Los miembros del Grup de Seglars i Rectors del Dissabte hemos atendido la llamada del papa Francisco a volver a las fuentes de la fe para hacer posible una renovación evangélica de la Iglesia. Hemos reflexionado sobre su situación en el mundo actual y sobre los retos que, a todas las personas cristianas, nos plantea la llamada a hacer de la Iglesia verdadera lumen gentium (luz de todos los pueblos) y realidad liberadora. Esta reflexión ha estado iluminada por las exhortaciones y homilías y los discursos del papa Francisco, el libro “No te olvides de los pobres” (por  José L. Segovia Bernabé y Luis A. Aranguren Gonzalo. Sal Terrae n. 249. Basauri (Vizcaya), 2016. Págs.79-82;119123) y la “Carta a Diogneto”.
Ahora queremos compartirla con otros grupos y colectivos cristianos y también ofrecerles algunas pistas de concreción que animen a todas las personas cristianas al compromiso por la transformación evangélica de la Iglesia que con tanta insistencia reclama el papa Francisco (Evangelii Gaudium, capítulo 1).
Ante la “mediocridad espiritual” y la falta de vigor evangélico que presentan sectores importantes del Pueblo cristiano y que generan una gran atonía, una fuerte acomodación y una resignación paralizante, hay que mostrar el gozo de la fe, que nos conduce a iluminar y a comunicar vida, salud y felicidad (EG, 80-84). Evangelizar es llevar la alegría del Evangelio a la gente que no la conoce. Necesitamos, pues, dejarnos transformar por la fuerza del Espíritu Santo para que nos cambie totalmente (EG, 280).
A la hora de afrontar los retos que tiene planteados la Iglesia en la época actual consideramos prioritario abordar la cuestión de si su objetivo es ser “mucha gente” católica y practicante o ser “gente” que dé testimonio del Reino de Dios para que seamos cada día más y mejores testigos de Jesús.
Responder desde la segunda opción significa afirmar que lo importante y prioritario, la tarea fundamental de la Comunidad Cristiana, consiste en hacer los signos del Reino en medio del mundo. Eso supone que la Iglesia ha de comprometerse a realizar los valores del Reino, como son la paz, la justicia, la compasión, la hermandad, la defensa de la dignidad de cualquier persona y la solidaridad preferente con las pobres y marginadas para que “tengan vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10).
Una conversión real de la Iglesia al Reino es lo único que nos permitirá superar la eclesiastización del cristianismo, situarnos en la perspectiva del Dios de Jesús y realizar los signos que ponen de manifiesto al Dios que quiere un mundo más humano y más justo para todas las personas, sin excepción.
Desde esta perspectiva podremos percibir que la actual crisis de “la ausencia” de Dios en nuestra sociedad neoliberal no radica principalmente en el fenómeno de la secularización (señalado por alguna gente de manera obsesiva) sino fundamentalmente en el inmenso sufrimiento evitable y en la escandalosa injusticia de nuestro mundo, que provoca tanto mal. Lo que eclipsa el rostro de Dios no es el hecho de no hablar de Él sino este gran dolor generado por tanta injusticia y tanta explotación. La solidaridad es una de las maneras más elocuentes y privilegiadas de nombrar a Dios, como declara reiteradamente el papa Francisco y como evidencian sus gestos de solidaridad.
En definitiva, a la Iglesia se le pide que priorice de manera urgente los problemas de la humanidad por encima de los suyos propios. El papa Francisco insiste continuamente en que quiere una Iglesia “en salida” y no auto-referenciada, una Iglesia hospital de campaña en medio de tanto sufrimiento del mundo. Jesús mismo nos urge a liberar y aliviar el hambre y el dolor (EG 20,24,49). De esta manera nos adentraremos en la corriente más profunda de la mística bíblica, que proclama que Dios mira siempre desde los seres humanos últimos, que su punto de vista sobre la realidad está centrado en “el huérfano, la viuda y el extranjero” (Dt 10,18) y, por eso, que las personas perdidas y excluidas de esta sociedad son las no olvidadas por Dios. Estas personas han de ser también las no olvidadas por las que seguimos a Jesús.

