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(Presentación del libro “Suburbio, conciencia social y militancia.
Autobiografía en Málaga – 1942-1966”, de Pedro Andrés González,
histórico dirigente de COOO de Andalucía, editado en Ed. Del Genal).

noviembre de 2017
La autobiografía de Pedro Andrés en sus primeros 24 años, cuya presentación ha
tenido la gentileza de encomendarme, es un holograma1 de los años posteriores a la
guerra civil en Málaga: años de asesinatos, represión y censura; años en que los
derrotados no pueden escapar al recuerdo de la “desbandá” (sobre la que las últimas
investigaciones aproximan el número de huidos en tromba por la carretera de Almería,
en dirección a no se sabe dónde, a 300.000); y años de carencias básicas,
especialmente lo relacionado con necesidades primarias, como el de una vivienda y
un trabajo dignos o el de una consideración social inclusiva.

Holograma digo, porque en esa parte de su historia está contenido el “todo” de ese
tiempo. Aquí, en la memoria de Pedro Andrés, la encontramos con los tintes más
dramáticos posibles, pero que no dejan de ser comunes a todas las clases trabajadoras
de la época, todos los vencidos. La “Málaga roja” pagó con creces su atrevimiento de
querer más justicia y menos opresión, y por haber luchado por ello en los años
anteriores a la sublevación militar.

Pedro Andrés nace, se cría y alcanza la juventud en ese contexto.
Su relato está totalmente alejado de cualquier ficción. Se trata de una escrupulosa
tarea de investigación pormenorizada de todos y cada uno de los eventos que recorren
estos pocos 24 años, desde su nacimiento hasta 1966 y, más aún, de los antecedentes
familiares de su madre, que incluye para entender mejor ese contexto.

Es un trabajo de microhistoria al que los estudiosos habrán de recurrir para entender
el día a día de las familias pobres y miserables malagueñas de la época. Por esto ya
tiene especial relevancia. Está escrito, además, con la precisión de un relojero que no
quiere que le falle cualquier pieza, por insignificante que sea, porque, le parece a
Pedro Andrés, que una fecha, un dato, una circunstancia no bien precisadas puede
hacer descomponer todo el relato. Obsesión, pues, por la fidelidad factual. Para ello
ha ido consultando a las personas que siguen vivas y que forma parte de su relato. Que
nadie le pueda decir que ha sido infiel a la verdad.

1 Con el término holograma, en sociología, se trata de decir que una parte de la realidad contiene
iguales elementos y relaciones que la totalidad de la misma. Basta por tanto conocer esta parte para poder reconstruir la totalidad.

2 Su biografía es mucho más, es un trabajo antropológico2 que aborda la interpretación
de la realidad desde un punto de vista emic 3 , es decir de aquellos estudiosos que dan
significado a los grupos humanos que investigan desde dentro del grupo, como los
vería un nativo del mismo, que en su caso no podría haber sido de otra manera. Como
Pedro Andrés, además, escribe desde la distancia en el tiempo, no puede obviar
mirarla con unas gafas sociales en las que sus convicciones comunistas no pueden
dejar de estar presentes (él podría decir, homenajeando a Marx, que la conciencia de
los humanos es su existencia). Es un punto de vista etic. Esta mezcla de miradas
enriquece el relato, aunque desde la perspectiva del lector, a su vez, exige una
recepción crítica, como debe ser en toda clase de lecturas.

El dramatismo en la biografía de Pedro Andrés comienza ya con una madre que vive en
la pedanía de un pequeño pueblo de la Axarquía malagueña, que con siete años es ya
una huérfana junto a otros tres hermanos. Estamos en 1917. Desde allí llega a Vélez
antes de aterrizar en Málaga, en la cual trabaja en el servicio doméstico al final de la
calle Carretería, junto a Dos Aceras, de la que terminan echándola por el delito de
haberse quedado embarazada. Se había unido a un malagueño viudo, y de resultas
nace Pedro Andrés el 14 de septiembre de 1942. Muere su padre cuando Pedro solo
tenía cinco años, dejando a Isabel viuda con dos hijos. Tenemos de nuevo a la madre
en el más absoluto desamparo, por segunda vez, con solo 37 años.

