VII ENCUENTRO DE REDES CRISTIANAS
23 y 24 de octubre de 2021

 

Reflexión y LIberación

Dos recientes documentos de la Santa Sede están cayendo más bien mal no sólo en el mundo católico sino también en la ecumene cristiana : el motu propio que restablece la misa tridentina y la declaración de la Congregación para la Doctrina de la Fe que reafirma que la Católica es la única verdadera Iglesia de Cristo.

Se dio como razón de la primera la conveniencia de recuperar a los católicos tradicionalistas, lefevbrianos y otros. Razón que también puede valer para la segunda. El Obispo cismático lefevbrista en Paris, Mons. Fellay, señaló la relación que él auspiciaba entre ambas:”se cumple la tradicional norma teo-Lógica”, dijo a sus feligreses: “Lex orandi, lex credendi”. “Roma está volviendo a la verdadera manera de orar, después volverá a la verdadera manera de creer” ( O sea : nos encontrarán razón y tirarán su Concilio)

Los integristas lefevbrianos, en realidad tienen otra doctrina que la del Concilio Vaticano II, al que consideran herético. Aborrecen la doctrina de la Iglesia como “Pueblo de Dios” y la noción de Eucaristía como cena de comunidad en lugar de sacrificio incruento de la Cruz.

En el catolicismo francés, en el cual surgió el cisma lefevbriano, hay una seria inquietud y molestia, que los obispos tratan de calmar. La gran mayoría se inquieta por una norma que favorece al cisma y pareciera querer detener el desarrollo que han tenido las expresiones litúrgicas después del Concilio. Piensan que el esfuerzo hecho tras tantos años de renovación litúrgica, bíblica y pastoral, queden frustrados por una especie de liturgia a la carta según los gustos de los consumidores. Y que al interior de la Iglesia esta liberalización sirva para el surgimiento de nuevos movimientos conservadores, retrógrados y nostálgicos de los tiempos anteriores al Concilio. ¿No está ya sucediendo?

La opinión pública católica tenderá a ver estas novedades sobre todo como ofensivas al prestigio de Vaticano II. Quienes recuerdan el soplo renovador que se sintió en los años 1962-5 con el Concilio, no pueden comprender que alguna gente en la Iglesia tenga nostalgia del tiempo, usos y costumbres, estilos y autoridades, anteriores al Concilio. Más todavía si creen ver que esa nostalgia ronda por la plaza de San Pedro. No pueden comprender que los tradicionalistas prefieran la misa en latín, idioma que no entienden. Se preguntan si es precisamente porque no lo entienden que les gusta.

La razón dada para estos nuevos pasos ha sido la de estrechar filas con los tradicionalistas. ¿No se advierte que al mismo tiempo se producen otros disidentes que se alejan porque no se reconocen en actitudes tan conservadoras ?

Queda muy dañado también el ecumenismo. Todo el acercamiento que se estaba logrando con una teología sobre la libertad religiosa, la doctrina de la justificación con los luteranos, los vínculos de mayor respeto mutuo con los ortodoxos por el reconocimiento de la alta espiritualidad de su teología patrística, el acercamiento con los anglicanos y la conversión de sus pastores, etc., todo eso sufrirá un serio retardo si el Vaticano no da mejores señales de interesarse por el ecumenismo. Y que no lo mueva la teoría de que la unidad de los cristianos solo consiste en que todos los disidentes vuelvan a la obediencia del Papa. Al menos eso es lo que parece entenderse con la Domine Jesu y su reciente reiteración.

La Iglesia Católica por cierto tiene el derecho y el deber de decir cual es su propia comprensión de la Iglesia de Cristo. Se comprende también que las otras confesiones cristianas no tengan la misma comprensión. Para la Católica, reposa sobre un trípode: sacramentos, sucesión apostólica y ministerio de Pedro; le garantizan la posesión de la verdad revelada y de los medios de salvación. Las otras Iglesias tienen otros criterios. ¿Son ellos menos católicos?

En el sentido confesional del término, ciertamente. ¿Son menos cristianos? Ha-bría que dialogar más para cerciorarse bien. Se requeriría sobre todo que el conjunto de los cristianos, sin sus etiquetas, puedan un día reconocer que la Iglesia de Cristo es un misterio que sobrepasa a cada una de sus familias particulares y que las llama a todas a no ser más que una.

   
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