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La otra mañana estuve en urgencias; no tanto porque me estuviera desangrando, sino forzado por el deterioro y desorganización del sistema sanitario. Cinco meses de espera para una prueba diagnóstica, sufriendo un dolor incapacitante, motivaron mi presencia en urgencias.
Allí pude ver el interminable desfile de enfermos que, como yo, no venían con la cabeza debajo del brazo, sino seguramente por una deficiente atención primaria y exasperante tardanza en la atención de especialistas y pruebas diagnósticas.

El colapso en el servicio de urgencias es una muestra de la anomalía de un sistema que llegó a ser envidiable y que, para desgracia de quienes no tenemos el privilegio de una sanidad privada, nos llena de tristeza e indignación a partes iguales.

Desidia política calculada y amaños económicos con aquellos que han visto en la degradación de la sanidad pública un negocio sustancioso podrían ser la principal causa del tambaleo de uno de los insustituibles pilares del estado del bienestar.

/ Antoñán de Valle ( León)

   
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