Al poco tiempo, la echan de su casa, sita en los Callejones del Perchel 38, por no poder pagar la renta y cae en manos de un amigo del padre, José, que le busca asilo en Torrox. Pero la
moneda que quiere cobrar no es aceptable para la viuda, que así exhibe una alta
dignidad, y el aprovechado, para quitárselos de en medio, los trae a la capital
depositándolos en la estación del Perro (en las playas de San Andrés), junto al mar, en
medio de una barriada de chabolas, en una tarde de los primeros días de marzo de
1948 y, a continuación, desaparece el despechado. Pero aquel barrio de chabolas está
habitado por gente muy humilde, como ellos, que no tienen nada que ofrecerles salvo
solidaridad. Aquí, en este punto, hay que mencionar a la familia de la “Boquerona” y a
Manolo, el que sería el segundo padre de Pedro Andrés. Cuando entre él y otros
vecinos le construyen su chabola, ya pueden quedarse tranquilos.

Manolo, que es un buen hombre, les da años de cierta tranquilidad, en medio de muchas escaseces, pero pronto, su afición por el vino, como de tantos otros por aquellas épocas que no
encontraban otro alivio a su penosa existencia, hace que Isabel, de nuevo, sufra en sus
carnes el machismo violento unido a la miseria. En diciembre de 1965 muere de
muerte natural, muy joven, con solo 57 años, y deja tres hijos, el mayor de los cuales,
2 La antropología es una disciplina que estudia los grupos humanos de cualquier época, aunque la
relacionemos con frecuencia con el estudio de las sociedades indígenas, desde el punto de vista de sus culturas, modos de vida, condiciones materiales, hábitos, instituciones, creaciones artísticas, etc.

En antropología se distinguen dos modos de hacer estudios de grupos humanos. Uno es el abordaje
emic, más subjetivo, poniéndose en lugar de los nativos estudiados; el otro se llama etic, en el que el investigador trata de ser objetivo, de hacer una mirada desde fuera del grupo.

Pedro, solo tiene 24 años. No puede soportarlo4 más y se marcha a Sevilla el 10 de
octubre de 1966, cuando ya sus condiciones de vida habían mejorado. Aquí termina
su relato.
Esto es solo una introducción y no voy a contar toda la historia, pero he querido
destacar el papel de la madre de Pedro Andrés, Isabel García Moreno, a la que él con
toda justicia ha dedicado sus memorias. Y la ha querido tanto. Una madre coraje en
toda regla, que me ha llamado especialmente la atención.

El otro asunto que quiero destacar es mi papel en esta historia. Evidentemente, si me
pide que haga esta presentación es por algo, pues Pedro ha sido siempre muy
exigente. Efectivamente, él y yo hemos vivido juntos seis años (de los cuales dos
estuve fuera de Málaga), de esos que los historiadores consideran con mucha más
densidad que los años normales, en los que nos hemos formado en común, con
muchas influencias, experiencias y coincidencias muy ricas.

Mi familia procedente de Antequera, que desde los años de la postguerra hasta 1960
fue bastante adinerada, desembarca en Málaga por esas fechas, venida a menos.
Vamos a parar a la calle Sánchez Pastor nº 10 de la capital, casa que Pedro había
frecuentado para ver a sus tíos anarquistas en los años cuarenta. Ha habido muchas
más coincidencias: en la calle Carretería, muy cerca de donde trabaja Isabel,
establecimos una librería décadas después. En Ancha del Carmen 38, paralela y a la
misma altura que los Callejones del Perchel 38, nuestra familia monta una tienda en
los sesenta, a la que yo acudía como dependiente los fines de semana. Le presento a
mi amigo Diego Ruiz, cuya hermana Encarna sería más tarde su mujer, hasta hoy. Lo
invito a conocer al famoso canónigo conciliar, José María González, el Cheuá, a una
“chegualía”, como llamábamos a esas reuniones que celebrábamos en el Camino de
Antequera, en la que conoció a Paco Pereña y al cura Bailo, que fueron decisivos en
su concienciación política y que lo introdujeron en el FELIPE (Frente de Liberación
Popular), como cuenta en su autobiografía.

