VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

Enviado a la página web de Redes Cristianas

María Eugenia nació el 27 de agosto de 1936. Hija de Daniel y Marcela, tuvo tres hermanos: Norberto, José y Mario. Siendo hija única, fue la niña consentida. Se crio en Bogotá. Hizo la primaria en su propia casa. Desde pequeña manifestó gusto para la enseñanza, y recordaban sus hermanos, que colocaba en fila las almohadas, imaginando sus alumnas, les dictaba clases. Los primeros años de bachillerato fueron internos en el colegio de la Presentación en el centro de Bogotá.

A los 16 años entró a la comunidad de las Hermanas Misioneras de Santa Teresita, en donde fue docente por diez años aproximadamente, trabajando en el colegio de San José de Nus (Antioquia).

Deseosa de una vida de mayor entrega y santidad, ingresó al Monasterio de Clarisas de Santa Rosa de Osos (Antioquia), y al poco tiempo se trasladó a Montería (Córdoba). La Madre Cecilia Neira, con más experiencia en la vida monástica, acompaña esta nueva fundación. A ella, la joven y sobresaliente, se apoyará con confianza y sencillez. Dos años después es nombrada abadesa. Al cabo de diez años el monasterio alcanza el número de 24 monjas.

Allí, junto con sus hermanas, inicia un camino de cuestionamientos, estudios y búsquedas sobre las formas de la vida contemplativa, de pobreza y de seguimiento de Jesús. Los fervores renovadores del Concilio Vaticano II (1962-1965) y luego de la Conferencia Episcopal de Medellín (1968), transformaron paulatinamente la vida del monasterio. Las monjas están en un camino de búsqueda sobre su propia vida, abriendo progresivamente su corazón a las realidades del pueblo, al mundo de los pobres, en consonancia con las opciones de la iglesia

Hay cambios en la vida del monasterio. Desaparecen las “clases sociales” al interior del claustro: todas las religiosas son hermanas al mismo nivel, todas estudian, todas trabajan salen a los contactos necesarios para la vida. Adiós a las “externas”, adiós al velo blanco (las de los oficios), adiós al velo negro (las coristas). Todo en aras a una auténtica FRATERNIDAD FRANCISCANA. Estos cambios fueron madurando en la oración compartida y en los diálogos que sostienen las monjas comentando las lecturas mientras comen. Llegan al punto que cada una asume como “superiora” durante una semana, turnándose.

Estaban felices compartiendo su caminada con oraciones, trabajos, estudios, reuniones…hasta que un día llega el arzobispo de Cartagena, Rubén Isaza Restrepo, y las invita a su diócesis. Se reunieron todas, reflexionaron y decidieron: aceptaban pero con la condición que pudieran turnarse entre Cartagena y Montería.

Al llegar a Cartagena, se ubicaron en el barrio popular Torices. Al no estar condicionado el monasterio, la clausura estricta saltó arrollada por la llegada de los jóvenes universitarios, de personas adultas y ancianas que llegaban a orar y a trabajar con ellas. Pequeños trabajos que les permitía vivir pobremente: hacer hostias, bordados, tarjetas, “bolis”, empanadas. El ambiente era de una serenidad y alegría que invadía a quien se asomaba a ver qué pasaba allí. Pero no faltaron las denuncias a las autoridades religiosas y hasta el Vaticano por esa manera de vivir la vida contemplativa. La Congregación de Religiosos de Roma les propuso varias salidas: 1- Vincularse a una comunidad de vida activa, 2- Volver al monasterio de origen, 3- Regresar a sus casas

Finalizando una semana de ejercicios espirituales, en la eucaristía con el arzobispo, durante el ofertorio, doce monjas fueron firmando los rescriptos, por los cuales renunciaban a lo jurídico de los votos y optaban por seguir a Jesús, viviendo como FRATERNIDAD CRISTIANA FRANCISCANA-FCF (1° de noviembre de 1972). Doce quedaron en Montería y doce se aventuraron a la nueva etapa

Este proceso vivido con tanta claridad de consciencia e intensa oración, las motivó a lanzarse a la misión entre afro-descendientes y campesinos pobres, con una opción por los empobrecidos. El corazón de este pequeño núcleo de mujeres fue María Eugenia Velandia, asesorada por la hermana mayor Cecilia Neira y acompañada por las demás hermanas de camino y de vida.
En 1973 el arzobispo les asignó la parroquia de Palenque (Bolívar). El acercamiento a los empobrecidos iniciado en Montería, se volvió cercanía definitiva.