Así pues, si asumimos el punto de vista de Dios sobre la realidad tendremos que plantearnos una cuestión importante para centrar nuestra tarea y la de cada comunidad cristiana: ¿Cuál es el lugar existencial en el que ha de situarse la persona cristiana y toda la Iglesia? El mismo Evangelio nos ofrece la respuesta (Jn 19,27): El lugar existencial de la Iglesia es permanecer a los pies del Crucificado. Éste es su lugar originante, aquél desde el cual surgió. Eso significa permanecer a los pies del dolor y de la gente que padece la injusticia del mundo, con los ojos fijos en el Señor Crucificado y empeñada en desclavar de sus cruces a Jesús y a sus hermanas y hermanos crucificados a lo largo de la historia.
Sólo desde este lugar existencial podremos recrear y cumplir el deseo del Concilio Vaticano II: “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobretodo de los pobres y de todos los que sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón” (GS 1).
Una renovación real de la Iglesia de Jesús sólo será posible si priorizamos la práctica de la compasión, que es fruto de la solidaridad, brota del sentimiento de indignación ante la injusticia que padece la gente pobre y nos mueve, incluso, a la transgresión.
Finalmente sugerimos algunos de los caminos que necesitamos transitar hacia una transformación evangélica de la Iglesia y de cada una de las comunidades:
► Priorizar la solidaridad hacia los seres humanos pobres, migrantes y necesitados (“extra pauperes nula salus”).
► Fomentar un compromiso concreto y real de humanización de la sociedad, en colaboración con quienes luchan por la justicia, la igualdad, la libertad, la hermandad y un planeta ecológicamente limpio.
► Trabajar por un despertar a la fe en Jesucristo y no tanto por un despertar religioso.
► Cuidar la experiencia espiritual y de encuentro con el amor gratuito y salvador de Dios y con su plan de liberación, que urge al compromiso por los valores del Reino.
► Encarnarse en la propia realidad, aquélla en la que vive cada comunidad, colaborando en la búsqueda de soluciones a los problemas que ha de afrontar. Esta encarnación implica inculturarse de manera real y efectiva en la cultura del pueblo con el cual camina cada comunidad.
► Garantizar una organización y una estructuración democrática de las comunidades cristianas que evidencie la igualdad real de todos sus miembros y manifieste que somos Pueblo de Dios, evitando “ghettos” y cerrazones.
► Recuperar y redefinir el papel de las mujeres en la Iglesia y suprimir todo tipo de machismo y discriminación, de acuerdo con la enseñanza bíblica: “Dios los creó a su imagen; varón y mujer los creó”.
► Potenciar la apertura, el diálogo, la acogida sincera y afable de todo el mundo, la comunión, el ecumenismo y la colaboración interreligiosa.
► Suprimir cualquier indicio de clericalismo, sea en miembros ordenados o seglares.
► Reivindicar el papel de servidor del miembro “ordenado” y negar el de funcionario o dueño. Es fundamental que respete a la comunidad a la cual ha de servir, con su historia y su idiosincrasia. Ella es la que permanece.
► Propiciar espacios de encuentro, convivencia, acogida y apoyo mutuo que favorezcan la experiencia comunitaria y contrarresten la actual indiferencia generalizada.
► Renovar el lenguaje teológico y litúrgico, los signos y los símbolos, para que se hagan inteligibles a la mentalidad de hoy. En este sentido hace falta unas celebraciones de la fe vivas, encarnadas, participativas y creativas.
Nos comprometemos a avanzar por estos caminos con la fuerza del Espíritu.
València, 19 de enero de 2019

Grup de Seglars i Rectors del Dissabte

   
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