images3El año próximo hará 500 años que, en un 31 de octubre, según dice la leyenda, Lutero clavó su escrito sobre las indulgencias en la puerta de la iglesia del castillo de Wittenberg. Se considera el inicio de la Reforma protestante, hecho trascendental para la historia europea y mundial. Lutero planteaba, una vez más, la necesaria Reforma de la Iglesia católica. Desde la Baja la Edad Media y hasta bien entrado el Renacimiento habían sido muchos los movimientos con propuestas de Reforma, la mayoría movidos por un espíritu sincero, pero habían fracasado.

Inicialmente el movimiento de Lutero fue un fenómeno religioso, pero con implicaciones y consecuencias en muchos otros órdenes. Era el resultado de las profundas fisuras que desde finales de XIII aparecen en la monumental unidad entre Pontificado e Imperio sobre la que se asentó el feudalismo: nacimiento de la conciencia individual, la tendencia a la secularización, la formación de los nacionalismos y de los Estados, el incipiente capitalismo, la democratización de la sociedad, el nominalismo en filosofía, la importancia del método empírico como fuente de conocimiento, el rechazo de un modelo de iglesia muy vinculado a intereses temporales, etc.

San Bernardo y San Francisco figuran entre los primeros “Reformadores”. El primero, en el siglo XI, con la renovación del monacato hacia una mayor austeridad que dio lugar al Císter; y el segundo, a comienzos del XIII, con el inicio de las “órdenes mendicantes”, como un nuevo modelo de iglesia pobre en medio de la ciudad y de imitación evangélica de Jesús.

Paralelamente aparecen una cadena de movimientos disidentes, en permanente conflicto tanto con la iglesia como con el imperio y perseguidos por ambos. Así los valdenses, los cátaros, Wicleff en Gran Bretaña, Huss en Bohemia y tantos otros, todos ellos precursores del protestantismo y todos duramente perseguidos.

Fue un momento de grandes cambios políticos. Aparecen tratados defendiendo la separación entre  Iglesia e Imperio, la teoría del estado laico, la soberanía del pueblo para elegir Emperador y en consecuencia la innecesaria consagración de este por el Papa, y la sumisión del Papa al Concilio general. El escándalo del Cisma de Occidente y la lucha de las investiduras tuvieron un peso determinante en el crecimiento de estas doctrinas, todas ellas condenadas. Incluso doscientos años después, Maquiavelo, en “El Príncipe”, a raíz de la presencia de los Estados Pontificios en Italia, defiende las mismas tesis, que volverán a ser condenadas,

Es también una nueva visión de la espiritualidad y la teología, basadas más en la experiencia personal y la mística que en la razón. La “verdad” se expresa sobre todo con los hechos, la experiencia es más importante que la inteligencia. El hecho de dar valor casi exclusivamente a las certezas que vienen de la experiencia lleva al descrédito de las verdades de fe (imposible demostrarlas racionalmente) y de conceptos como justificación, salvación, gracia, perdón, de los que no sabemos si pueden significar algo. Y, en consecuencia, el papado, la jerarquía, los sacramentos, la iglesia, son considerados invenciones humanas al servicio de estas palabras sin contenido.

Este profundo cambio en las mentalidades es lo que expresan Erasmo de Rotterdam y Tomás Moro, contemporáneos de Lutero. No quieren romper nada, pero son conscientes de que esa unidad política, de conceptos y de modelo social, se había acabado. Paradójicamente sus textos son de una rabiosa actualidad, de manera que parece que estén hablando del mundo de hoy.

En la Reforma de Lutero está la suma de todas estas transformaciones. La ruptura, por decirlo de alguna manera,  ya se había hecho. Para la época, se expresaba en términos religiosos, de fe y de la nueva manera de relacionarse con Dios. La experiencia de la relación directa con Dios que pide Lutero supone el cuestionamiento de todas las mediaciones y una vivencia muy personal de las escrituras. La iglesia es sobre todo la iglesia espiritual de la comunidad de los seguidores de Jesús y la “comunidad” vive el espíritu de Jesús de manera muy horizontal, con la participación de la mujer.

Fue una crisis espiritual, pero de graves derivaciones sociales, políticas y económicas. El conflicto puso de manifiesto la existencia en Europa de dos culturas, dos modelos de relaciones sociales, dos maneras de entender la política y el poder, incluso dos modelos económicos que, de hecho, aún hoy perviven entre Europa del Norte y la Europa mediterránea.

Desafortunadamente la “Contrarreforma” católica suponía no entender el substrato del profundo cambio de mentalidades que se había producido, del cual la Reforma no era más que una expresión. Haciendo prevalecer el peso de la institución y de las mediaciones, la Iglesia católica se cerraba sobre sí misma y se ponía de espaldas al mundo.

Los grandes debates entre los métodos racional o empírico, el poder temporal de la iglesia y la pobreza, la fe y la religión, platonismo y aristotelismo, laicidad y conservadurismo, representan las dudas de una sociedad decadente y a la vez consciente de que llevaba los gérmenes de una sociedad nueva que no acababa de nacer. Muchos de aquellos debates, que configuraron el inicio del Renacimiento, vuelven a ser los grandes debates de hoy, en una sociedad tan perpleja como la de entonces.

Han pasado 500 años. Afortunadamente ya no hay anatemas. En cuanto a la dimensión de la fe, hoy el problema fundamental que protestantes y católicos tenemos por delante es el de la secularización de la cultura contemporánea. Dios ya no es un ser necesario para el mundo de hoy. Por eso el “diálogo” siempre necesario ya no se plantea como diálogo entre confesiones religiosas sino como un diálogo entre culturas. Hoy católicos y protestantes podemos celebrar conjuntamente aquel episodio trascendental tratando de encontrar lo que nos une y nos ayuda, a unos y a otros, a dar una respuesta a los nuevos retos del mundo de hoy: la globalización, un modelo económico que empobrece a las mayorías, la violencia y la guerra.

   
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