ene 042019
 

descarga1Hace tan solo un par de días concluyó en Madrid el 41 Encuentro Europeo de Jóvenes organizado por la comunidad ecuménica de Taizé. Esta reunión, que cada año se lleva a cabo en una ciudad de Europa, reúne a miles de chicos y chicas para compartir unos días de oración en las iglesias locales, además de convivir entre ellos y con las familias de acogida.

Para buena parte de la Iglesia de Madrid este encuentro había sido largamente deseado. Valencia y Barcelona ya habían sido sedes, pero los oscuros años de Rouco hacían impensable por parte del arzobispado una invitación a los hermanos de Taizé –requisito necesario para que el encuentro acuda a una ciudad. La llegada de Osoro hizo rápidamente posible dicha invitación y hemos podido constatar en la capital cómo la sencillez, la acogida y la oración despojada de elementos superfluos son mediaciones de una potencia incalculable para el encuentro con Cristo.

Unas sencillas bolsas blancas de papel, algunas fotocopias y un plano de la ciudad, no es necesario más. ¡Qué distinto el movimiento por las calles de aquella JMJ que llenó Madrid de mochilas patrocinadas y de multitudes! En la próxima JMJ que se celebrará en Panamá ya se habla de “rentabilidad” e incluso se anuncian promociones para tener descuentos en grandes centros comerciales.

Sin duda, hay intersecciones entre los jóvenes que participan en uno y otro encuentro, pero la voluntad sencilla de los hermanos de Taizé y su constante esfuerzo por acercarse a la realidad del mundo –palpable a través de talleres sobre trata de personas, refugiados, cambio climático o diálogo interreligioso, por poner algunos ejemplos– marca la diferencia con respecto a otros macroencuentros.

Ver este trabajo nos interpela, ¿por qué están nuestras iglesias vacías de chavales? Esto inquieta incluso al propio Vaticano, que convocó recientemente un Sínodo de los Obispos sobre los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional, en el que también participó el hermano Alois, actual prior de Taizé. En el documento final los obispos reconocían que nuestra Iglesia no siempre sabe escucharles y atender a sus verdaderas necesidades. “A veces predomina la tendencia a dar respuestas pre-confeccionadas y recetas preparadas, sin dejar que las preguntas de los jóvenes se planteen con su novedad y sin aceptar su provocación” (Documento final núm. 8).

De poco servirá preparar grandes movidas o hacer grandes discursos si no se atienden las necesidades reales de los chicos y chicas que, aunque raramente pisen una parroquia, siguen sintiendo en su corazón la necesidad de Dios, de valores y de compromiso para construir un mundo mejor. Escucharles con sus realidades distintas, acogerles como son y acompañarles para que respondan a las preguntas fundamentales que todo ser humano se hace: ¿quién soy?, ¿qué se espera de mí en la vida?, incluso, ¿qué quiere Dios de mí?, es el reto fundamental. Los hermanos de Taizé, con su discurso sencillo y práctico –tan distinto de los ‘rollos’ teológicos que normalmente pronuncian los obispos–, con su escucha cercana y con su manera de vivir, pueden ser un ejemplo para la Iglesia madrileña de cara a dar continuidad al encuentro durante el resto del año y recuperar a sus jóvenes.

 
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