohibiciones de todo tipo. Por ello, manifestamos nuestro homenaje a todas las víctimas trabajadoras represaliadas. Debemos construir una sociedad en donde los trabajadores y las trabajadoras dejen de ser consideradas como mercancía, como unos instrumentos más de producción. La dignidad de la persona y los derechos humanos reconocidos por la ONU exigen una nueva economía donde el bien común de las mayorías prevalezca sobre los intereses y privilegios de las minorías.

Después de la II Guerra mundial y en plena Guerra Fría entre ambos sistemas económicos antagónicos, el miedo a la expansión del comunismo favoreció que,  en la Europa capitalista, la Social Democracia progresara en el desarrollo del “Estado de Bienestar”, del que se benefició modestamente la clase laboral española una vez integrados a la Unión Europea.

La desintegración de la URSS a finales de los ochenta del siglo pasado y la crisis económica neoliberal -fundamentalmente financiera-, a partir del 2007, han sido aprovechadas por las élites del capital apoyadas por los gobiernos sometidos a los poderes económicos, para ir desmantelando el “Estado de bienestar” y los derechos laborales conseguidos hasta esa fecha por el movimiento obrero y popular.

Las consecuencias han sido nefastas para la clase trabajadora en Occidente, y mucho más en los países en vías de desarrollo. En España, los sectores laborales más perjudicados son los mayores de 45 años, las mujeres, las empleadas domésticas, los obreros agrícolas y la juventud. El paro aumentó descomunalmente, sobre todo entre los jóvenes; se precarizó el empleo, se disparó el despido libre, se establecieron contratos basura y provisionales, casi desaparece el empleo fijo, se congelan salarios y pensiones, ya son tradicionales las subcontratas y los falsos autónomos, se imponen despidos masivos con los ERES empresariales para acumular más ganancias y se desahucia a las familias empobrecidas. Asimismo, se practica la semiesclavitud de inmigrantes, escasea la atención a las personas dependientes, permanece la desigualdad entre varones y mujeres y se han deteriorado los convenios colectivos. En gran parte los derechos laborales son “papel mojado” para muchas empresas que impunemente los incumplen, sin que las autoridades del Estado controlen la situación. Observamos, asimismo, el debilitamiento del sindicalismo con ciertas tendencias a acomodarse, que bloquea los esfuerzos de magníficos militantes. Esa problemática no se arregla solamente con migajas en salarios y pensiones acordadas por el gobierno. En un mundo donde la tecnología está sustituyendo a los trabajadores, puede que la Renta Básica Universal como horizonte contribuya a la solución integral que se necesita.

Al mismo tiempo, aumenta la corrupción entre las élites empresariales y partidistas; permanece la política de austeridad contra los trabajadores impuesta por la Unión Europea; la deuda de los bancos la ha pagado la ciudadanía; progresa la privatización de empresas públicas, de instituciones de enseñanza y hospitales de la Seguridad Social; prosigue la evasión de impuestos de las grandes empresas; se permite el saqueo de los fondos buitre especulativos; se mantienen los paraísos fiscales, y el Estado ha aumentado la contribución impositiva a los autónomos y pequeñas empresas.

La juventud se encuentra entre los sectores más perjudicados. El desempleo ronda el 50% en bastantes autonomías; Los empleos que han de aceptar son precarios, provisionales, con retribuciones miserables, y que en gran parte no corresponden a la promoción adquirida en la etapa de estudios; muchos han de emigrar a otros países de Europa y América para salir adelante. Ello perjudica existencialmente a gran cantidad de jóvenes: hay suicidios, caen en la drogadicción, no pueden emanciparse de sus padres, ni constituir una familia estable. La sindicación de los jóvenes y adultos temporeros apenas existe ante el temor al despido.

Por otra parte, el sistema educativo en su conjunto —especialmente el privado— y los programas mediáticos imparten en la juventud una ideología consumista, hedonista, individualista, pasiva y sumisa a la que contribuye el discurso clerical de la Iglesia, salvo honrosas excepciones. La falta de espíritu de lucha les incapacita para la protesta que revierta el sistema de explotación por otro de emancipación de la juventud trabajadora. Ahora bien, existe una minoría juvenil rebelde, entre los que se encuentran los participantes en el 15M, que tratan de subvertir el orden burgués establecido.

No obstante, Redes Cristianas reconoce que desde el 2007 en que se inició la crisis y a pesar de la “ley mordaza” y de la represión, ha habido muchas huelgas, paros de labores, manifestaciones, reclamaciones y denuncias de los trabajadores, donde la juventud y la mujer han tenido gran protagonismo. Actualmente, también los pensionistas jubilados están manifestando una conciencia de lucha admirable. Ello muestra un camino de esperanza para volver a recuperar el Estado de Bienestar y la implantación del derecho laboral justo como vía para que, con los sindicatos, los partidos de izquierda y las organizaciones ciudadanas, vayamos construyendo la república democrática y participativa del bien común.

Frente a la ”idolatría del dinero” (Francisco), levantemos la solidaridad de la clase trabajadora.

   
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