María Eugenia, después de un año de estudio en el CELAM en Medellín (1974), invitó al P. Dionisio Navarro, misionero español y el año siguiente al P. Lauro Negri carmelita italiano, a compartir la caminada con las hermanas de la Fraternidad Cristiana Franciscana. La fraternidad se volvió mixta e internacional aterrizada en Palenque primero y Malagana (Bolívar) después.
En 1976 se inició el primer compromiso concreto: la construcción, a puro esfuerzo popular, del bachillerato de Malagana, al servicio también de estudiantes de Palenque y de Sincerín (Bolívar). Allí la FCF conoce de cerca cómo vive la gente afrocaribeña, y aprendió a pensar en una pastoral que respondiera a esa cultura y vida.

Atesorando esta primera experiencia, la FCF acepta la propuesta de Mons. Rubén Isaza de encargarse de Marialabaja (Bolívar). Con 45 poblaciones, todo el equipo se volcó a la misión evangelizadora. En Cartagena mientras tanto, continuaba la Fraternidad de apoyo, a la cual se acudía de vuelta de Marialabaja, e igualmente de allí periódicamente las hermanas iban a aportar a Marialabaja su granito de arena a la misión.

María Eugenia como coordinadora femenina del colegio Rafael Uribe Uribe organizó el Centro de Capacitación de la Mujer, donde las mujeres aprendieron a decir su palabra y a aportar a sus familias y a la sociedad.

Las iniciativas se multiplicaron: autoconstrucción de un caserío, programa “Dedica un año de tu vida a los demás” para que los jóvenes se comprometieran con los empobrecidos, el surgimiento de cuatro pequeñas fraternidades animadoras de las comunidades de Marialabaja, Playón, Flamenco, Níspero.

En nombre de su fe en Jesús y en fidelidad a su espíritu contemplativo, María Eugenia despertó conciencia en cuantos la encontraban. No dejaba a nadie indiferente. Su amor a la niñez le dio por escribir “cuentos de catequesis”, muchos de los cuales aún circulan en algunos ambientes pastorales y colegios.

A ella se debe que en esta región se iniciara un proceso de relectura de la historia y el descubrimiento de la identidad afro, mestiza e indígena. La evangelización y el trabajo con el pueblo dio frutos: el templo y las iniciativas misioneras eran participados cada día con mayor entusiasmo. El templo que antes estaba reservado para los blancos de la plaza principal, ahora se llenaba de pueblo afro, campesino y popular, sobre todo con mucha presencia juvenil.

Las constantes y continuas tensiones y acusaciones de los politiqueros (ganaderos blancos), a pesar del riesgo que corría, dio más motivación al equipo misionero con su compromiso pastoral. Ser equipo compacto y sólido, fue su mayor fortaleza.

El no querer volverse repetitiva en pastoral y con un cierto cansancio, la FCF decide incursionar en el interior del país. El 12 de diciembre de 1988 deja Marialabaja, con un torozón en la garganta, y sale hacia nuevos horizontes.

El obispo de Socorro y San Gil (Santander), Mons. Leonardo Gómez Serna, confía a la FCF tres pueblos campesinos de la Provincia de Vélez (Santander): Chipatá, La Paz y La Aguada, por donde pasaron muchos jóvenes en busca de su compromiso de fe. Allí María Eugenia puso en marcha las pastorales con su entrega y creatividad. Volvieron a nacer pequeñas fraternidades juveniles compartiendo la vida con las comunidades campesinas. Sobre las experiencias pasadas nacen los procesos productivos de las microempresas agrícolas y las tiendas comunitarias. Aquí fue donde también María Eugenia descubrió su enfermedad.

Después de muchos sufrimientos por un cáncer maligno infiltrante y después de radioterapia, quimioterapia y masectomía, murió en Bogotá el 25 de diciembre de 1988. Tenía 52 años. Una parte de sus cenizas quedó en Chipatá y la otra reposa en Turbaco (Bolívar) en la casa de la FCF. Allí mismo hay un programa de ayuda a la niñez pobre que lleva su nombre. En Arjona (Bolívar) hay un colegio del mismo nombre, que busca hacer presente en la juventud de hoy el testimonio liberador de esta mujer extraordinaria, educadora y misionera, como fue la hermana María Eugenia Velandia.

Podemos decir que su legado para la juventud es:

• Tomar la vida en serio, como maravilloso desafío para el pedazo de historia que les corresponde vivir, llenándola de amor.
• La fe cristiana expresada en Dios padre y madre, en la fraternidad de Jesús, es luz, amor, energía, apertura, seguridad en la entrega y fuente de gozo y alegría.
• La fraternidad y la solidaridad sostiene cualquier compromiso en favor de la vida y de la justicia social.
• La lucha por el cambio personal (conversión) y social (cambio estructural).

   
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