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El reciente ataque aéreo realizado de forma unilateral y arbitraria por las Fuerzas Armadas de los EE.UU en las cercanías del aeropuerto de Bagdad, que determinó la muerte del General iraní Qasem Suleimani, número 2 del Gobierno de ese país y un actor clave de la presencia de este país en todo el Medio Oriente, quizá comparable a la muerte de Bin Laden en Paquistán, o al Baghdadi de ISIS. No solamente constituye una acción reprochable, homicida y cuasi terrorista del Gobierno de Donald Trump. En términos geopolíticos, constituye además, un factor de combustión en una región atizada por dos elementos muy sensibles de la geopolítica internacional: (i) el enfrentamiento sunní-chiita y, (ii) por el control del petróleo y las rutas del comercio por el Estrecho de Ormuz
 

Los alegatos en torno a una legítima defensa preventiva que suelen sostener tanto Israel como EE.UU, al momento de bombardear (Cisjordania, Gaza), asesinar o detener personas (Abu Graib y Guantánamo), carecen de todo fundamento jurídico internacional, fundándose más bien, en la larga controversia entre el régimen islámico de Teherán con la Casa Blanca en Washington (y su aliado en Tel Aviv).
 

Ni siquiera frente a los recientes hechos ocurridos en los alrededores de la Embajada de Estados Unidos en Bagdad, se justifica. Es más, esta acción debiera ser objeto de investigación preliminar de parte de la Corte Penal Internacional como otras ocurridas anteriormente mediante el uso de drones. Algo similar debiera ocurrir con la demanda interpuesta por la Autoridad Nacional Palestina contra Israel (2015). Esta acción representa una grave amenaza para la débil estabilidad de una región que ya se encuentra amenazada por diversos conflictos en Yemen (grupos houthies), en Iraq aun ocupado por los marines, en Afganistán, en Líbano o Siria (rol de Hezbollah en la derrota de DAESH-ISIS), e incluso en Libia y en los que la denominada “primavera árabe” no tuvo los resultados esperados.
 
Dicha acción demuestra la insensatez de las respuestas políticas, diplomáticas y militares de los EEUU y particularmente del gobierno del señor Trump, en cualquiera de los escenarios del Medio Oriente.

Como sucedió a inicios del siglo XX con Inglaterra y Francia y luego en el proceso de descolonización del Norte de África, las recientes acciones de la Casa Blanca ratifican el desconocimiento más elemental de la política, los actores y los procesos que se desarrollan en el mundo árabe. Ahora hay mayor incertidumbre para saber qué sucederá con la presencia militar norteamericana en la región en general, de acuerdo a las declaraciones del Secretario de Defensa Mark Esper.
 
Quizá el elemento más confrontacional y contradictorio fue la decisión de Washington de dejar sin efecto unilateralmente el Acuerdo Nuclear con la República Islámica (2015), lo que aleja aún más a Teherán de la mesa de negociaciones y la pone en el extremo de retomar sus acciones de enriquecimiento de uranio. Desde la invasión y permanencia de EEUU en Afganistán (2001) con posterioridad a las Torres Gemelas, la invasión de Iraq (2003) y las falsas acusaciones sobre armas de destrucción masivas, el desalojo de la Embajada en Libia (2012), su tardía militar intervención en Siria (2018), y el apoyo a la dudosa monarquía en Arabia Saudita y el régimen de Yemen, en su intento de seguir desestabilizando una región convulsionada por antiguas diferencias religiosas y la demanda de combustibles fósiles.
 
Este acto irresponsable, tendrá consecuencias, en la medida que incrementará los gastos de Defensa y Seguridad Interior de la Casa Blanca, para evitar futuros atentados sea en su territorio o en sus bases militares. A pesar de la importancia de Suleimani, su muerte no cambiará la política iraní en la región 1 . Constituye un detonante para posteriores respuestas de Irán en contra de los intereses de EE.UU y sus aliados occidentales tanto en el Golfo, como en otras zonas de tránsito del petróleo mundial, lo que termina incrementando los riesgos de un conflicto mayor, del que no pueden soslayarse ni China ni Rusia.

Tales actos, como las posteriores amenazas de Trump incluyendo a bienes culturales y población civil, confirman su enorme irresponsabilidad, como líder de la mayor potencia militar del mundo que pretende levantar una “cortina de humo” al proceso de impeachement en pleno período pre electoral, para conducir siquiera alguno de los elementos o escenarios de la política global.
 
Aunque con distintas características, este hecho unilateral contrario a las normas elementales del Derecho Internacional que deben regir las relaciones de los Estados, representa una muestra más de lo que el gobierno de EE.UU suele realizar en diversas partes de América Latina para bloquear países, sancionar gobiernos, extraditar personas, definir procesos electorales e intervenir groseramente, en los asuntos internos de nuestros países. Hubiera sido bueno que la Cancillería peruana u otras del denominado Grupo de Lima, con la misma rapidez con la que suele pronunciarse ante otros hechos relevantes de la política regional o mundial, proceda a condenar dicha acción militar e invoque a superiores principios de política internacional, como el apoyo al multilateralismo, respeto a la soberanía y la resolución pacífica de conflictos. Ello demuestra el triste rol que juega en la actual coyuntura internacional.
 
Ricardo Soberón
Analista internacional, M.A: en Política Internacional, Bradford Inglaterra
 
1  https://foreignpolicy.com/2020/01/06/iran-can-find-new-qassem-suleimani-iran-esmail-
qaani/?utm_campaign=Brookings%20Brief&utm_source=hs_email&utm_medium=email&utm_content=815441
40

https://www.alainet.org/es/articulo/204091

   
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