Coincidimos en las Escuelas el Ave María, en la Misericordia, él como alumno y yo, más tarde, como profesor. A través de los curas Rengel y Casco, procedentes de la Escuela madrileña de León XIII, que enseñaban doctrina social de la Iglesia, nos afiliamos a los movimientos juveniles de Acción
Católica5, donde nos conocimos. Nos reuníamos en la calle Santa María, en el Obispado. Hacíamos encuentros en la parroquia de Huelin. Coincidimos con Alfonso Carlos Comín, un maestro definitivo para los dos, a mí como modelo ético a él como Dice literalmente: “me entristece profundamente, a la vez que me resulta cada vez más difícil la convivencia en mi casa. Esto me provoca unos deseos tremendos de huida que se repiten en mí con cierta frecuencia”.

Estos movimientos, en aquel panorama represivo y de predominio del nacional-catolicismo, resultaron
muy progresistas para la época. La sola mención de la función social de la propiedad había que
mencionarla a la chita callando. Coincidieron con el Concilio Vaticano II, y pudieron prosperar al amparo de aquellas reformas progresistas en la Iglesia. De ahí salieron muchos comunistas y antifranquistas.

referente político. Para mí (y creo que para él) como una de las personas que más
hemos admirado en nuestra existencia. Si leemos la España del Sur que Comín publicó
en Tecnos, en 1966, vemos que en la dedicatoria estamos los dos. Coincidimos en una
cooperativa de libros que montamos en los sesenta en la Alameda de Capuchinos, y
que era una tapadera antifranquista. En esa misma calle, pero más arriba, el cura
Rengel nos deja un piso en donde yo paso mis primeros años de casado, y donde él
había montado el aparato de propaganda del FELIPE y, en fin, la Librería Prometeo
que lleva cerca de cincuenta años de funcionamiento, la monta el FELIPE, a mi nombre,
para recabar finanzas para el partido, junto a su cuñado Diego, y nuestros
correligionarios Florián y Manolo, con la ayuda de Reme, mi compañera por entonces.
A pesar de esa apretada experiencia en común y de las muchas coincidencias, después
de su ida (¿o huida?) a Sevilla, en cincuenta años, que yo recuerde, solo nos hemos
visto una vez. Y hace unas semanas nos hemos encontrado por segunda vez.

Él trataba de comprobar que lo que había puesto en su autobiografía de mi persona
era correcto en lo objetivo. En la conversación se enciende de nuevo la luz de la
simpatía mutua y le ofrezco editarle el libro en Ediciones del Genal. Me lo deja, me
quedo impresionado con su lectura y le pido que el día 8 de noviembre venga a Málaga
para atar los cabos de la edición y, de camino, que hagamos un recorrido por la
geografía de sus memorias de infancia y juventud.

Así ha sido. Para los malagueños el itinerario es muy conocido: calles Fresca y Santa
María, en el edifico del Obispado; calles la Bolsa y la Acera de la Marina en el centro,
donde trabajó; calles Carreterías y Dos Aceras en recuerdo de su madre; plaza de San
Pedro y los Callejones, en el Perchel, barrio obrero por excelencia; playas de San
Andrés, parte de la próspera zona industrial, hoy desaparecida; barriada de Huelin;
fábrica de la Cros, en las Playas de la Misericordia y, por fin, barrida de chabolas del
Perro, junto a la chimenea la Mónica de la que fuera fábrica de Los Guindos.

Monumento éste de 100 metros de altura, que sigue majestuosa en píe. A la vuelta,
tomamos por el carril de la Chupa, pasamos por lo que fueron las cocheras del
suburbano, entramos en las Escuelas el Ave María, en donde ambos estuvimos, y en
donde Comín y María Luisa tenían su residencia y, finalmente, tomamos el autobús de
regreso al centro de la ciudad. Bastante cansados, con nuestros más de setenta y cinco
años los dos, y muy emocionados por esa recorrido de nuestra educación política y
sentimental, nos despedimos afectuosamente, hasta tener el libro en la calle, en que
volveremos a vernos.

Como dice el tango que inmortalizó Gardel: “Volver con la frente marchita/Las nieves
del tiempo platearon mi sien/Sentir que es un soplo la vida/Que veinte años no es
nada…
Que cincuenta años tampoco son nada.

   
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