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Comunidad de base1Desde Venezuela
La comunidad de seguidores que inauguró Jesús de Nazaret no tenía “clérigos”; es decir, hermanos separados ni divididos: TODOS ERAN HERMANOS(AS). Ninguno de los Apóstoles eran “sacerdotes, ni escribas, ni de la casta clerical”; eran pescadores, publicanos, prostitutas y gente común del Pueblo.
El PAPA FRANCISCO en reiteradas ocasiones ha denunciado el “clericalismo” que todavía existe en nuestra iglesia; es decir, una “casta sacerdotal y clerical” que se cree representar a toda la IGLESIA DE CRISTO y se consideran ellos la IGLESIA y los demás son “feligreses laicos”.

El concilio Vat. II ha insistido que la Iglesia es EL PUEBLO DE DIOS, basado en la Palabra de Dios (I Pd. 2, 9-10). “Ustedes son la familia de Dios, un sacerdocio a su servicio, una nación Santa, pueblo consagrado a Dios… para que anuncien sus obras maravillosas; ustedes antes ni siquiera eran pueblo pero ahora son EL PUEBLO DE DIOS”.

La Iglesia PUEBLO DE DIOS NECESITA MINISTROS, no “clérigos”; hermanos(as) escogidos por ese Pueblo para ser sus “SERVIDORES” y no sus “mandatarios” y mucho menos “superiores” sino todo lo contrario, servidores del Pueblo según los dones (carismas) que el Espíritu Santo les ha concedido para ese fin: “Quien quiera ser el primero que se haga el último y servidor de todos(as)”.

Los “ministros” son necesarios para que ejerzan su servicio por el bien de la comunidad pues su ministerio no tendría sentido sino es en relación a la comunidad Cristiana en la cual sirven. Ellos no deben formar una “casta de clérigos” para servirse de los demás o creerse superiores a nadie; son solamente “siervos” de aquel que no vino a ser servido sino a servir y a dar la vida en rescate por todos.

Somos hermanos(as), debemos estar integrados a una comunidad y no vivir “aislados” (clase aparte). Deben ser hombres y mujeres humildes que desde la comunidad ejercen funciones de servicio a la misma, obedientes a las inspiraciones del Espíritu. Hay un SOLO SACERDOCIO, el de CRISTO, del cual todos(as) participamos pues “ministros” debemos ser todos los miembros de la Única iglesia para la honra y gloria de nuestro Salvador y único Señor. Por lo tanto, basta ya de llamarnos: “eminencia, excelencia, santidad, monseñores y otros epítetos que pertenecen a una “iglesia imperial” inventada por los hombres al servicio de los imperios de turno, que no tiene que ver nada con la COMUNIDAD DE SEGUIDORES que inició JESUS DE NAZARETH.

Rechacemos de una vez todo “clericalismo”, toda “casta”, todo lo que nos divida y nos haga creer que somos “superiores o inferiores” sino que todos somos SERVIDORES  e IGUALES; distintos en los tipos de servicio que debemos ejercer para el bien de todos en la comunidad. (I Cor. 12).
LA CASTA DE LOS CLERIGOS

Al principio de la Iglesia no era así. No existían los “clérigos y los laicos”, eran todos hermanos y hermanas; con diferentes funciones según los “carismas” que el ESPÍRITU les había concedido al servicio de los demás.

Nadie era superior ni inferior; los “dirigentes” servían al Pueblo como “siervos a sus amos”. Pero esto duró poco. Ya en el siglo segundo de la era cristiana, los dirigentes pusieron la mirada en las autoridades “judías” (sumos sacerdotes, escribas, letrados) y empezaron a imitarlos y a separarse del resto del Pueblo de Dios. Los Obispos (epíscopos=vigilantes); presbíteros (ancianos) y diáconos vivían junto al Pueblo; eran del Pueblo y comían y se vestían como el Pueblo.

Esto empezó a desaparecer y empezaron a crear la “organización jerárquica” la cual se empezó a llamar “clérigos”. De ese cambio empezó a surgir entre ellos la “casta de los clérigos”. Empezaron a vestirse distinto, a comer distinto, a ocupar los primeros puestos en los banquetes y asambleas; a que los trataran con cierta “distinción”.

Se hacían llamar “excelencias”, “eminencias”, monseñores, príncipes, magistrados, etc. Solo se reunían con el Pueblo para presidir sus Eucaristías y demás celebraciones, pero ya no convivían con ellos; se hicieron una “casta”; es decir, una “clase aparte”, que no se mezclaban con el resto de la Iglesia, se relacionaban entre ellos, no formaban “familias”, como el resto del Pueblo y renunciaban a “tener hijos y casarse” para estar así “más cerca de Dios y también más lejos de la masa-pueblo que empezaron a llamarle los “laicos”.

Esta “casta” se empezó a creer que ellos eran la IGLESIA y los “laicos” empezaron a ser simples “feligreses”; es decir, fieles al servicio de la IGLESIA que la “casta” se había adueñado. Ya no participaban en la Eucaristía sino que solo iban a “oír misa” que solo podía celebrarse si participaba algún miembro de la “casta”.

Sin los “clérigos” no había Eucaristías ni tampoco IGLESIA pues la IGLESIA eran ellos, los laicos solo se beneficiaban si eran “fieles” a sus mandatos; por eso los clérigos se convirtieron en “mandamás” y los “laicos en sus servidores”; tergiversando por completo el mandato de Jesús de Nazaret: “los primeros deben ser últimos y los últimos primeros”.

¡Basta ya de “casta” en la IGLESIA DE CRISTO! EN ELLA TODOS SOMOS IGUALES, con distintas funciones como es lógico, según el “carisma” que cada uno haya recibido según el ESPIRITU LES HAYA CONCEDIDO. Basta de separaciones ni distinciones de clase ni de categoría. Todos somos HERMANOS(AS), AL SERVICIO DE LOS DEMÁS.

Es hora ya de RE-FUNDAR nuestra IGLESIA; buscar nuestra IDENTIDAD yendo a nuestra “RAÍCES” (eso significa ser “radical” y lanzarnos juntos a una “acción profética” para hacer que el Reino de Dios se haga en la tierra como en el cielo pues es esa la voluntad de nuestro PADRE; solo así santificaremos su NOMBRE SANTO. Solo a EL la gloria por los siglos de los siglos. AMÉN

 Pablo de Caricuao. Un servidor:urquiaga1@yahoo.es
Caracas, Venezuela.

   
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