images1No pretendemos ser originales. Anticipándose a la pandemia del Coronavirus, que en su segunda visita nos sigue amargando la vida, ya el sociólogo Zygmunt Baumann describió agudamente la “liquidez” de casi todo cuanto nos rodea: el sistema, las instituciones, las organizaciones políticas y sociales, la economía, la cultura, la ética, los valores… Y, más cerca, el escritor Antonio Muñoz Molina, Príncipe de Asturias de las Letras del 2013, dibujó con duros trazos en 2013 “Todo lo que era sólido”.

Y, justamente, para corroborar cuanto denunciaban nuestros pensadores, ha llegado la Covid-19 gritando que, en nuestros días, ni la vida de la gente, ni las instituciones mundiales que antes respiraban una cierta solidez, ni la tierra, ni las religiones son sólidas y nos ofrecen seguridad.

Todo lo que antes era firme se está desmoronando como un viejo edificio cuando se dinamita. La sanidad, —contra lo que insistentemente se nos pregonaba: que era el nuestro “uno de los mejores sistemas de salud del mundo”—, a pesar de la resistencia de los profesionales, está mostrando su enorme debilidad; tampoco las reiteradas “webinars (o videoconferencias) de las Autonomías con el Gobierno han conseguido pactar esa razonable unión que necesita el país; ni el repunte momentáneo de la economía, después de la crisis de 2008 y de la primera ola del coronavirus, ha impedido que caigamos en la recesión, ni el desempleo ha logrado vencer el escándalo de sus crecientes cifras. Y ¿qué decir de la red empresarial, tan celosa siempre por asegurar su propio lucro, que, ante la brutal ofensiva de esta crisis multifocal, ha sido incapaz de mantener su estabilidad…? Hasta lo que parecía más sólido, la liga de futbol profesional (perdón por la frivolidad), ha podido mantener el primer puesto en el “ranking” mundial.

¿Y de la Iglesia y de las religiones —siempre tan bien pegadas al sistema y tan solicitadas por los poderes políticos y económicos— ¿qué se puede decir? ¿Cómo están surcando la tempestad de este mar embravecido? Habría que decir que, salvo honrosas excepciones, el silencio y los templos vacíos son la respuesta más ajustada. ¡Es una lástima que a los dirigentes de estas instituciones les esté faltando imaginación para abrir sus buenos inmuebles al desalojo y las carencias de tantas familias que, por falta de espacio, no pueden guardar el obligado confinamiento! Fuera del escenario de la caridad inmediata —no siempre asociada a la reivindicación del derecho y la justicia— resulta clamorosa la irrelevancia de su presencia pública en estos momentos tan dramáticos para la sociedad. ¡Y cuánto bien harían si fueran capaces de poner en acto, en estos momentos, su capacidad profética y su propuesta alternativa!

Ante la estrepitosa caída de todo lo que antes era sólido, Redes Cristianas, a fuer de ser tachada de utópica y de locura, quiere ver en la brutalidad de esta crisis un reto y una oportunidad para construir, horizontalmente y desde la base, otro proyecto de humanidad más lógico y más ético y justo. Somos conscientes de que hay más lógica y mayor talento en las personas y pueblos que tratan de responder con sentido común a sus necesidades reales que en las agrupaciones y poderes fácticos que las crean (las necesidades).

Ha llegado el momento de tomarnos en serio, como sociedad, nuestra emancipación y autonomía. El reto de una articulación mundial lógica y ética necesita mirar a la humanidad como hermana y a la tierra como casa familiar. Ha llegado el momento de tomarnos en serio la creación de instituciones públicas sólidas, capaces de amparar todas las vidas. En estas nuevas y necesarias instituciones sobran tanto la presencia de los imperios, civiles o religiosos, que impiden con su veto las legítimas aspiraciones a la dignidad de las personas y los pueblos, como las multinacionales del negocio, empeñadas en crear nuevas dependencias y esclavitudes. ¡Instituciones sólidas para una sociedad emancipada!

   
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