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Tamayo3TODAVIA LAS COMUNIDADES DE BASE
En este segundo artículo de mi libro Un proyecto de Iglesia para el futuro en España. Cuarenta años después voy a exponer las grandes líneas por las que discurre subrayando la originalidad de la propuesta de las comunidades de base, como eje del nuevo paradigma eclesial y como experiencia liberadora en el nuevo contexto histórico, no solo a nivel religioso, sino también social, cultural y político. El libro se define como “ensayos de la Iglesia del futuro… experimentados por numerosas comunidades y grupos cristianos en tiempos de clandestinidad…; experimentos arriesgados y cruces entre la Iglesia y el pueblo que pueden ser fecundos al margen de los emparejamientos oficiales”.

La obra comienza con una crítica de las estructuras trasnochadas de la Iglesia, entre ellas: la parroquia y sus frustrados intentos de renovación; la Acción Católica como institución supuestamente laical, pero dependiente de la jerarquía como su brazo largo; la Curia romana y su centralismo antidemocrático; el ministerio eclesial y episcopal bajo el signo del clericalismo; el derecho eclesiástico, que suplanta al Evangelio, etc.

Tras la crítica de estas instituciones que impiden la realización de un proyecto de Iglesia al servicio de la realización del Reino de Dios en la historia, propongo las mediaciones para hacer operativo el nuevo paradigma eclesial: análisis de la realidad desde una teoría crítica de la sociedad, entorno secular, nuevo universo simbólico, lenguaje de la libertad y de la liberación, ubicación en la base eclesial y popular, pedagogía que fomente la creatividad y la creación de comunidades de base como caminos de fraternidad-sororidad y liberación y como alternativa de Iglesia al servicio del pueblo. Es esta última mediación la más importante, la que ocupa la parte más extensa del libro y la que mejor refleja la originalidad de la nueva eclesiología.

Para llevar adelante este proyecto de Iglesia contamos hoy con un aliado especial: el Papa Francisco, que desde el minuto uno de su elección se comprometió a una reforma estructural de la Iglesia en la dirección marcada por el Concilio Vaticano II y por el cristianismo liberador del Sur global, cuyas líneas fundamentales son las siguientes:
– “Iglesia pobre y de los pobres”, “con las puertas abiertas”, “en salida para llegar a las periferias humanas”, “una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades” (La alegría del evangelio, n. 49).

– Iglesia laical, descentralizada y crítica del clericalismo, considerado por Francisco uno de los graves males de la Iglesia, que mantiene al laicado al margen de las decisiones (id., n. 102).

– Iglesia no monocultural y monocorde, sino con muchos rostros, que no puede encerrarse en los confines de una cultura, sino que reconoce la diversidad cultural (id., nn. 115-117),
– Que “primerea”, es decir, que “sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos, y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos” (id., n. 24)
– Que incluya socialmente a los pobres y fomenta la paz y el diálogo social.
– -Que amplíe “los espacios para una presencia más incisiva de las mujeres en la Iglesia” y “en los diversos lugares donde se toman las decisiones tanto en la Iglesia como en las estructuras sociales” (n. La alegría del evangelio, n. 194).

Francisco no tiene una concepción autorreferencial de la Iglesia, ni es presa de una introversión eclesial. Cuestiona, más bien, la reclusión en “las tareas intra-eclesiales sin un compromiso real por la aplicación del Evangelio a la transformación de la sociedad” (n. 102). El centro de sus preocupaciones son los problemas más acuciantes de la humanidad en una doble dirección: crítica y propuesta de alternativas.

Hay, por tanto, una convergencia, si bien parcial, entre el proyecto de Iglesia de Francisco y el de las comunidades de base. Y digo parcial por existe un aspecto en el que se distancian: el del papel de la mujer. El papa apenas ha dado un solo paso en el reconocimiento de las mujeres como sujetos religiosos, eclesiales, teológicos, ministeriales y morales, tampoco en el acceso directo al ámbito de lo sagrado, ni en su incorporación a puestos de responsabilidad donde se toman las decisiones importantes sobre la marcha de la Iglesia. Mantiene intacto el patriarcado religioso. Tal discriminación constituye una gravísima injusticia de género.

Por el contrario, las comunidades de base intentan reparar dicha injusticia con el reconocimiento de la igualdad entre hombres y mujeres y el protagonismo y empoderamiento de estas, en continuidad con el movimiento igualitario de Jesús de Nazaret y conforme a la afirmación de Pablo de Tarso: “Ya no hay más judío ni griego, ni esclavo ni libre, sino varón ni hembra, pues vosotros sois todos uno mediante el mesías” (Gálatas 3,28).

El libro ofrece una serie de claves para la Iglesia del futuro: iniciar un proceso comunitario constituyente, que se corresponde con la propuesta de Leonardo Boff de una verdadera eclesiogénesis: las comunidades de base reinventan la Iglesia; activar la creatividad para imaginar “otra Iglesia posible”; llevar a cabo un proceso permanente de educación en la fe para formar comunidades cristianas adultas; eliminar las oposiciones clérigos-laicos, Iglesia docente-Iglesia discente, jerarquía-pueblo, carisma-institución, Iglesia-mundo, sagrado-profano, y sustituirlas por el binomio comunidad-ministerios y por la creación de una comunidad de iguales; optar por las y los pobres de la tierra.

La significación y la relevancia de la Iglesia hoy no se logran a través de la alianza con el poder, ni con la creación de guetos, ni con la afirmación del dogma, ni con el rigorismo moral, ni con la mirada añorante al pasado, sino con la presencia crítico-liberadora en la sociedad y respondiendo a los nuevos desafíos en actitud des-colonizadora, des-patriarcalizadora, des-mercantilizadora, des-idolatrizadora, etc.

Las comunidades de base siguen siendo realidades vivas y activas que enriquecen y dinamizan el tejido social y eclesial. No podemos permitirnos la insensatez de minusvalorarlas ni la irresponsabilidad de destruirlas. Constituyen un rico patrimonio religioso y cultural, ético y cívico a proteger, fomentar y expandir. Por eso mi conclusión es:

¡Todavía las comunidades de base!

Solo por eso creo que merece la pena este libro.

   
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